María Jesús Montero y el síndrome de Rocío Jurado
Pedro Narváez.- Una pena que no estemos en época carnavalera. Se iba a enterar María Jesús Montero con las letras lacrimógenas a cuenta de la muerte de los guardias civiles y de la reacción de una candidata sin sangre en las venas. A Montero no le va mucho lo de llorar sino la risa histriónica y el golpe de pecho al estilo folclórico tradicional. Montero responde al arquetipo pantojo que lo mismo se ríe con la gracia andaluza que no se puede aguantar (dicho como Los Morancos) que se deshace en pena con sus pequeños del alma que son los andaluces a los que fue a salvar de sí misma. Como soy del sur, más al sur solo me ganan los monos del peñón, quien me acuse de apropiacionismo cultural pues va listo. Yo mismo soy un tópico que no sabe hacer chistes. O sea, un tópico malaje.
Hace veinte años que nos dejó la chipionera Rocío Jurado, a la que daba tanto gusto escucharla cantar, una Maria Callas de lo nuestro, como vergüenza ajena cuando hablaba. Parecía que en cualquier momento iba a caer por el precipicio, la seguías sufriente porque podía meter la pata en cualquier momento. Quería expresarse como si fuera académica cuando su mejor colegio, y a mucha honra, fue la Venta de Vargas, entre otros tablaos de mucho comer y beber. María Jesús Montero padece del síndrome Jurado. No sabe uno cuándo va a desdichar una frase y estropear una intervención que iba por el buen camino. Ha llegado hasta hoy sabiendo que va a llegar tarde a su propio funeral, lo que tiene cierto mérito siendo una política, y no cualquier política ya que estamos ante la mujer más poderosa de la historia de España. Isabel la Católica fue una aprendiz.
Hay un andaluz callado, tímido, que sabe filosofar, un Séneca que mira cómo se pone el sol en el poniente del Atlántico sin aplaudir, ahí figuraba Camarón, al que se le comió la lengua el gato, y está la Esmeralda de Sevilla, Lola Flores y María Jesús Montero. Ese folclore travestido de rojo. El resultado de hoy puede ser malo o peor, sea lo que sea María Jesús Montero dejará de ser la mujer más poderosa, aunque saldrá con rostro desencajado y triunfante, a punto de dar un titular que salve la noche de su desastre. Hoy será mucho más interesante seguir a la que fue vicepresidenta que a Juanma. El discurso del popular es previsible, consiga o no la mayoría absoluta, no así el de su competidora, la sombra de Pedro Sánchez, la ordinalidad y el cacao cerebral. Es el show que no hay que perderse. Aunque triunfe, Juanma es un telonero de Marifé de Triana.











