Apareceremos en los libros de historia como asesinos: los bebés en gestación viven bajo la amenaza del aspirador, dependiendo de la conveniencia y decisión de la madre

La autora del artículo, Magdalena del Amo, junto al arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, en un acto organizado por “La Nueva España”
Por Magdalena del Amo.- “Basado en todos los criterios de la biología molecular, la vida está presente en el momento de la concepción”. He querido empezar este artículo con las palabras del doctor Hymie Gordon Chairman, genetista de la Clínica Mayo de Estados Unidos, porque con tanto laicista militante en el club de la Cultura de la Muerte, es necesario dejar los buenismos, las medias tintas y equidistancias relativistas y hablar con contundencia.
No es original ni nuevo decir que vivimos tiempos convulsos, peligrosos y distópicos en extremo. Quizá este momento presente sea la peor “edad de hierro” de la historia de la humanidad. Muchas son las señales que lo indican, nada esotéricas, por cierto, bien a la vista, aunque no seamos capaces de identificarlas en medio de nuestras ansiedades, prisas e impaciencias, siempre expectantes ante el instante futuro que impide vivir el merecido presente.
El pobre ser humano de la manada se ha transformado en un mutante, hueco por dentro, como la caña a la que alude el Bhagavad Gita referente al discípulo, y que ahora rellenan sin tregua los diseñadores de la nueva humanidad, para esclavizarlo aún más, al servicio de la inteligencia artificial –y no al revés—, con cerebros programados y menos corazón que el hombre de hojalata de la panda de Dorothy en su peregrinación a la ciudad Esmeralda. Continuando con el guiño a Frank Baum, nuestro camino de baldosas amarillas no conduce a ningún mago maravilloso que nos ayude a volver a casa, sino al castillo del mago negro de la destrucción.
La sociedad está enferma, mental y espiritualmente, casi agonizante. Eso explica que nuestros políticos sean mala gente, frívolos, viciosos, superficiales, hedonistas, cobardes, mentirosos, corruptos y psicópatas en potencia. Auténticos caballeros de mohatra, como le gusta decir al erudito Alfonso de la Vega. Pero la sociedad en su conjunto no es mucho mejor. Esta casta de sátrapas parásitos –los de la Agenda 2030 son lo peor de lo peor— no proceden de lejanos mundos; brotan de “entre nosotros”, de la podredumbre social, y aun sabiendo lo que son, hacemos la vista gorda, nos tapamos la nariz y los colocamos en las poltronas. La triste realidad es que así son y así somos. ¡Ellos, los políticos, son nuestro espejo!, aunque duela admitirlo.
Reconozco que es difícil sacar arrestos para contemplar este panorama desolador y seguir adelante con ilusión, trabajo y esperanza; pero no queda otra si queremos que la humanidad alcance la consciencia que nos corresponde en esta etapa evolutiva postbarbarie, y salvar lo realmente importante de nuestra esencia: los valores atemporales que nos ennoblecen, entre ellos, la defensa de la dignidad de la vida en general y del derecho a la vida de los no nacidos, en particular. Sin esto no será posible el cambio de paradigma al mundo nuevo que queremos construir.
En los modernos Estados del bienestar –triste paradoja—, los bebés en gestación viven bajo la amenaza del aspirador, la cureta y la mifepristona, dependiendo de la conveniencia y decisión de la madre. Los nascituri corren el mismo peligro que en las épocas más oscuras de ignorancia y barbarie. Ahora no se los sacrifica al dios sangriento de turno para aplacar su ira, ni se los come la tribu en un guiso-ofrenda ritual a los númenes para obtener su protección. En nuestras sociedades democráticas y “avanzadas”, de prostitución de derechos, el sacrificio de estas criaturitas de Dios tiene lugar en blancos y luminosos abortorios, impregnados del olor a muerte que destilan los tanques y las trituradoras de pequeños órganos ensangrentados.
Si con la ley de plazos de la ignara Bibiana Aído –es decir, aborto a petición hasta el último instante antes del nacimiento, o sea, infanticidio puro y duro—, parecía que habíamos tocado fondo, con la llegada al poder de la subcultura comunista/hembrista de las chochocharlas , exposiciones de coños, y toda la jauría de odiadoras y castradoras de hombres, la psicopatía ha descendido un escalón más en el inframundo de los profesionales del Mal.
Hasta ahora, a las mujeres que acudían a abortar no se les permitía ver la pantalla, por la cual se guía el abortero para “cazar” al bebé, ni escuchar los latidos de su pequeño corazón, porque habían comprobado que, en el momento de ver y oír al hijito que crece en su vientre, muchas daban un salto en la camilla y escapaban corriendo. Ahora ya no se conforman con esa privación y han prohibido asesorar y concienciar a esas mujeres, sobre el acto trascendente que van a realizar: no solo eliminarán a su bebé, sino que desgraciarán su vida para siempre, por todas las secuelas que apareja una agresión de este calibre, incluido el “escondido” síndrome postaborto, difícilmente detectable incluso para los profesionales de la psicología que no hayan recibido formación en este campo [1].
Pero esto no estaría ocurriendo sin el consentimiento de la sociedad, y vuelvo a los párrafos anteriores. Hemos rebajado el listón de matar. Hemos perdido sensibilidad y, en cambio, nos hemos hecho sensibleros patológicos. Más paradojas. Ahora está de moda llorar por tonterías, pero no aflora una lágrima o un sentimiento de compasión ante estos casos de muerte injustificada e injustificable, una prueba más de un sistema emocional colectivo en completo desequilibrio.
En el aborto no puede haber ni excepciones ni plazos. Ningún tipo de supuesto es admisible. Por eso es tan importante conocer cómo transcurren los primeros momentos después de la fecundación.
La gran maravilla del milagro de la vida
Los primeros quince días de la vida de un ser humano son los más importantes de su trayectoria vital. Durante este periodo se determina cómo va a ser la persona en un futuro muy próximo. Veamos de manera sencilla cómo se inicia una nueva vida: Una vez que el espermatozoide ha penetrado en el óvulo, se produce una reacción bioquímica cuya finalidad es “sellar” la membrana. Después de unas doce horas, los gametos materno y paterno se encuentran y se funden en “un gran abrazo” en el que intercambian su material genético. Cada uno aporta medio genoma que al unirse dan lugar a una unidad celular con un fenotipo característico, es decir, a un nuevo y “único” ser, un ser humano con un código genético diferente al padre y a la madre. A este comienzo de un ser vivo e independiente del cuerpo de los padres se le denomina cigoto. Es la primera fase de la vida, pero tiene ya toda la información genética, toda la prefiguración del ser humano adulto y, por supuesto, un alma inmortal [2].
Todos hemos empezado siendo una célula, una célula diferente a todas las del cuerpo humano. Una célula que contiene un genoma completo en un citoplasma pluripotencial [3]. Transcurridas estas horas, comienza la división del cigoto y su transformación en embrión bicelular.
Al tercer día de la fecundación, el embrión tiene ya ocho células. De esas primeras divisiones del cigoto resulta la mórula, que tiene ya entre 16 y 30 células similares. El embrión realiza un viaje de cinco días desde las trompas hasta el endometrio. Al quinto día, el embrión es un blastocisto y consta de unas cien células que ya son diferentes. Transcurridos los quince días, el embrión está anidado en el útero y tiene ya el plano corporal completo, el lugar donde está cada miembro y cada órgano. Alrededor de los veinte días se establece la base del sistema nervioso; a los 42 se completa el esqueleto y hay reflejos; a los 45 días ya se pueden registrar los impulsos eléctricos del cerebro. A las ocho semanas se detectan en el electrocardiógrafo los latidos del corazón, es capaz de moverse en el líquido amniótico y de agarrar y sostener un objeto con la mano. A las nueve o diez semanas entreabre los ojos, traga, mueve la lengua, y si se le toca la palma de la mano reacciona y hace un puño. Si a las diez semanas le hacemos cosquillas en la nariz, el bebé mueve la cabeza hacia atrás para huir del estímulo. En esta etapa ya tiene desarrollados todos los órganos del cuerpo, incluido el cerebro, y también las huellas digitales. Entre las semanas once y doce aspira el líquido amniótico y se chupa el pulgar [4].
A las 16 semanas, el bebé usa las manos para agarrar, da volteretas, nada y mide 12,5 centímetros de largo. A las 18 semanas, el niño es muy activo, flexiona los músculos, patea y da puñetazos. Durante esta etapa, la madre siente las “pataditas”. Al llegar al quinto mes, el feto mide unos treinta centímetros de largo y puede reaccionar ante sonidos estruendosos. En el sexto mes empiezan a funcionar las glándulas sudoríparas y sebáceas. Un ungüento especial llamado vernix caseosa protege la piel del bebé. En el séptimo mes, el niño ya utiliza los sentidos de la vista, el oído, el gusto, el tacto y también es capaz de reconocer la voz de su madre. En el octavo, la piel del bebé se hace más gruesa y se acelera el desarrollo de los anticuerpos. Hacia el final del noveno mes, el niño ya está preparado para nacer. El peso suele estar entre 3 y 4 kilos.
Hace tan solo unos años conocíamos únicamente la teoría. Hoy, los avances en fotografía, vídeo y ultrasonido nos han permitido hacer un seguimiento del embrión, prácticamente, desde los inicios. Las nuevas tecnologías nos han permitido ver y oír los maravillosos comienzos de la vida del nuevo ser, y también las masacres de estos nascituri, a manos de aborteros desaprensivos. No en vano, dice el doctor Bernard Nathanson que los abortistas tienden a proceder de las clases más bajas de la profesión médica. Se refiere a los menos formados en valores.
Los laicistas radicales defienden la práctica del aborto argumentando que se trata de un tema religioso, y que en una sociedad plural y democrática, no se puede obligar a pensar o a actuar de determinada manera. Sin embargo, ellos sí se arrogan el derecho de imponer sus ideas materialistas e inhumanas, incluso el de prohibir la objeción de conciencia. Bien es cierto que, aunque casi todas las confesiones religiosas condenan el aborto, en especial, la Iglesia católica, que defiende la vida desde el momento de la concepción, no se trata de una cuestión religiosa, sino ética; un concepto –el de la ética— que está perdiendo su auténtico significado al ser prostituido por los diseñadores de la nueva sociedad relativista.
Muchas personas ajenas a todo credo religioso rechazan el aborto y lo consideran un asesinato, en virtud de la ley natural que dignifica al ser humano, no escrita en nuestros códigos de justicia, pero anterior al derecho positivo y a cualquier movimiento social o político.
El filósofo de izquierdas Gustavo Bueno [5] siempre se ha manifestado en contra del aborto, tildándolo de un procedimiento semisalvaje de control de la natalidad. Incluso se atrevió a decir que un médico abortista debería ser multado por negligencia y salvajismo.

“Miembras” de una de las asociaciones feministas en una de las supuestas actividades de interés social regada con dinero público.
El padre de la medicina occidental, nuestro siempre admirado Hipócrates, ya en el siglo V a. C. condenaba el aborto y la eutanasia. “Jamás proporcionaré a persona alguna un remedio mortal, si me lo pidiese, ni haré sugestión alguna en tal sentido; tampoco suministraré a mujer alguna un remedio abortivo. Viviré y ejerceré mi arte en santidad y pureza”, decía el sabio griego. Es paradójico que los médicos actuales hagan el Juramento hipocrático y, sin embargo, se presten a horribles prácticas, tan opuestas a lo que juran.
Se mire como se mire, el aborto es un asesinato en toda regla, pues entre un niño de ocho meses y un cigoto la diferencia estriba en el número de células, es decir, en el tamaño, esto es, en la edad [6].
La vida es un don sagrado y no podemos saldarla a conveniencia. El derecho a la vida—dice monseñor Michael J. Dudick—es la base de los demás derechos. “Sin el derecho a la vida no hay ningún derecho más”.
Termino con la frase que pronunció Benedicto XVI en Sídney: “¡Cómo es posible que en nuestra sociedad, lo más sagrado que es el seno materno se haya convertido en un lugar de violencia indecible”. Estas palabras no pueden ser más certeras. ¡Qué pena todo esto! Creo que en los libros de historia del futuro apareceremos como asesinos; tanto como los espartanos que inmortalizaron el monte Taigeto.
(Este artículo es el primero de una serie en la que abordaremos el amplio espectro del problema del aborto y sus consecuencias: para la mujer que aborta, para el bebé privado de la vida, para el personal sanitario involucrado y para la sociedad).
(Datos tomados de mi libro Déjame nacer. El aborto no es un derecho, La Regla de Oro Ediciones, Madrid, 2009).
NOTAS:
[1] Para la Psiquiatría y la Psicología clínica oficial, el síndrome postaborto no existe, porque no está categorizado. Pero esta categorización no es posible porque las cúpulas que dirigen el DSM y el CIE tienen conflicto de intereses con la industria del aborto y todos sus flecos.
[2] Muchas personas ateas y que, por tanto, no creen en el alma, consideran, sin embargo, el aborto como un genocidio.
[3] El genoma es el patrimonio hereditario de un cuerpo humano, el programa genético de un ser. Se forma por la unión de dos células sexuales: una masculina (espermatozoide) y otra femenina (óvulo) que contienen cada una la mitad del genoma. En él están escritas también todas las enfermedades del individuo. Todos los seres vivos, desde los seres humanos hasta las bacterias tienen genoma. El genoma es el libro de instrucciones que indica cómo se va a desarrollar la persona, a quién se parecerá de la familia, etc. El tamaño del genoma es proporcional a la complejidad del ser vivo al que pertenece. Una diferencia entre genomas del 2 por ciento supone 60 millones de diferencias.
[4] En España, los abortos legales se realizan teóricamente en el primer trimestre de gestación. Verán que lo que nos cuentan los abortistas y proabortistas sobre masas de células desorganizadas no tiene nada que ver con la verdad. La mayor parte de las mujeres que abortan no saben que están matando a un niñito con todos sus órganos formados y su derecho a nacer escrito en el Libro de la Vida.
[5] Gustavo Bueno es catedrático de Filosofía marxista. Se definía como ateo cristiano y es autor, entre otros títulos, de El mito de la cultura, La fe del ateo, Ensayos materialistas, El animal divino, El mito de la izquierda y El mito de la derecha.
[6] Los nuevos avances en medicina permiten tratar enfermedades en el interior del útero. Incluso se pueden practicar más de medio centenar de operaciones quirúrgicas, bien dentro del útero de la mujer o extrayendo el bebé y volviendo a colocarlo. Es evidente que hablamos de personas y no de trozos de carne.
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Los libros de Historia se manipulan a placer del ganador de la II G.M. De otro modo, dirían cosas muy, pero que muy distintas a lo que dicen. Y hasta ahí se puede opinar, sin ser acusado de “delito de odio”. Un saludo.
Buenisima periodista. Increible me acuerdo que cuando escuche hablar de ella por primera vez, por eso del espiritismo y su relacion con el ex jesuita que hablaba de ovnis pense que no merecia escucharla pero al final valio la pena. Apesar de que no me interesa los asuntos sobrenaturales, sus articulos son de lo mejor que he leido en lengua espanola.