Vox, entre la utilidad y la inutilidad del voto
Hace poco más de un mes, el 12 de febrero escribí aquí un artículo titulado “Los dioses cegadores de Vox” inspirado por el viejo aserto griego, sobre la trampa de los del Olimpo con quienes querían perder nublándoles la mente con euforias y soberbias. Provocó una riada de comentarios, más de 200, buen número de ellos no precisamente favorables, aunque la gran mayoría educados. En la pieza señalaba, amén de hacer ver que quedar el tercero aunque se hubiera recortado un buen cacho de la distancia con los primeros no daba para celebrarlo en modo triunfo romano y que la la jactancia y el exceso de confianza no suele ser nunca lo más aconsejable.
El domingo en Castilla y León, Vox no ha perdido, ni mucho menos, pero sí que ha recibido un aviso, ya que no de los cielos, sí de las urnas. Ha subido un poquito, un puntito y un escaño. No está mal, pero las perspectivas eran muy superiores, y los que les llevan delantera han subido más que ellos y aumentado la distancia. Aunque han ganado votos nuevos, no muchos y aún menos productivos, la fidelidad de anteriores votantes ha descendido de madera perceptible.
Vox es un partido que ya lleva su tiempo en la escena. Tuvo comienzos difíciles, le costó sacar la cabeza, consiguió levantarla, hacerse hueco, sufrió vaivenes, acelerones y caídas, al ultima el descenso de 20 diputados en las generales, donde por 4 no se sumó mayoría absoluta con el PP. Pero es una evidencia que en estos tres años ha encontrado mensaje, rumbo y caladeros. Está en claro ascenso, con bases consolidadas y nadie piensa, ni el más iluso, que vaya disolverse como un azúcar. Ha pillado cacho y lo aumenta por donde se escriben los futuros, los jóvenes y los que se sienten más castigados y desamparados por quienes debían protegerlos. No creo que vayan a correr la misma suerte que Ciudadanos y Podemos. Esto es otra cosa, aunque siempre hay que andarse con ojo, con diferentes raíces y coyunturas internas e internacionales.
Su aspiración de ser hegemónicos, como los otros dos la tuvieron –Cs estuvo en tiempos de la debacle de Casado a solo 7 escaños de los populares e Iglesias a 4 de Sánchez para acabar luego acabados ellos– y sustituir al PP como primer partido de la derecha es tan legítima como lógica. Nadie puede reprocharles el aspirar a ello. Pero si el hacer de ello, y a veces lo parece, su principal y prioritario objetivo incluso por encima del de desalojar a Sánchez, que en las gentes – sanchistas, aliados y parásitos aparte– se siente como una necesidad urgente y hasta angustiosa, es algo tóxico que puede envenenar su proyecto. Y en eso, el barrunto es que el mayor encono proviene de aquellos, que son muchos, que vienen rebotados o malqueridos del PP y que cifran en ello su personal venganza.
Pero la realidad, y lo han demostrado las últimas elecciones es que el PP se mantiene fuerte y hasta crece, esta última vez bastante más que ellos, y por término medio los duplican en votos e incluso más todavía en escaños. Y eso es así porque las gentes los votan y son tan dignas y tan respetables como lo son ellos y descalificarlas o llamarlas «cobardes» no es otra cosa que un insulto a todos quienes ejercen su derecho a votar a quienes les da la gana.
Los resultados de las tres elecciones son muy claros y marcan un único camino. Deben acordar, pactar y gobernar juntos. No hay otra. Ese es el mandato. No escucharlo es cegarse ya de veras. Tanto ellos como los populares. Estos han de asumir que la situación es la que es y no la que les hubiera gustado y que Vox tiene derecho a exigir lo que le corresponde y ellos han de entender que sus exigencias han de ser proporcionadas y proporcionales con su representatividad y no pueden imponerle su programa al completo a la mayoría. Vamos, muy simple, que pactar es ceder algo ambos y hallar el punto de encuentro aceptable para ambos. Es así como se hace, o mejor dicho se hacía, porque esa práctica parece haber desparecido de la política española
Tras el domingo y escuchándoles por debajo de las «declarativas» parece que algo sí que les ha llegado y que pueden haber captado el aviso o que es el momento de darse por avisados. Porque verán, de lo sucedido pueden inducirse diferentes causas, desde las purgas internas a que Alvise es un «bicho mu malo» pero sobre todas ellas hay algo que emerge con fuerza y que si no se le hace caso puede empezar a hacer mucha pupa.
Para mí ya la está haciendo, pero tiene incluso fácil remedio y Abascal parece haber abierto los ojos o ya los tenía a medio abrir esperando el momento. Porque lo que no puede hacer, y sí evitar a toda costa, es aparecer como los bloqueadores y quienes impiden gobernar cuando no hay otra opción posible. Vamos, que ni quieren gobernar con, ni dejan hacerlo a quienes han ganado ese derecho. Eso sí que es peligroso si comienza a percibirse como inherente a la marca y como pauta de conducta. Que ellos solo están y van a lo suyo, a seguir aumentando en votos y hacerse cada vez más fuertes y poder paralizarlo todo. Pero ¿de qué sirven esos votos y esa fuerza si no se ejercen, si en vez de resultar útiles, solo sirven para inutilizar y al cabo resultan ser ellos mismos inútiles?
Están en esa encrucijada y escoger una senda que no acabe en callejón sin salida es la decisión más importante que han de tomar y en breve. Por supuesto que hay mucho cabreo acumulado y mucho tremendo del todo o nada pero son muchos más los que en sus filas o en las de los otros, aunque estén muy enfadados, piensan en lo que es factible y posible ahora. Los que estiman que las cosas se hacen desde el poder y el gobierno y que cuando si se tiene la oportunidad de hacerlo se desprecia, lo que acaba por quedar no es nada más que un boceras dando voces. Y eso no puede ser, ni creo que lo sea el tercer partido de España, con millones de votos que lo arropan, sostienen y empujan, porque quieren que con ellos las cosas cambien de veras.











