La deslealtad de Abascal
La deslealtad política suele disfrazarse de patriotismo, de firmeza ideológica o de coherencia doctrinal. Pero cuando se rasca la superficie, lo que aparece es otra cosa: cálculo personal, oportunismo y una preocupante indiferencia por las consecuencias colectivas. En la política española contemporánea, pocas figuras encarnan mejor esa deriva que Santiago Abascal.
Abascal ha construido su carrera sobre un discurso de lealtad absoluta a España, a la nación y a sus supuestos valores permanentes. Sin embargo, la práctica política de su liderazgo muestra algo muy distinto: una constante priorización del interés partidista —y, en no pocas ocasiones, del interés personal— por encima de cualquier compromiso institucional o estratégico con el país.
La deslealtad no siempre consiste en traicionar explícitamente a alguien. A veces se manifiesta en algo más sutil pero igual de dañino: dinamitar acuerdos necesarios, incendiar el clima político cuando conviene electoralmente o debilitar las instituciones para alimentar un relato de confrontación permanente. Esa ha sido, demasiadas veces, la estrategia de Abascal. No construir, sino tensar; no cooperar, sino bloquear.
Resulta especialmente llamativo que quien se presenta como adalid del patriotismo practique una política que fractura de manera sistemática el espacio de la derecha democrática española. En lugar de fortalecer un proyecto político amplio, estable y capaz de gobernar, Abascal ha optado por una lógica de competición destructiva. Cada crisis es una oportunidad para desgastar a aliados potenciales; cada desacuerdo, un pretexto para la ruptura.
Esta actitud revela una profunda deslealtad política: no solo hacia otros partidos, sino hacia los propios votantes que esperan soluciones reales. Porque la política no consiste en gritar más fuerte que el adversario, sino en resolver problemas. Y cuando el cálculo estratégico consiste en perpetuar el conflicto para mantener la visibilidad, los ciudadanos acaban siendo simples piezas en un tablero de propaganda.
Hay además un componente de incoherencia que agrava el problema. El discurso de firmeza moral que Abascal proclama exige una conducta pública igualmente firme y responsable. Pero el contraste entre palabras grandilocuentes y maniobras tácticas constantes termina erosionando la credibilidad del propio mensaje. La lealtad, si se invoca tanto, debería demostrarse con hechos.
España necesita políticos capaces de anteponer el interés general a las batallas partidistas, de negociar sin complejos y de construir mayorías estables. Cuando un líder prefiere la confrontación permanente a la responsabilidad institucional, deja de ser parte de la solución y pasa a convertirse en parte del problema.
La historia política española está llena de dirigentes que confundieron la estridencia con la fortaleza. Con el tiempo, todos acabaron descubriendo que la verdadera prueba de liderazgo no es la capacidad de dividir, sino la de unir. Y en ese examen, hasta ahora, Abascal ha suspendido con estrépito.











