PNV y Junts, cómplices del engaño y del desprecio a sus votantes: sostienen a Sánchez mientras la corrupción les estalla en la cara
Con cada nuevo escándalo de corrupción que sacude al Gobierno se vuelve a producir una imagen difícil de ignorar: la de un presidente cada vez más convencido de que sus socios parlamentarios jamás cruzarán la línea roja que podría provocar un adelanto electoral. Mientras las explicaciones se acumulan y la oposición denuncia graves casos de corrupción y de deterioro institucional, el PNV y Junts continúan sosteniendo la legislatura con críticas retóricas que rara vez se traducen en consecuencias reales.
Pedro Sánchez parece haber llegado a una conclusión sencilla: puede soportar casi cualquier desgaste porque quienes tienen en su mano alterar la mayoría parlamentaria no están dispuestos a hacerlo. Esa certeza se refleja en una estrategia política basada en resistir, esperar y seguir adelante. Las protestas de sus aliados son frecuentes; las amenazas, habituales; los hechos, inexistentes.
El caso del PNV resulta especialmente llamativo. El partido vasco insiste en presentarse como garante de la estabilidad y de la buena gestión institucional, pero su respaldo continuado al Ejecutivo lo convierte en corresponsable político de todo aquello que asegura cuestionar. Cada vez que surgen nuevas controversias, los dirigentes nacionalistas expresan preocupación, exigen aclaraciones y elevan el tono. Sin embargo, cuando llega el momento decisivo, los votos siguen estando donde siempre.
Junts, por su parte, mantiene una estrategia similar aunque revestida de una retórica más agresiva. Las críticas públicas al Gobierno son constantes, las advertencias sonoras y las exigencias cada vez mayores. Pero el resultado práctico es el mismo: Sánchez conserva el poder porque quienes podrían ponerlo en riesgo prefieren seguir negociando antes que asumir el coste político de una ruptura.
La consecuencia es evidente. El presidente gobierna sabiendo que sus socios necesitan tanto la legislatura como él. Y cuando un líder político está convencido de que sus apoyos nunca se atreverán a retirarle la confianza, la capacidad de presión de esos socios se reduce drásticamente. Las amenazas dejan de impresionar. Las exigencias pierden fuerza. El equilibrio parlamentario se convierte en una ficción.
Por eso la verdadera pregunta ya no es qué hará Sánchez ante las críticas de PNV y Junts. La pregunta es cuándo estarán dispuestos ambos partidos a respaldar con hechos las palabras que pronuncian. Porque mientras sigan denunciando problemas sin extraer consecuencias políticas, el mensaje que transmiten al presidente es exactamente el contrario al que pretenden enviar.
Y Sánchez lo sabe. Lo sabe tan bien que gobierna como quien está convencido de que, pase lo que pase, nadie se atreverá a pulsar el botón del adelanto electoral.











