La guerra que ya está aquí y Europa no quiere ver
Gustavo de Arístegui.- Últimamente somos más conscientes de la naturaleza cambiante de las amenazas que nos acechan. Ya no hablamos solo de enemigos visibles, de potencias que tiran de la cuerda cuanto pueden, cada una con los métodos que le resultan más eficaces. Hablamos de una guerra que no lleva uniforme, que no se declara y que no respeta la vieja frontera entre la paz y la guerra. Europa hace a veces el diagnóstico correcto, pero casi nunca toma las medidas adecuadas para protegerse y, mucho menos, para adelantarse al adversario.
Reuters publicó el pasado 17 de septiembre un despacho que debería leerse en todos los ministerios de Defensa del continente. Se pregunta, sin eufemismos, si la OTAN está preparada para la próxima guerra. Cinco responsables de defensa ucranianos y occidentales responden con una frase demoledora: Ucrania se adapta en semanas; la Alianza compra en años, a veces en décadas. Rusia ha elegido la guerra de agresión y, contra Europa, la guerra gris. China no necesita disparar: le basta el crédito que crea dependencias, el control de estrechos y puertos y el monopolio de baterías, paneles solares, motores eléctricos y tierras raras. Los recortes de Volkswagen, que rondan ya los cien mil empleos, son un dramático toque de atención. El régimen oligárquico-yihadista de Teherán lleva desde 1979 patrocinando el terrorismo a través de las organizaciones terroristas Hamás y Hizbulá, los hutíes y las organizaciones terroristas proiraníes de Irak, y es el gran proliferador de los drones Shahed que Rusia lanza cada noche contra Ucrania.
La guerra no se declara
Las guerras de nuestro tiempo no se declaran. Por eso son absurdos, cuando no de mala fe, los cantos de sirena de algunos congresistas estadounidenses que reclaman una declaración formal de guerra contra Irán. Estados Unidos no declara formalmente la guerra desde 1942. Si ni siquiera las guerras abiertas se declaran, las grises jamás lo harán. Esperar una declaración para reaccionar equivale a no reaccionar nunca.
George F. Kennan definió en 1948 la «guerra política» como el empleo de todos los medios de una nación, salvo la guerra, para lograr sus objetivos. En 2013, el general Guerásimov escribió que los medios no militares habían superado en muchos casos la eficacia de las armas. Nuestros adversarios lo escriben negro sobre blanco. Somos nosotros quienes nos negamos a leerlo.
Las mentiras como munición
La desinformación es el arma más barata y más difícil de atribuir. No busca que creamos una mentira concreta, sino que dejemos de creer en cualquier verdad. En diciembre de 2024, Rumanía tuvo que anular la primera vuelta de sus presidenciales tras una campaña en TikTok que sus servicios vincularon a un actor estatal. La red rusa Doppelgänger clonó las webs de grandes periódicos europeos para colar noticias falsas con su aspecto. Según NewsGuard, la red prorrusa «Pravda» publicó en 2024 unos 3,6 millones de artículos no para que los leyéramos nosotros, sino para que los absorbieran las inteligencias artificiales, que después repetían sus bulos en torno a un tercio de las pruebas. Se envenena el pozo del que beberán las máquinas.
Esas campañas necesitan altavoces locales, y en España los tienen: analistas prorrusos que difunden bulos y justifican la represión en Irán atribuyendo las protestas al Mosad y a la CIA. La respuesta no es la censura, que es lo que nos distingue de Moscú y Teherán, sino la transparencia sobre quién amplifica qué y con qué dinero, y la alfabetización mediática desde la escuela, como hace Finlandia.
En el ciberespacio no hay alto el fuego. Rusia apagó parte de la red eléctrica ucraniana en 2015. El 24 de febrero de 2022, una hora antes de la invasión, un ciberataque contra la red de satélites de Viasat dejó sin supervisión remota a unas 5.800 turbinas eólicas en Alemania. Lo más inquietante es lo que no se ve: en 2024, las autoridades estadounidenses denunciaron que el grupo chino Volt Typhoon se había infiltrado en redes de energía, agua y transporte, no para robar, sino para poder sabotearlas en una crisis. Son bombas lógicas colocadas en tiempo de paz. En julio pasado, un ataque coordinado golpeó más de treinta redes de agua de Minnesota. Para mí fue un galope de prueba.
Europa, a las puertas de un invierno sin diésel
Todo depende de la electricidad: el agua que bombean motores eléctricos, los surtidores de gasolina, los pagos, los hospitales, la cadena de frío, los semáforos y los trenes. El 28 de abril de 2025 lo comprobamos en carne propia. En unos cinco segundos desapareció el 60 % de la generación y la Península se quedó a oscuras. No fue un ataque, sino un fallo técnico en cascada. Aun así, quienes tenían efectivo y una radio de pilas estaban mejor preparados que quienes lo tenían todo en el móvil. Lo que un fallo hizo durante horas, un ataque podría hacerlo durante semanas.
En torno al 99 % del tráfico intercontinental de datos viaja por cables submarinos, y el Báltico se ha convertido en el laboratorio de su sabotaje con anclas arrastradas durante decenas de kilómetros. Las interferencias de GPS son ya cotidianas: el avión de Ursula von der Leyen las sufrió en 2025 al aproximarse a Bulgaria.
Hay una amenaza de la que casi nadie habla: las armas de pulso electromagnético. Una detonación nuclear a gran altitud no mata a nadie con la explosión, pero su pulso puede quemar la electrónica y los grandes transformadores de un territorio de miles de kilómetros.
Todo lo que tenga un microchip –coches, teléfonos, ordenadores, bombas de agua, sistemas hospitalarios– puede quedar inservible. No es ciencia ficción. En 1962, la prueba estadounidense Starfish Prime apagó farolas en Hawái a unos 1.400 kilómetros de distancia, y una prueba soviética sobre Kazajistán incendió una central eléctrica. Existen además armas no nucleares de microondas de alta potencia, montables en misiles o drones, que fríen la electrónica en un barrio entero. El Congreso de Estados Unidos acaba de volver a alertar sobre esta amenaza y sobre los avances chinos contra Taiwán. Estados Unidos tiene desde 2019 una orden ejecutiva para proteger su red. Europa no tiene nada: ni transformadores blindados, ni repuestos estratégicos, ni una política común.
Mientras los gobiernos callan, los más ricos se preparan. Mark Zuckerberg construye en Hawái una finca de unas 570 hectáreas con refugio subterráneo y autosuficiencia alimentaria y energética. Según contó The New Yorker en 2017, más de la mitad de los multimillonarios de Silicon Valley tenían ya su «seguro de apocalipsis». Douglas Rushkoff relató cómo unos inversores le preguntaron cómo mantener leales a sus guardias cuando el dinero ya no valiera nada. Se preparan para un día después apocalíptico y distópico con granjas valladas y completamente autosuficientes.
No es una frivolidad, sino un síntoma: quienes mejor conocen la fragilidad de las redes, porque las han construido, no confían en que los Estados sepan protegerlas. Cuando la supervivencia se privatiza, el contrato social se rompe. La respuesta no es imitarles, sino hacer innecesarios sus búnkeres. Finlandia tiene refugios para unos 4,8 millones de sus 5,6 millones de habitantes. Suecia envió en 2024 a todos sus hogares una guía para la crisis o la guerra. Bruselas se ha limitado a recomendar un kit para 72 horas, es tan chocante que no llega ni a ridículo.
Las mentiras como munición
En el terreno militar, Europa sigue anclada en tácticas del siglo XX. Un oficial ucraniano contó a Reuters que algunos manuales de la OTAN se basan aún en casos de la Segunda Guerra Mundial. El comandante de la Guardia Nacional ucraniana, Oleksandr Pivnenko, dice de las tropas aliadas que saben asaltar posiciones, pero que si hay un dron encima y ni siquiera miran hacia arriba, «ya se imagina uno lo que le ocurrirá al pelotón ironizaba. Un dron de unos cinco mil dólares puede destruir un Leopard 2 de más de treinta millones de euros. Ahora bien, tampoco hay que jubilar por dogma lo que funciona: el veterano A-10 ha sido decisivo en el Golfo contra las lanchas de la Guardia Revolucionaria iraní.
No es posible que tengamos el mejor misil aire-aire del mundo, el Meteor, y no tengamos arsenal para más de una semana de conflicto. Necesitamos una industria capaz de reponer con agilidad, que apriete cuando haga falta y afloje cuando no, y reservas estratégicas realistas, no optimistas.
Por fin, sistemas europeos
Hay buenas noticias. Europa ha empezado a construir alternativas al Patriot estadounidense, del que depende peligrosamente. El franco-italiano SAMP/T NG, que Dinamarca ha preferido al Patriot, llegará a Ucrania. Diez países han lanzado en julio el proyecto antibalístico Freyja, liderado por la ucraniana Fire Point. El alemán IRIS-T lleva años derribando misiles rusos. El Skyranger de Rheinmetall y los drones interceptores coproducidos con Ucrania abaten drones a una fracción del coste de un misil. El láser británico DragonFire dispara por unas diez libras.
Bruselas ha lanzado cuatro grandes proyectos: defensa contra drones, vigilancia del flanco oriental y escudos aéreo y espacial. La española SENER coordina el proyecto europeo contra misiles hipersónicos. El problema ya no es la falta de proyectos, sino su dispersión y su lentitud. Hay que agilizar la contratación, acelerar los interceptores láser que tan buenos resultados dan a la Armada estadounidense frente a Irán, y aprender de los países del Golfo, que ya han adoptado la tecnología ucraniana contra los drones iraníes.
Hay que mandar un mensaje muy claro a Irlanda y Austria: no son momentos para florituras político-filosóficas. Austria ya se ha sumado al escudo antiaéreo europeo, prueba de que la neutralidad no impide la defensa colectiva. Irlanda, por cuyas aguas pasan cables vitales para todo el continente, no puede vigilarlas. Su vulnerabilidad es la de todos. Vegecio lo dejó escrito hace dieciséis siglos: si quieres la paz, prepara la guerra. Hoy prepararla significa producir más, decidir más deprisa, proteger lo que nos mantiene vivos y preparar a toda la población, no a unos pocos privilegiados en sus búnkeres. La guerra ya está aquí. Solo falta que Europa se atreva a verla.












