¿Son los toros de derechas?
Luís Pousa.- Ha regresado a los ruedos Morante de la Puebla. Puestos a resucitar, qué mejor lugar y qué mejor momento que el Domingo de Resurrección en la Maestranza. Volver a Sevilla en el Domingo de Gloria debe de ser lo más parecido a volver a la vida de entre los muertos. Y, con el retorno glorioso de Morante, se ha abierto estos días un atractivo debate sobre la ideología subyacente de la tauromaquia: ¿son los toros intrínsecamente conservadores? En plata: ¿son los toros de derechas?
La pregunta me parece muy interesante no por la tauromaquia en sí —de la que ignoro casi todo, pero que admiro por esa vertiente estética que tanto atraía a gigantes del arte como Pablo Picasso y Orson Welles—, sino porque aborda una cuestión de fondo mucho más amplia e inquietante: cómo una cierta élite, encaramada a una presunta superioridad moral e ideológica, ha ido atacando sistemáticamente un gran espectáculo popular hasta llegar, en ciertos lugares, a su prohibición. La anhelada cancelación que representa lo peor de ese puritanismo de izquierdas e identitario que domina hoy un importante segmento del espectro político. Se concluye que los toros son de derechas porque ciertas izquierdas, instaladas en el pensamiento único, buscan su total aniquilación.
De la operación en marcha para borrar los toros del mapa, tenemos un precedente claro en el boxeo. A finales del siglo XX, era uno de los mayores fenómenos de masas en España. Las veladas se celebraban en grandes pabellones deportivos atiborrados de público de todos los barrios y clases sociales, se emitían por televisión en horario estelar y campeones como Urtain eran personajes públicos de primera fila. Tras una campaña medida y concienzuda —hay incluso un diario que alardeaba hasta hace poco de no informar sobre este deporte olímpico—, las veladas son hoy casi clandestinas y la única oportunidad de ver boxeo en la tele es cuando reponen Million Dollar Baby.
Junto al boxeo y al fútbol, el otro gran espectáculo de masas en España ha sido históricamente la tauromaquia. Las propias plazas de toros nacieron para acoger a un público multitudinario y diverso, que se mezclaba en los tendidos sin vitolas ideológicas o partidistas pegadas en la frente. En la hoy oficialmente antitaurina Barcelona llegó a haber tres recintos funcionando simultáneamente: El Torín, Las Arenas y la Monumental, la plaza talismán de José Tomás, quien trazó allí tardes memorables. No es difícil comprender que, entre los miles de aficionados que asistieron durante décadas a las corridas barcelonesas, se barajarían sin traumas todo tipo de ideologías, pensamientos y creencias.
La anécdota que mejor revela ese carácter transgresor y popular me la contó el escritor y editor Pepe Esteban, novillero en sus tiempos mozos y taurino hasta el tuétano. Esteban era muy amigo de Domingo, hermano del torero Luis Miguel Dominguín. Pepe y Domingo militaban en el PCE y, durante una recepción en El Pardo, Franco le comentó al diestro:
—Maestro, me han dicho que en su casa hay un comunista.
—Excelencia, en mi casa todos somos comunistas.
Creo que eso es justo lo que tanto molesta a quienes se consideran investidos de autoridad moral para explicarnos a la gente de a pie cómo y qué debemos pensar en todo momento. Les incomoda un género artístico que no pueden tener enclaustrado y vigilado en los museos, las academias o las facultades. Los toros escapan de todo eso porque son desde su origen mismo un arte del pueblo, protagonizado por el pueblo y representado para el pueblo. Por eso la tauromaquia no admite etiquetas ni sambenitos. Porque es de todos.












