Sánchez mira a Rabat, mientras Ceuta espera
Para salvar sus problemas domésticos, Pedro Sánchez ha tomado decisiones que perjudican gravemente al país. Cuando los electores moderados dejaban de apoyar al PSOE, se ha esforzado en capturar a los votantes que tradicionalmente se han situado a la izquierda del Partido Socialista, solo en esa clave se entiende su beligerancia con Israel.
Cuando los problemas judiciales acorralaban a su entorno familiar, impostó un presunto liderazgo internacional de izquierdas confrontando con Donald Trump y acercando posiciones con la izquierda de América Latina más controvertida, actuando como puente José Luis Rodríguez Zapatero.
La resistencia del Gobierno a atribuir siquiera una responsabilidad por omisión a Marruecos resulta tan difícil de explicar políticamente que ha terminado alimentando hipótesis sobre una capacidad de presión de Rabat.
El Gobierno ha mostrado su ineficacia, no solo para preservar la integridad territorial, sino para dar solución a la invasión que se produjo hace más de 50 días.
El último episodio era perfectamente previsible cuando se conoció que se movilizarían a más de 3.000 personas hacia un recurso con solo 1.700 plazas. El resultado fueron carreras, tensión policial y cientos de personas regresando a las mismas playas que se pretendían desalojar.
En definitiva, el Gobierno ha fracasado en dos tiempos: primero porque no previó una crisis excepcional y segundo, bastante más difícil de explicar, porque lleva 50 días sin haber conseguido aún absorber las que son sus consecuencias.
Esta semana, Sánchez marcó diciembre como la fecha probable de vuelta a la normalidad. Vivir tres meses y medio más la situación de inseguridad, riesgo sanitario y ruina económica de la actividad comercial para la ciudad autónoma es una tortura que no se puede exigir a los ciudadanos.
La crisis ha subido de temperatura porque, además de un problema de incapacidad de control fronterizo, se ha convertido en una crisis interna por mala gestión, una reputacional de país y otra de enfrentamiento institucional.
Marruecos e Israel acaban de llegar a un acuerdo para intensificar sus relaciones con auspicio estadounidense. Rabat está gestionando Ceuta dentro de una estrategia, mientras que para España se ha convertido en un problema enquistado que ha empezado a preocupar a la Unión Europea.
Marruecos ha logrado mejorar enormemente su capacidad de presión sin coste alguno y la inexplicable exoneración de cualquier responsabilidad por parte del Gobierno español.
El Parlamento Europeo ya ha definido la instrumentalización de la inmigración irregular como una «herramienta de guerra híbrida contra la integridad territorial de un Estado miembro», ha advertido de que la incapacidad para proteger las fronteras exteriores socava Schengen y ha reclamado que España utilice plenamente Frontex y los demás instrumentos europeos.
Es decir, que lo que España no consiguió contener y resolver, se está europeizando rápidamente y dejando en evidencia que el problema ha desbordado la capacidad desplegada por el Estado. Una frontera española mal gestionada ha terminado siendo una frontera europea problematizada.
Cuando después de una crisis hay que reparar la reputación de los servicios de inteligencia, explicar las contradicciones de los ministros y discutir quién recibió cada aviso, lo que único que queda claro es que el fallo es el Ejecutivo en sí mismo.
El daño ya no se mide únicamente en kilómetros de frontera, se mide también en confianza institucional. Defensa defendiendo al Centro Nacional de Inteligencia (CNI), Interior discutiendo el alcance de sus avisos y Moncloa intentando reconstruir una secuencia de responsabilidades que 50 días después sigue sin resultar transparente.
La crisis está produciendo una degradación adicional. Ante las preguntas sobre la gestión, una parte del Gobierno y del PSOE responde cada vez menos con explicaciones y cada vez más con descalificaciones del interlocutor.
La respuesta a la crítica no consiste en explicar qué se hizo mal o qué se hará mejor, sino en desacreditar a quien pregunta. Cuando Eduardo Madina dijo que le dolía que en Ceuta «no hay ni un paso del Gobierno que se entienda», la respuesta de Óscar Puente no fue explicar con datos la gestión, sino insultarle llamándole rencoroso.
Ahí está el último síntoma de Ceuta, ante una crisis exterior, el Gobierno ha terminado peleándose hacia dentro.
Un Gobierno seguro de su gestión contesta con datos, un Gobierno ocupado en ocultar responsabilidades y en gestionar daños, acaba contestando como hizo con el ministro Puente.











