Aitor Esteban y las nueces de la amargura
Mayte Alcaraz.- Aitor Esteban Bravo (Bilbao, 63 años), presidente del PNV y exportavoz de su grupo en el Congreso, apareció hace unas semanas en el Hotel Ercilla, de Bilbao, para escuchar una conferencia de Alberto Núñez Feijóo en un acto organizado por el PP vasco. Allí llegó Esteban y también Andoni Ortuzar, su predecesor en el cargo. Los dos examigos de la misma cuadrilla coincidieron, pero –cuentan los presentes–, ni se dirigieron la palabra. Se odian –u hodian– con mucho cariño desde que uno quitó el puesto al otro hace ahora un año. Aunque, eso sí, a ambos les une el hecho fundacional del sanchismo: echaron a Mariano Rajoy, con su voto a favor de la moción de censura de 2018, después de haberle engañado semanas antes, aprobándole las cuentas públicas. Aitor invitó entonces a dimitir al presidente popular y pasar los trastos a Soraya Sáenz de Santamaría, con la que tan bien se llevaba.
Desde esa felonía de libro hasta hoy los peneuvistas son las muletas de Pedro Sánchez, y siguen barriendo para casa cada vez que pueden. Esteban, como ha adelantado El Debate, tiene ahora un objetivo en mente: aprovechando una reforma de la Constitución que se está tramitado para que la isla de Formentera pueda elegir un senador propio, al margen del que elige Ibiza, promueve un referéndum pactado con el Estado para conseguir la independencia del País Vasco. Ahora que en su mano está otorgar el tercer grado a los presos de ETA, a los que el PSOE ha acercado al País Vasco, su próxima mira es atentar contra la unidad de España para adelantar por la izquierda a Bildu, que amenaza su ya menguada hegemonía electoral.
Cómo olvidar cuando el Arzalluz celebraba a los chicos de la gasolina, es decir, a los etarras, «que movían el árbol…» mientras el PNV recibía las nueces votivas. Hoy «las nueces» caen para el PNV del yuglandáceo Sánchez, que no es un roble gernikarra aunque apunte maneras. Aitor las recoge recordándonos los conmovedores peces de la amargura de Fernando Aramburu, un fresco deslumbrante de la verdad de una tierra y de una gente preñada de odio y mentira, con cáncer moral en el alma.
Y es que el presidente de los nacionalistas vascos es un aprovechategui de amplio espectro. Mientras mantiene a Sánchez en La Moncloa juega la carta del PP para no cerrarse ninguna puerta. En febrero se reunió discretamente con Feijóo a petición del PNV. No obstante, Esteban no se plantea pactar nada con Génova, sino vender la idea de que el partido está «centrado», sabedor de que su seguidismo con las políticas populistas e intervencionistas de Sánchez no son muy bien recibidas por sus bases electorales. El exportavoz parlamentario es un maestro en poner una vela a dios y otra al diablo, más ahora cuando el diablo, Bildu, le está comiendo peligrosamente el terreno.
Aunque Aitor dice que es vasco y solo vasco, por sus venas corre sangre castellana. Concretamente de Cañamaque, un pueblo del páramo soriano donde nació su madre Obdulia y viven hoy sus tíos carnales, los Bravo: Jesús (exinspector de Policía) y Gloria. Allí vuelve todos los años a participar de sus fiestas y allí se ha comprado una casa rural que cuenta con corral. Esa afición por el campo castellano quizá explique el célebre diálogo que mantuvo en 2016 en el Congreso con Rajoy, con el que dice guardar una buena amistad, durante la investidura del exdirigente gallego:
–Si bien me quieres, Mariano, da menos leña y más grano.
–Si quieres grano, Aitor, te dejaré mi tractor.
Con estas gracietas, Esteban presume de llevarse bien con todo el arco parlamentario. Tanto que su partido le propuso sottovoce para presidir el Congreso de los Diputados en 2023 e intentó convencer a los populares de que lo apoyaran y tumbar así a Francina Armengol. Naturalmente el PP no tragó: solo había que recordar la traición de la moción contra Rajoy. El postulante fallido a presidente de las Cortes lleva orbitando en la política española desde que se afilió con 16 años a las juventudes nacionalistas. Como Rufián, abomina de España y de su capital, pero lo ha pasado en grande en sus tabernas y por sus calles, donde nadie le hostiga, como hacen algunos de los suyos en el País Vasco con aquellos que no comulgan con sus ideas.
Pero con o sin tractor, con bromas o sin ellas, Aitor es del PNV hasta la médula. Tanto, que celebró con alborozo el traspaso gracioso que hizo Pedro Sánchez al PNV de un palacete en París y que los nacionalistas alquilan al Estado para que siga allí la biblioteca del Instituto Cervantes, recibiendo a cambio un millón de euros de nuestros impuestos. Los de Esteban ya han tomado posesión de su última regalía a orillas del Sena, en base a la ley de memoria democrática. Es decir, se impone de nuevo la regla de oro de la política española: el PNV –la banca– (léase Josu Jon Imaz) siempre gana.
Le tiene tomada la medida a Sánchez y desde el Buru Batzar defiende que es mejor no apoyar a Feijóo porque a Pedro se le puede sacar más manteca
La vena nacionalista la heredó Aitor de su padre, seguidor de Sabino Arana como ahora su hijo, el mismo que con una mano vota desde su escaño en línea con el bloque «progresista» de Sánchez y con la otra participa de la ideología de un racista y supremacista. O se mete con Vox, partido al que tacha de «ultraderecha» (en un debate llegó a negar el saludo a Iván Espinosa de los Monteros) mientras representa como nadie los intereses de las élites empresariales vascas. Casado con Itxaso Atutxa, hija de un histórico portavoz del PNV y actualmente una de las mujeres con más poder dentro de esas siglas, y padre de dos hijos, el mediocastellano se doctoró en Derecho y es profesor de Constitucional en la Universidad de Deusto. Los que le conocen dicen de él que su reino no es solo vasco: tiene obsesión por la guerra civil española y por los indios americanos. Hasta presume de que conoce palabras en siux. Eso sí, promovió el uso del vasco en el Congreso, aunque se prodiga en castellano.
Esteban le tiene tomada la medida a Sánchez y desde el Buru Batzar defiende que es mejor no apoyar a Feijóo porque a Pedro se le puede sacar más manteca. En el haber del jefe del PNV está haber promovido el reconocimiento de Edmundo González como presidente legítimo de Venezuela, a diferencia del apoyo a la dictadura que ha mantenido el Gobierno español, hasta que Trump extrajo a Maduro. Ahora, Aitor esperará a que las urnas extraigan a Sánchez de La Moncloa para cambiar de chaqueta. Y es que estos personajes que parecen salidos de Coros y Danzas igual se bailan una jota soriana que un aurresku, dependiendo de quién llegue y toque sus ávidas cuerdas.












