El sanchismo está visto para sentencia
El ex ministro, ex diputado y ex secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, cerró la vista oral del llamado «caso Mascarillas» con una estrategia de defensa previsible, situándose como víctima de un proceso mediático y un juicio paralelo, pero con una particularidad que no pasará inadvertida a los magistrados del tribunal juzgador, su obsesión en limpiar la imagen que se ha trasladado a la opinión pública de un hombre obsesionado con las mujeres, incluso, bajo precio, que, sin embargo, no tiene más que una relación marginal con el núcleo de las acusación, ese que le puede llegar a costar más de una década de prisión, como si ya diera su futuro por perdido.
Por lo demás, siguió el mismo guion que su compañero de banquillo, Koldo García, tratando de salvar al Gobierno, esencialmente a su presidente, Pedro Sánchez, y al partido de cualquier sospecha de complicidad en la trama, tal vez, en la esperanza de un tratamiento de ventaja para su situación penitenciaria, una vez que se haya pronunciado la sentencia y el Ejecutivo vuelva a tener margen para intervenir. No sería la primera vez que el interés gubernamental primara sobre las decisiones de los tribunales, como ya ha sucedido con los ERE, los indultos parciales a los condenados por el procés, las excarcelaciones prematuras de terroristas de ETA y, fundamentalmente, la amnistía, medidas de gracia discutidas y discutibles, pero amparadas generalmente por un Tribunal Constitucional, presidido por un magistrado, Cándido Conde Pumpido, vinculado de antiguo al PSOE, y con una mayoría de miembros conformada al mayor interés de La Moncloa.
Pero más allá de la peripecia personal de los acusados, la vista del caso, con sus apuntadas derivaciones a otras causas en período de instrucción judicial que también salpican al Gobierno y al PSOE, como las de la financiación irregular del partido o el rescate de las aerolíneas, se ha convertido en la primera pieza de convicción contra el sanchismo o, lo que es lo mismo, sobre una manera de ejercer el poder sin contrapesos y, lo que es más grave, desde una sensación de impunidad que lleva a sus responsables a eludir cualquier tipo de responsabilidad.
Ayer, en el banquillo no se sentaba un justiciable cualquiera. Lo hacía quien fue mano derecha del secretario general del PSOE y, luego, jefe del Ejecutivo, el hombre que más hizo por rescatar al defenestrado Sánchez y volverle a situar al frente del PSOE. El compañero de fatigas que, junto con otro procesado por corrupción, Santos Cerdán, reorganizó el partido para acabar con cualquier disidencia interna y fue premiado con uno de los ministerios, el de Transportes, que más presupuesto maneja y por el que pasan la mayoría de las grandes empresas que se dedican a la obra pública. En definitiva, una de las figuras clave en la gestación de eso que la sociedad española ha dado en llamar sanchismo.











