Rocío Pérez, portavoz del PP en Casarrubios del Monte: “¿Por qué en estadios de ciertas regiones se grita ‘español el que no bote’ y nadie se escandaliza?”
Rocío Pérez Vicioso.- Hay algo más irritante que un cántico ofensivo: la indignación fingida de quienes solo se escandalizan cuando les conviene. En España llevamos años asistiendo a una versión particularmente descarada de este fenómeno: la hipocresía mediática elevada a norma.
Cuando aparece un “el que no bote…” dirigido contra determinados colectivos, la reacción es inmediata. Portadas, tertulias, políticos compitiendo por ver quién condena más rápido y más alto. Se habla de odio, de intolerancia, de líneas rojas que no se pueden cruzar. Todo muy solemne. Todo muy ejemplar y muy previsible.
Pero basta con cambiar el objetivo del cántico para que ese fervor moral se evapore como si nunca hubiera existido.
En estadios de ciertas regiones españolas, el “el que no bote es español” lleva décadas coreándose con total normalidad e impunidad. Sin escándalo nacional, sin campañas de concienciación, sin rasgarse las vestiduras en prime time. A lo sumo, alguna mención tibia, algún “no es lo ideal” y a otra cosa.
Otro ejemplo lo ilustra con claridad: quienes se escandalizan por cánticos como “musulmán el que no bote”, luego aceptan sin demasiados reparos que se pite el himno nacional o que se ridiculice símbolos católicos en la televisión sanchista.
No se trata de defender un cántico concreto ni de justificar comportamientos que puedan resultar excluyentes o de mal gusto, sino de señalar la incoherencia y la hipocresía, ya que si el criterio es el respeto, debería aplicarse en todos los casos, no solo cuando encaja con la propia sensibilidad ideológica o cultural.
El himno nacional, por ejemplo, representa un símbolo compartido del Estado. Silbarlo en estadios de fútbol no es un gesto inocente: es una forma de rechazo que muchos ciudadanos perciben como ofensiva. Sin embargo, en ciertos sectores se ha normalizado o incluso defendido como una expresión legítima de libertad.
Algo similar ocurre con las creencias religiosas, particularmente la católica. En programas de la televisión pública y en TV3 no es raro encontrar bromas, parodias o comentarios que, de dirigirse a otros colectivos, generarían una reacción inmediata de condena. Pero aquí, de nuevo, la indignación parece depender de quién sea el objeto de la crítica.
¿Dónde están entonces los guardianes de la convivencia? ¿Dónde queda esa sensibilidad exquisita que se activa con tanta rapidez en otros casos?
La respuesta es incómoda, pero evidente: no les molesta el cántico, les molesta quién es la víctima. Ni tampoco les preocupa la exclusión, sino el relato. No defienden principios, defienden posiciones.
Así es como la moral se convierte en una herramienta de uso selectivo. Se condena con contundencia lo que encaja en el guión ideológico propio y se minimiza —o directamente se ignora— lo que lo contradice. Por consiguiente, no es ética ni coherencia, es marketing y cálculo.
Este doble rasero no solo es intelectualmente deshonesto; es profundamente corrosivo, porque nos lanza el mensaje de que hay ciudadanos cuya dignidad merece protección inmediata y otros cuya deshumanización puede pasar como folklore de grada. Hay ofensas intolerables y ofensas asumibles, dependiendo de a quién incomoden.
Y luego se preguntan por qué crece el hartazgo, por qué cada vez más gente desconfía de medios y discursos oficiales. La respuesta está ahí, gritando en los estadios y susurrando en los editoriales: la coherencia ha sido sustituida por la conveniencia.
Esta doble vara de medir erosiona la credibilidad del discurso público y transmite la idea de que no todos los valores ni todas las sensibilidades merecen el mismo respeto. Y eso, lejos de fomentar la convivencia, alimenta la polarización y el frentismo.
La libertad de expresión es un pilar fundamental en cualquier sociedad democrática, pero no puede convertirse en una excusa para la incoherencia. Defenderla implica aceptar que todos pueden ejercerla, incluso cuando no nos gusta. Y sobre todo exigir respeto implica aplicarlo de manera universal, no selectiva.
Quizá ha llegado el momento de abandonar la indignación a la carta y apostar por un criterio más honesto y consistente. Uno que no dependa de bandos, sino de principios, porque, al final, la convivencia no se construye desde la hipocresía, sino desde la coherencia.
*Portavoz municipal del PP en Casarrubios del Monte (Toledo)












