Vox dinamita la derecha: trampas al PP, maniobras estériles y una estrategia marcada por el rencor

Santiago Abascal junto al candidato de Vox a la Presidencia de la Junta de Andalucía, Manuel Gavira.
Ignacio Andrade.- La política de Vox ha dejado de ser oposición para convertirse en sabotaje calculado dentro del propio bloque de la derecha. Su obsesión por devorar al PP le lleva a encadenar maniobras que no buscan gobernar ni aportar soluciones, sino forzar, desgastar y comprometer al que debería ser su principal aliado.
Vox ha perdido el norte estratégico: en lugar de concentrar sus esfuerzos en construir una alternativa sólida al sanchismo, ha optado por una táctica cortoplacista basada en desgastar al Partido Popular. Esta deriva fragmenta el espacio político que dice representar y además debilita cualquier posibilidad real de articular una oposición eficaz. Convertir al PP en el enemigo prioritario supone anteponer el cálculo partidista a la responsabilidad de ofrecer un proyecto creíble de país. Mientras tanto, el adversario sanchista al que dicen querer desalojar del poder, observa cómo sus rivales se consumen en luchas internas que solo le benefician.
Lo ocurrido ayer en el Senado es paradigmático. Vox impulsó una iniciativa para ilegalizar a Bildu sin el más mínimo recorrido político ni jurídico. No era una propuesta seria: era una trampa. Un artefacto diseñado exclusivamente para obligar al PP a retratarse en un terreno incómodo. En esta ocasión, los populares no cayeron en la trampa.
Este comportamiento confirma que Vox no es un socio fiable. Bajo el liderazgo de Santiago Abascal, el partido ha sustituido cualquier estrategia de construcción política por una dinámica de confrontación constante, alimentada por el resentimiento. A medida que se desvanece el objetivo de convertirse en la fuerza hegemónica de la derecha, crece una política basada en el rencor hacia el PP.
Los pactos en Aragón y Extremadura no desmienten esta deriva, la confirman. Vox no ha pactado por convicción, sino por pura necesidad. No podía permitirse acudir a las elecciones autonómicas de Andalucía arrastrando la imagen de un partido incapaz de gobernar y dedicado al bloqueo. Ha firmado acuerdos obligado por las circunstancias, no por lealtad institucional.
Y conviene no llamarse a engaño. Todo indica que estos pactos tienen fecha de caducidad. Vox aguantará hasta que pasen las elecciones generales y, después, previsiblemente, romperá los acuerdos en Extremadura, Aragón y, llegado el caso, Castilla y León. Es su patrón: tensar, erosionar y, cuando conviene, romper.
Por eso, el mensaje para los votantes —especialmente en Andalucía— debería ser claro: votar a Vox no es apostar por un gobierno fuerte, sino por un ciclo de inestabilidad calculada. No es una alternativa fiable, sino un factor de bloqueo a medio plazo que solo tiene un beneficiario: Pedro Sánchez.











