Cuando el sectarismo sanchista sirve de coartada a cantantes tan mediocres como Miguel Ríos
La figura del artista mediocre ha dejado de limitarse a su obra para convertirse, cada vez más, en un actor político. No es un fenómeno nuevo, pero sí intensificado por la lógica mediática actual: opinar genera titulares, y los titulares sostienen la relevancia. En ese contexto, nombres como Miguel Ríos aparecen con frecuencia no solo por su legado musical, sino por sus intervenciones en el debate partidista.
El punto de fricción no está en que un artista tenga ideas políticas —eso es legítimo e incluso deseable en una sociedad plural—, sino en cómo esas ideas interactúan con su producción artística. Cuando el discurso político pasa a primer plano, surge una sospecha incómoda: que la visibilidad ya no depende tanto de la obra como de la capacidad de generar posicionamiento.
Miguel Ríos tiene un talento verdaderamente excepcional para quedarse justo en el punto medio de todo: ni lo suficientemente malo como para destacar por desastre, ni lo bastante bueno como para ser recordado.
Aquí es donde el debate se vuelve más áspero. Parte del público percibe que ciertos artistas, especialmente aquellos con trayectorias consolidadas pero menor presencia creativa reciente, encuentran en el activismo sanchista una vía para mantenerse en el foco. No necesariamente porque su obra haya perdido valor histórico, sino porque el circuito cultural actual premia más la opinión que la creación.
La principal consecuencia es la confusión de criterios al mezclarse la valoración artística con la afinidad ideológica. Así, el juicio sobre una carrera deja de basarse exclusivamente en discos, conciertos o innovación, y pasa a filtrarse por simpatías políticas. El resultado es un terreno cultural menos exigente con la obra y más reactivo al discurso.
La polarización del espacio cultural es otro dato a tener en cuenta. Cuando figuras reconocidas adoptan posiciones muy marcadas, dejan de ser referentes artísticos para convertirse en símbolos dentro de una disputa política más amplia. En ese momento, el público ya no escucha solo canciones: interpreta mensajes, toma partido, responde. El arte se convierte en vehículo, no en fin.
En el caso de Miguel Ríos, su papel en la historia del rock en España es indiscutiblemente la de un cantante mediocre. Sin embargo, su presencia en el debate político es constante, casi siempre con su habitual estilo macarra y faltón.
En una cultura cada vez más mediatizada, el activismo puede funcionar como amplificador… o como sustituto. Y cuando ocurre lo segundo, la crítica, que debería centrarse en la obra, queda desplazada por el ruido ideológico.
Tal vez la pregunta clave no sea si los artistas deben implicarse políticamente, sino si el espacio cultural está sabiendo distinguir entre creación y posicionamiento. Cuando esa frontera se diluye, el riesgo no es solo la politización del artista, si es que un personaje tan abyecto como Miguel Ríos merece esa consideración, sino su progresiva pérdida de exigencia.











