¡Cuidado con retroceder 50 años! No vaya a ser que volvamos a tener casa, seguridad y futuro
Manuel Carcaño.- Cuidado con las advertencias políticas que deberían venir con prospecto, letra pequeña y una recomendación médica: pueden provocar ataques de nostalgia involuntaria. Una de las más recurrentes de la izquierda consiste en anunciar, con gesto grave y tono apocalíptico, que si gobierna la derecha España retrocederá 50 años.
Cuarenta años. ¡Qué horror! Volver a 1976. Casi dan ganas de esconderse debajo de la mesa, apagar la luz y esperar a que pase la dictadura del calendario.
Pero cuidado, porque al lanzar semejante amenaza alguien podría cometer el imperdonable error de recordar cómo se vivía entonces. Y es ahí es donde el argumento empieza a hacer aguas.
Porque, puestos a retroceder 50 años, convendría aclarar a qué queremos retroceder exactamente.
¿A una época en la que comprar una vivienda no parecía una oposición a notario, con tres másteres, dos avalistas y la herencia de los abuelos como requisitos de acceso? Evidentemente, para muchas familias acceder a una casa en la casa de los setenta resultaba más alcanzable que para numerosos jóvenes de hoy.
¿A un país en el que un joven de 30 años podía aspirar a tener su vivienda en propiedad, formar una familia y construir un proyecto de vida sin sentir que estaba participando en un concurso televisivo cuyo premio era pagar una hipoteca durante el resto de su existencia? ¡Qué retroceso tan terrible! Hoy muchos treintañeros no saben si independizarse o empezar a buscar piso para sus hijos antes de que nazcan.
¿A una época en la que la nómina no parecía un huésped de paso, porque entre impuestos, alquiler, suministros, cesta de la compra y demás facturas apenas tenía tiempo de saludar antes de desaparecer? Naturalmente, los impuestos y los servicios públicos de entonces no eran los mismos que los de ahora, pero la pregunta sigue siendo pertinente: ¿qué capacidad real tiene hoy un trabajador para ahorrar, emanciparse y prosperar?
Y luego está la seguridad. Ese asunto incómodo que algunos prefieren despachar con estadísticas generales, como si a una persona que tiene miedo al volver sola a casa le bastara con una nota de prensa para sentirse protegida. En los años setenta, una mujer podía volver sola a casa sin miedo y los ciudadanos disfrutaban de calles seguras sin que cualquier preocupación se convierta automáticamente en una batalla ideológica.
Pero el catálogo del apocalipsis retrospectivo no termina aquí.
Si retrocedemos a 1976, quizá volvamos a descubrir que no todo se arregla con una campaña institucional, una comisión de expertos y una fotografía de varios políticos inaugurando una mesa de trabajo.
Quizá recordemos que tener un empleo debía servir para algo más que sobrevivir hasta la siguiente nómina. O que ahorrar no era una afición reservada a quienes habían heredado una vivienda, que abrir un negocio no debería exigir una resistencia burocrática digna de una expedición al Himalaya o que un autónomo no es una especie protegida a la que se pueda exprimir indefinidamente porque, al parecer, siempre tiene una factura más que pagar.
Y quizá descubramos otra cosa: que tener hijos no debería convertirse en un lujo, que formar una familia no tendría que depender de dos sueldos excepcionales y de la ayuda permanente de los abuelos, y que estudiar una carrera o una formación profesional debería abrir puertas, no conducir directamente a una habitación compartida y a una maleta siempre preparada. ¿Seguimos retrocediendo?
Podríamos retroceder hasta una época en la que las familias tenían expectativas de estabilidad laboral más arraigadas, en la que el futuro no parecía una suscripción mensual que se renueva con cada subida de precios y en la que, para muchos, la palabra «progreso» evocaba la posibilidad de vivir mejor que sus padres.
El progreso no consiste en que hayan pasado cinco décadas, sino en que vivir sea más fácil, la libertad sea mayor y las oportunidades lleguen a más personas.
Hay, además, un pequeño detalle que parece escapársele a quienes utilizan el miedo al pasado como argumento político: los ciudadanos no comparan ideologías en abstracto; comparan su vida real con la vida que creen que podrían tener.
Comparan el sueldo con el alquiler, la factura de la luz con lo que queda en la cuenta, la promesa de conciliación con las horas que pasan trabajando, la seguridad que se les garantiza con la tranquilidad que experimentan y el discurso sobre las oportunidades con la dificultad de conseguirlas.
Por eso, cuando un político anuncia que la llegada de la derecha nos devolverá cincuenta años atrás, quizá debería detenerse un instante y pensar si ha elegido bien el ejemplo. Sobre todo porque hay jóvenes que llevan años intentando conseguir aquello que sus padres consideraban un paso normal hacia la vida adulta: una casa, cierta estabilidad económica y la posibilidad de planificar el futuro.
Hay ciudadanos que no necesitan que nadie les explique que el pasado era perfecto. Les basta con que alguien les explique por qué, después de cinco décadas de supuesto avance, algunas cosas tan básicas parecen estar cada vez más lejos de su alcance.
Así las cosas, si la izquierda nos sugiere que todo en el pasado era peor por definición, se corre el riesgo de despertar recuerdos que no encajan demasiado bien en el relato, sobre todo porque hay quien recuerda una vivienda asequible, una vida menos endeudada o una mayor sensación de estabilidad y de seguridad en las calles.
Así que, la próxima vez que alguien anuncie solemnemente que con la derecha volveremos cincuenta años atrás, quizá convenga hacerle una pregunta muy sencilla: ¿A qué parte exactamente? ¿A las condiciones de vida que tantos jóvenes echan hoy de menos?
Amenazar a una sociedad con el pasado sin explicar qué aspectos concretos están en juego es una invitación a que cada ciudadano complete la frase con sus propios recuerdos, no un análisis político.
En ese sentido, algunos podrían preguntarse por qué tener treinta años, trabajar a jornada completa y aspirar a una vivienda se ha convertido para tantos en una misión casi imposible.
Al final, el problema de utilizar el pasado como espantajo es que uno nunca controla del todo qué recuerdos despierta, por lo que el verdadero susto acaso no sea volver al pasado sino comprobar que, en algunas cuestiones fundamentales, hay personas que sienten que el futuro prometido nunca llegó.












