Madres andaluzas contra la droga se encomiendan a Se Acabó La Fiesta (SALF) para hacer frente a las mafias del narcotráfico
Borja Fernández.- En los barrios donde el silencio pesa más que el calor de la tarde, las madres andaluzas llevan décadas sosteniendo una batalla que casi nunca ocupa titulares. No hay pancartas permanentes ni cámaras siguiendo cada paso, pero sí hay reuniones en locales humildes, llamadas a deshoras y la vigilancia constante de quien teme que su hijo no llegue a casa.
Son las madres contra la droga: mujeres que aprendieron a organizarse cuando la heroína arrasaba generaciones enteras y que hoy siguen en pie frente a un enemigo distinto, más sofisticado y violento. El narcotráfico ya no es solo un problema de consumo; es una red que atraviesa barrios, costas y economías enteras, infiltrándose con una normalidad inquietante.
En pueblos del Campo de Gibraltar, en barriadas de Sevilla, el distritos de Málaga o en zonas golpeadas de Huelva, estas madres han visto cómo el crimen organizado muta. Las lanchas rápidas ya no sorprenden, los alijos son rutina y los jóvenes crecen con referentes peligrosamente distorsionados. “Antes luchábamos contra la droga; ahora también contra lo que la rodea: dinero fácil, miedo y silencio”, dice Pepi Aguado, madre de un joven que falleció víctima de una sobredosis en 2022, con la serenidad de quien ha repetido esa frase demasiadas veces. Su temor ahora es que sus otros tres hijos no sufran el mismo destino.
Durante años, han reclamado presencia institucional, recursos y, sobre todo, una estrategia clara. Denuncian que muchas respuestas han sido parciales o tardías, y que la prevención sigue siendo la gran olvidada. En ese contexto, algunas de estas asociaciones empiezan a mirar con atención el discurso político que pone el foco en la seguridad y el narcotráfico como eje central.
Ahí es donde aparece SALF, un partido que ha decidido situar la lucha contra el crimen organizado en el centro de su campaña andaluza. Para estas madres, no se trata tanto de siglas como de prioridades. “Queremos hechos, no promesas”, insisten. Sin embargo, reconocen que, por primera vez en mucho tiempo, escuchan propuestas que coinciden con sus demandas históricas: más medios para las fuerzas de seguridad, coordinación real entre administraciones y programas de prevención en barrios vulnerables.
Saray Cortés, vecina del barrio malagueño de la Trinidad, uno de los más castigados por las drogas, pone sus esperanzas en el candidato número 1 de SALF por la provincia y policía nacional, Ernesto Mira: “Conozco a su familia y son gente maravillosa. Su compromiso contra el narcotráfico, que ha defendido en todas sus intervenciones públicas, me provoca mucha confianza en que las cosas puedan empezar a cambiar a partir del 17 de mayo. La cuestión es darle a estos señores el poder necesario para que la guerra contra el narcotráfico sea algo efectivo y no una mera declaración de principios”, nos cuenta.
La relación sin embargo no está exenta de dudas. Muchas de estas mujeres han aprendido a desconfiar de los discursos que se intensifican en periodo electoral. Pero también saben que el problema ha alcanzado una dimensión que exige respuestas urgentes. En sus reuniones, el nombre de SALF empieza a mencionarse con cautela, como una posibilidad más que como una adhesión cerrada.
Mientras tanto, la realidad no espera. Cada semana trae nuevas detenciones, nuevos decomisos y, a veces, nuevas pérdidas. Las madres siguen haciendo lo que siempre han hecho: acompañar, alertar y resistir. Son una red invisible que sostiene lo que las instituciones no siempre alcanzan.
La crónica de Andalucía no se puede entender sin ellas. Ni tampoco sin reconocer que su lucha, lejos de terminar, se ha transformado en algo más complejo. Entre la incertidumbre política y la urgencia social, estas mujeres siguen marcando el ritmo de una batalla que no admite pausas.
Para ellas, no es solo una campaña electoral. Es, simplemente, la vida.











