La ceguera selectiva de la izquierda española ante la teocracia iraní
Álvaro Galán.- Hay una contradicción moral que cada vez resulta más difícil de disimular: sectores de la izquierda española, que se proclaman adalides del feminismo, los derechos LGTBI y la libertad individual, han mostrado una indulgencia inquietante hacia la teocracia de Irán.
Desde la Revolución Islámica de 1979, el régimen instaurado por el ayatolá Ruhollah Jomeini convirtió al país en una república islámica donde la ley religiosa está por encima de la voluntad popular. Hoy, bajo el liderazgo del ayatolá Alí Jamenei, el sistema mantiene una estructura de poder donde el voto existe, sí, pero siempre subordinado a la supervisión clerical. No es una democracia imperfecta: es una teocracia con urnas.
Y sin embargo, parte de la izquierda española y global ha preferido mirar hacia otro lado. En nombre del antiimperialismo y la oposición a Estados Unidos, se ha relativizado la naturaleza represiva del régimen iraní. Como si el hecho de confrontar a Washington bastara para convertir a Teherán en un actor “respetable” o, al menos, justificable.
Pero la realidad es tozuda. En Irán las mujeres pueden ser castigadas por no llevar el velo obligatorio, la homosexualidad está penada por la ley, la disidencia política se paga con cárcel, tortura o muerte, y la prensa independiente apenas sobrevive bajo constante amenaza.
Las protestas tras la muerte de Mahsa Amini expusieron ante el mundo la brutalidad del sistema. Jóvenes —muchas mujeres— salieron a las calles reclamando libertades básicas. La respuesta fue represión. Y mientras el pueblo iraní arriesgaba su vida, algunos dirigentes y opinadores occidentales seguían atrapados en su esquema binario: si el régimen desafía a Occidente, entonces merece comprensión.
Esta postura revela un doble rasero alarmante. La izquierda española no dudaría en condenar con firmeza a un gobierno conservador europeo que limitara derechos reproductivos o persiguiera minorías sexuales. Pero cuando esas mismas prácticas ocurren bajo un régimen que se presenta como enemigo del “imperialismo”, el juicio se vuelve ambiguo, lleno de matices y contextualizaciones interminables.
Criticar esta incoherencia no es alinearse con halcones intervencionistas ni justificar guerras. Es, simplemente, exigir coherencia ética. Los derechos humanos no deberían ser negociables según quién sea el adversario geopolítico de turno.
Apoyar —o blanquear— una teocracia represiva en nombre del antiimperialismo no es progresismo: es cinismo ideológico. Y quienes de verdad creen en la igualdad y la libertad deberían empezar por escuchar a las mujeres iraníes que queman sus velos, no a los clérigos que las condenan.












El “social-comunismo” ha sido la ideología más dañina, hipócrita, perversa y destructiva que ha padecido la humanidad desde el momento en que fue pergeñada por el indigno Carlos Marx con la colaboración de Federico Engels (tanto monta, monta tanto, Federico como Carlos).