Xavier Horcajo: “El único lujo del periodista es no deberle nada a nadie”
David: (La cita es en su casa de Fuente el Saz de Jarama, un pueblo que aún conserva el rumor del campo y la distancia justa del estruendo de Madrid. Xavier Horcajo me recibe en su biblioteca, un cuarto que huele a papel viejo y a tabaco curado, con la mano firme y la mirada que no necesita presentaciones.
Es alto, muy alto, y lleva ese uniforme del que no se separa, traje y corbata, igual que cuando con quince años entró a trabajar en un banco. A sus sesenta y seis, la espalda sigue recta, pero los ojos tienen esa arruga del que ha visto demasiado atentado, demasiada hipocresía, demasiada sentencia de muerte disfrazada de titular.
Me ofrece un café, “solo, sin azúcar, amargo como yo”, bromea… y nos sentamos frente a un ventanal que da a un jardín cuidado con mimo. Las rosas luchan por abrirse entre la hiedra. Me recuerda a él.
David: Xavier, he leído que fue testigo de los atentados de Hipercor. Que fue de los primeros en llegar. Y que después, el Estado, la sociedad y hasta el propio El Corte Inglés se comportaron “inadecuadamente” con las víctimas. ¿Qué hace un periodista cuando las cámaras se apagan y solo quedan los huérfanos y el dolor?
Xavier Horcajo: (Baja la mirada. Sus dedos, largos y huesudos, rodean la taza de café como si fuera un salvavidas. Cuando vuelve a levantar la cabeza, sus ojos ya no miran la ventana, miran hacia dentro, hacia ese día maldito.)
Se organiza un partido de fútbol, David. Ni más ni menos. Nos juntamos periodistas contra futbolistas acreditados. El campo era de tierra, cerca del hospital Vall d’Hebron. Las botellas de agua, calientes. Las gradas, madres con los brazos vacíos. La recaudación fue para comprar juguetes a aquellos niños que lo habían perdido todo. (Pausa larga. El jardín parece haberse quedado en silencio, como si también escuchara.)
El periodista, cuando las cámaras se apagan, se convierte en persona. Y las personas, si tienen dos dedos de frente, eligen hacer el bien aunque duela. Aquello dolió. Y aún duele.
David: Usted habla de “periodismo de combate”. Lo ha practicado durante más de cuarenta años. Se ha enfrentado a corruptos, a políticos, a banqueros. Pagó por ello un exilio a Madrid. Pero también es doctor en Economía, docente, autor de una docena de libros, director de la tertulia más longeva de la televisión (“Más se perdió en Cuba”), ganador de una Antena de Oro. ¿De dónde saca la energía para no rendirse?
Xavier Horcajo: (Una sonrisa seca, apenas un esbozo. “Dicen que tengo mala cara”, recuerdo que me ha escrito en su ficha. Pero yo no veo mala cara. Veo la mueca del que ha tenido que morderse la lengua demasiadas veces.)
La energía, David, me la da la indignación. No la indignación histérica de las redes sociales, sino la que nace de ver cómo los poderosos se pasean por la vida con impunidad. Yo empecé en este oficio en 1981, y desde entonces no he dejado de ver a los mismos “cerdos” con distintos sombreros. Pero también me da energía la docencia, explicar a los jóvenes que la economía no es una ciencia gris, sino el relato de cómo se reparte el pan y la vergüenza. Y luego está mi mujer, finlandesa, ella ha traído la paz a mi vida. (Señala una fotografía en la estantería: una mujer rubia, sonriente, al lado de un velero.)
Con ella aprendí que el combate no es eterno, que uno también puede atracar el barco y mirar el mar. Por eso el azul es mi color. El mar, David. La libertad de no deberle nada a nadie.
David: Hábleme de esos combates. Usted formó parte de los equipos de investigación que destaparon los casos de Luis Roldán, Javier de la Rosa, Pascual Estevill, la trama Pujol… Y lo hizo desde medios que luego desaparecieron o le dieron la espalda. ¿Cuál fue su mayor orgullo y cuál su mayor cicatriz?
Xavier Horcajo: (Se levanta, va a una estantería, extrae un tomo viejo, lo hojea sin verlo. Luego lo devuelve a su sitio.)El mayor orgullo, haber estado en el lado correcto de la historia antes de que la sociedad repudiara a esos personajes. Es fácil tirar la piedra cuando ya todos la tiran. Difícil es ser el primero. Roldán, por ejemplo. Cuando empecé a seguir sus cuentas, nadie quería escuchar. Era intocable. Y luego ya se sabe. (Se sienta de nuevo, más despacio. La rodilla le duele, intuyo.)La mayor cicatriz, tener que enfrentarme a un medio en los tribunales por lo que hoy llamarían “acoso laboral”. Gané. Pero uno no gana del todo cuando tiene que pelearse con quienes fueron su familia. De aquello aprendí que la lealtad es moneda escasa en este oficio. Por eso ahora solo me debo a mis lectores y oyentes. Y a mi hija mayor, que ya es una mujer.
David: (El jardín ha oscurecido un poco. Una nube tapa el sol. Las rosas parecen más rojas. Me fijo en su corbata, azul marino, impecable. Lleva un nudo Windsor, creo. Es el uniforme del que no se separa.)Dice que siempre lleva traje y corbata desde los quince años, cuando entró a trabajar como administrativo en un banco. Y que no es consciente de sonreír; que le han colgado el sambenito de serio. Pero yo le he visto sonreír un par de veces durante esta conversación. ¿Qué le hace sonreír a Xavier Horcajo?
Xavier Horcajo: (Ahora sí, una sonrisa amplia, inesperada. La cara se le transforma. Por un instante parece un abuelo, no un guerrillero de la información.)Me hace sonreír la gente decente. Esa que no sale en los papeles. La que no pide nada. Mi mujer, mis amigos del pueblo, los estudiantes que se indignan con ganas de aprender. (Bebe el café ya frío.)Y me hace sonreír la ironía. Ese sentido del humor que he tenido que desarrollar para no volverme loco. Porque si uno se toma demasiado en serio, se muere de asco. O de rabia. Yo prefiero reírme de los poderosos a llorar con ellos.
David: Me ha hablado del mar. Del azul. De la libertad. ¿Cómo es el futuro que desea? Extensamente, si me permite.
Xavier Horcajo: (Apoya los brazos en la mesa. Las venas de sus manos dibujan mapas de ríos secos. Sueña en voz alta, pero sin dejar de mirarme a los ojos.)
Deseo un futuro con una sociedad que se respete. Cuando yo era joven, los abogados del Estado no querían meterse en política; hoy lo hacen. Los notarios no estaban a sueldo de los magnates financieros, no dejaban números en blanco en sus registros. Los policías no bailaban al son del Gobierno. (Su voz se endurece, pero no se quiebra.)Deseo dejar de ser el país de la trampa y la picaresca. Ser demócratas por dentro, no solo de boquilla. Y deseo que mis nietos —si algún día los tengo— puedan vivir en una España donde la verdad no sea una mercancía de lujo. (Hace una pausa. El silencio pesa como un anuncio.)Pero llevo más de cuarenta años en ésto, David. Y creo que no lo he conseguido. Aun así, no me rindo. El periodista, como el mar, vuelve siempre a la orilla.
David: (Miro mi reloj. Llevamos casi dos horas. Él no ha dado muestras de cansancio. Solo de pausa, que es distinto.)Una última pregunta, Xavier. De esas que no están en el guion. ¿Qué le diría a un joven que hoy quiere ser periodista?
Xavier Horcajo: (Se levanta. Me acompaña a la puerta. El jardín ya está en sombras, pero las rosas siguen ahí, tercas.)Le diría… “Olvídate de la fama. Olvídate de la alfombra roja. Aprende economía o algo que te enseñe a mirar el mundo de verdad y luego sé honrado. Si tienes que elegir entre la verdad y un amigo, elige la verdad. Te quedarás sólo, pero las noches serán más cortas. Y recuerda: el único lujo del periodista es no deberle nada a nadie”. (Abre la puerta. El aire del campo entra, fresco y limpio.)Y no te dediques a esto si quieres hacerte rico. (Me da la mano. Fuerte, cálida.)Ha sido un placer, David. Cuídese.
David: (Me voy calle abajo, con el olor a tierra mojada y la voz de Horcajo repitiéndose en la memoria. Al volver la vista, su silueta alta aún está en el marco de la puerta. No sonríe. Pero tampoco me da miedo.)











