La “casta” se protege a sí misma en Bruselas: Partido Popular y Vox se unen contra Alvise para que sea juzgado por un delito de odio
Borja Fernández.- La reciente votación en el Parlamento Europeo sobre la inmunidad de Alvise ha dejado una fotografía política difícil de ignorar: Partido Popular y Vox, supuestos adversarios irreconciliables en el discurso nacional, votando juntos para facilitar que uno de sus principales críticos pueda ser juzgado por un presunto delito de odio. Más allá del caso concreto, lo que queda es una imagen de fondo inquietante: cuando el sistema se siente cuestionado, sus actores reaccionan como un bloque.
Ambos partidos han intentado justificar su postura apelando al respeto institucional y al Estado de derecho. Sin embargo, esa explicación resulta insuficiente para quienes observan una pauta recurrente: la defensa corporativa de un statu quo político que se protege a sí mismo frente a quienes lo desafían desde fuera. Porque Alvise no es simplemente otro actor político; representa, para muchos de sus seguidores, una amenaza directa a las estructuras tradicionales de poder.
Lo más llamativo es la posición de Vox. Durante años, el partido ha construido parte de su discurso sobre la crítica a los delitos de odio, considerándolos herramientas ideológicas utilizadas para limitar la libertad de expresión. Sin embargo, en Bruselas, esa misma formación ha votado en una línea que facilita precisamente la aplicación de ese tipo de delito contra un adversario político. La contradicción es evidente.
Este giro plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto Vox mantiene sus principios cuando estos chocan con los equilibrios reales de poder? La respuesta que deja esta votación no es tranquilizadora para quienes creían ver en el partido una alternativa al sistema. Al contrario, su actuación sugiere una integración más profunda en las dinámicas que dice combatir.
El Partido Popular, por su parte, actúa en coherencia con su papel histórico como uno de los pilares del sistema político español. Su voto no sorprende tanto como el de Vox, pero sí refuerza la percepción de que, en cuestiones fundamentales, existe una convergencia entre las grandes fuerzas políticas cuando se trata de preservar ciertas reglas del juego.
Lo ocurrido en Bruselas trasciende el caso individual de Alvise. Es un síntoma de cómo funciona el poder cuando se siente cuestionado: se reorganiza, se alinea y actúa, y en ese movimiento, las diferencias ideológicas se difuminan.
Para quienes ven en figuras emergentes una oportunidad de ruptura con el modelo actual, este episodio confirma una sospecha: que la verdadera división no está entre izquierda y derecha, sino entre quienes participan del sistema y quienes intentan desafiarlo desde fuera. Y cuando esa línea se activa, las alianzas cambian, las contradicciones se multiplican y los discursos se ajustan.
La pregunta que queda en el aire es si los votantes tomarán nota de estas incoherencias o si, una vez más, quedarán diluidas en el ruido político del día a día. Lo que ha ocurrido es un recordatorio de que, en política, las palabras importan… pero los votos, mucho más.











