Marruecos humilla al Gobierno de Sánchez
Francisco Marhuenda.- A estas alturas, nadie puede ser tan ingenuo para pensar que la «invasión» de Ceuta fue algo improvisado y espontáneo. La movilización de alrededor de 70.000 marroquíes para que entraran ilegalmente, pusieran en ridículo la seguridad de las fronteras y humillaran al Gobierno socialista comunista fue un acto premeditado, organizado y auspiciado por las autoridades de nuestro vecino del sur. Cualquier otra interpretación es, simplemente, alienígena. Ni siquiera bien intencionada. Nada importante se mueve en Marruecos sin la autorización de Palacio. En este caso, el Gobierno marroquí fue, simplemente, un mero instrumento al servicio de la voluntad de la Corona. La actuación fue coherente con su tradicional estrategia en las relaciones con España. Nada que nos tenga que sorprender, aunque sí inquietar por la magnitud de la operación. Una movilización tan enorme pone de manifiesto hasta dónde podrían llegar si le interesara para su política interior o exterior. Por supuesto, la debilidad del Gobierno, sumido en una profunda crisis por la corrupción sistémica socialista, y su desprestigio internacional, ha hecho posible una operación de estas características.
El incidente de Perejil, que algunos ignorantes de la izquierda política y mediática han ridiculizado, tuvo una enorme trascendencia, porque estableció que con un Gobierno del PP no se permitiría este tipo de actuaciones. No era una cuestión baladí, ya que se trató de un intento de pulsar hasta dónde podían llegar con sus provocaciones. Es cierto que Marruecos siempre tiene en su mano el controlar o no las frágiles fronteras que mantiene con España, especialmente en Ceuta, Melilla y las Islas Canarias. Cuando le conviene permite el desplazamiento de miles de inmigrantes, pero está, además, el tráfico de drogas y los yihadistas. Por ello, Marruecos es muy importante para nuestro país, además, de por los lazos históricos y los intercambios económicos. Su estabilidad es fundamental para nuestros intereses, así como su crecimiento económico, para que no se produzca una salida masiva de población en busca de mejores expectativas.
A esto hay que añadir que constituye el colectivo de origen extranjero más numeroso con 1,1 millones de personas nacidas en Marruecos. Alrededor de 350.000 han adquirido la nacionalidad española en los últimos años. Alrededor de 5 millones de marroquíes viven fuera de su país siendo Francia el principal destino, con 1,9 millones, mientras que nosotros somos el segundo. Esta diáspora es fundamental para la economía nacional, ya que envía unos 11.300 millones de euros a su país de origen, que es alrededor del 9 por ciento del PIB, pero, además, su economía no podría absorber esa población. Se estima que ese dinero sirve para cubrir las necesidades básicas de consumo, vivienda y salud de más de un millón de hogares marroquíes. Otro aspecto importante, es que las remesas son la principal fuente de reservas de moneda extranjera de su Banco Central, superando los ingresos por turismo o la inversión extranjera directa. Esto ayuda a mantener la estabilidad de su moneda. El desempleo alcanza un 10,8, pero es especialmente preocupante entre los jóvenes de entre 15 a 24 años al alcanzar un 29,2% y en el siguiente tramo, de 25 a 34, es de un 16,1%. El PIB se sitúa en los 194.330 millones de dólares y la renta per cápita es de 5.107. El aspecto positivo es que muestra un ritmo de crecimiento anual del 4,9%, respaldado por la aceleración industrial y el turismo.
Marruecos reivindica las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla como una cantinela en clave de política interior, pero con escasa convicción porque no le aportaría ningún beneficio económico y sí, en cambio, enormes costes. Las dos sobreviven gracias a su régimen fiscal especial y las inyecciones de fondos del Estado y la Unión Europea. Es algo que perderían al integrarse en el Reino de Marruecos, pero, además, habría una redundancia en sus infraestructuras, ya que ha invertido miles de millones en desarrollar el megapuerto de Tánger Med, cerca de Ceuta, y el de Nador West Med, al lado de Melilla. Por lo tanto, perderían su ventaja competitiva de ser puertos europeos y se convertirían en infraestructuras secundarias e innecesarias. La única ventaja sería geopolítica al controlar la totalidad de la costa sur del Estrecho de Gibraltar.
Marruecos ha obtenido enormes ventajas tanto de España como de la Unión Europea por los flujos migratorios en contrapartidas económicas sustanciales, ayudas al desarrollo y concesiones políticas significativas. Ceuta y Melilla son una baza de negociación financiera muy rentable. Es difícil saber los centenares de millones que recibe de España y más con la opacidad de este Gobierno, pero es una cifra multimillonaria. En el caso de la UE son más de 500 millones. Este conjunto de razones hace que contemplemos la invasión de Ceuta como un nuevo instrumento de presión a un Gobierno débil que tuvo un comportamiento deleznable y humillante con Gibraltar. Marruecos tomó buena nota de que Sánchez está siempre dispuesto a rendirse. Me recuerda a un abogado que se tenía por un genio, aunque la realidad es que ganaba todos los casos porque siempre se sometía a lo que pedía la parte contraria.
No hay ningún riesgo para Ceuta y Melilla a medio plazo, aunque otra cosa es cuando Marruecos haya alcanzado una situación económica más sólida y equilibrada, no necesite la aportación de las remesas y las ayudas de España y la UE y le convenga políticamente hacer una ocupación similar a la Marcha Verde con el Sáhara. El carácter político e instrumental de la «invasión» de Ceuta lo hemos podido comprobar con la facilidad con que abandonaron la ciudad en el momento en que Marruecos decidió poner punto final a la operación. No sé si sabremos, espero que sí, el coste económico que tendrá que pagar España y qué otras indignas exigencias tendrá que asumir Sánchez.











