La doble vara moral de la izquierda: silencio ante los insultos a España de la narcopresidenta mexicana Claudia Sheinbaum y linchamiento a Ayuso por reivindicar a nuestros héroes
AD.- La polémica creada por el viaje de la presidenta de Madrid a México retrata a la izquierda mejor que cualquier encuesta. Mientras la narcopresidenta de México, Claudia Sheinbaum, llega a España para insultar nuestra historia, caricaturizar la conquista y alimentar el relato de una supuesta “España genocida”, parte de la izquierda española le ríe las gracias, guarda silencio o directamente se suma al coro de la hispanofobia. Pero cuando Isabel Díaz Ayuso reivindica en México la aportación española a la historia de aquel país, entonces llegan los escándalos y las acusaciones de pretender dividir a los pueblos. La misma doble vara de medir de siempre de la izquierda. Está en su ADN.
La cuestión de fondo es que la izquierda española ha asumido como dogma que cualquier ataque a la historia de España merece comprensión, contexto y empatía… siempre que venga desde fuera o desde el separatismo interno. Pero si alguien como Ayuso reivindica la herencia hispánica, la labor civilizadora de España o que España propició la integración de México en un contexto global y el desarrollo de elementos culturales que aún forman parte del país, entonces se convierte automáticamente en objeto de linchamiento.
Resulta revelador observar cómo determinados dirigentes iberoamericanos pueden aterrizar en Madrid, utilizar suelo español para humillar nuestra historia común y presentar a España como una potencia exclusivamente opresora, sin que el Gobierno reaccione con firmeza. Se tolera todo porque la izquierda necesita alimentar un complejo histórico permanente: una España culpable, avergonzada y despojada de autoestima nacional. O lo que es lo mismo, una nación incapaz de defenderse culturalmente.
Sin embargo, cuando Ayuso reivindica en México a los españoles que introdujeron instituciones, conocimientos científicos, técnicas agrícolas, arquitectura, universidades y el idioma español, que hoy une a millones de personas en todo el continente, contribuyendo además a la formación de la identidad mexicana moderna, se activa inmediatamente la maquinaria mediática y política de la indignación. ¿Por qué? Porque para la izquierda el problema nunca es el extremismo verbal contra España; el problema es que alguien se atreva a defenderla sin pedir perdón.
La hispanofobia se ha convertido en una auténtica industria ideológica. Se enseña en universidades, se repite en televisiones públicas y se subvenciona desde instituciones que deberían proteger el patrimonio histórico nacional. Se exageran errores históricos reales —como hicieron todas las potencias de su tiempo— mientras se silencian aportaciones gigantescas de España al mundo: la preservación de las razas autóctonas, el derecho de gentes, las universidades americanas, la evangelización, la lengua común o la creación de una civilización compartida que hoy une a más de 500 millones de hispanohablantes.
La izquierda no soporta esa realidad porque desmonta su relato victimista. Necesitan una España reducida a inquisición, conquista y culpa eterna. Creen que una España sin orgullo nacional es más fácil de fragmentar territorialmente, más fácil de manipular culturalmente y más fácil de convertir en una nación acomplejada que financia su propia demolición moral.
Por eso molesta tanto que Ayuso hable allí de héroes españoles, ya que reivindicar héroes implica aceptar que hubo generaciones que lucharon por algo más grande que ellas mismas: España. Y eso choca frontalmente con una izquierda instalada en el relativismo histórico, el desprecio nacional y la deconstrucción cultural permanente.
Lo verdaderamente ofensivo no es defender nuestra historia, sino que España sea el único país occidental donde parte de sus élites políticas y culturales trabajan activamente para destruir la autoestima nacional. Francia defiende a Napoleón pese a sus sombras. Reino Unido protege el legado de Churchill. Estados Unidos reivindica a sus padres fundadores aun con todas sus contradicciones históricas. Solo en España se pretende convertir el amor a la patria en una anomalía moral.
La izquierda ha confundido memoria con autodesprecio, ha sustituido el análisis histórico por propaganda ideológica y ha terminado construyendo un discurso profundamente reaccionario: odiar lo español se considera sofisticado; defenderlo, peligroso.
Pero cada vez más ciudadanos empiezan a detectar esa trampa. Empiezan a entender que reivindicar la historia de España no significa negar errores, sino negarse a aceptar una caricatura manipulada de siglos de civilización compartida. Un país que desprecia a sus héroes acaba perdiendo también el respeto por sí mismo.













El presidente del Gobierno de España considera de “vergüenza ajena” que Isabel Díaz Ayuso defienda a España de los insultos y mentiras de la narcopresidenta Claudia Sheinbaum Pardo que la insulta y prefiere aplaudirle a ella. Qué asco de tío y partido.