Pedro Thunberg y Greta Sánchez: la estafa moral de convertir gobiernos en oenegés
Los españoles tenemos el gobierno más oenegero del planeta. Pedro Sánchez es el arquetipo de presidente de cuya solapa se pueden colgar todos los pines globalistas: Open Arms, Agenda 2030, Fundación Gates, Unwra, la Open Society Foundation de George Soros…Es mucho más probable encontrarle en un estrado internacional recibiendo aplausos de millonarios que en un barrio de España escuchando a familias pobres. En muchos sentidos, estamos ante la versión institucional de Greta Thunberg, buscando atención mediática para colar los mensajes políticos que le convienen. Ambos están más preocupados de la actualidad global que de los problemas concretos de sus comunidades. Pedro Thunberg y Greta Sánchez: se entienden hasta el punto de que el presidente español, el pasado noviembre, movilizó a la armada para escoltar a la flotilla de Greta hacia Gaza.
Ahora la causa de moda es el «No a la guerra», aunque el pasado enero reinaba otro ambiente. «El Gobierno de España planteará el que podamos abrir la puerta a una participación de capacidades militares en Ucrania», explicó Sánchez el día de Reyes, tras una reunión de líderes europeos en París. Hoy se resiste a comprometer el 5% para financiar a la OTAN, así que pacta quedarse en 2,1%. En primavera de 2023 se dejaba querer como candidato a liderar la alianza, tras la salida del noruego Jens Stoltenberg. Caso de perder las elecciones del 23 de julio de 2023, hubiera estado disponible. Pacifista cuando conviene.
Recordemos que en octubre de 2021, bajo mandato de Joe Biden, se dio el mayor giro woke de la historia del ejército de Estados Unidos, con el transexual Rachel Levine jurando el cargo de almirante de cuatro estrellas ante el Senado. Todo apuntaba entonces a una OTAN feminista, ecosostenible y LGTBIQ+, donde Sánchez encajaba como un guante. Hoy el presidente ha pasado página y se apunta a liderar el «No a la guerra», cultivando su perfil de némesis de Trump. Parece que será el estribillo hasta el final de legislatura. Se ha criticado, con toda la razón, la esquizofrenia que despliega Sumar queriendo estar en el gobierno de España y al mismo tiempo detrás de cada pancarta de las manifestaciones masivas. Algo parecido puede achacarse al PSOE, al que cada día cuesta más distinguir de su densa red de oenegés (quiere ser gobierno y también no gubernamental).
Las cifras son irritantes: desde 2021, Sánchez ha destinado 83 millones de euros –en 412 subvenciones– al Movimiento por la Paz, el Desarme y la Libertad (MPDL), en cuyo organigrama abundan ex altos cargos del PSOE. También impresiona leer que nuestro gobierno ha disparado un 423% su gasto en «cooperación con enfoque feminista». En 2019, primer año completo bajo el mandato de Pedro Sánchez, la inversión en ayuda feminista llegó hasta los 158,7 millones de euros, casi triplicando la cifra del ejercicio anterior. Parece imposible abrir un periódico sin encontrar noticias como que nuestro presidente ha otorgado un millón de euros a una oenegé dedicada a fomentar la resiliencia de las mujeres pastoras en Etiopía (noticia real del pasado julio).
¿Solidaridad o corrupción?
El PSOE post-Zapatero y las oenegés están entrelazados hasta extremos obscenos. El mencionado Movimiento por la Paz tiene entre sus filas a Francisco Aldecoa, el catedrático que introdujo en la Complutense a Begoña Gómez, esposa del presidente. El encarcelado José Luis Ábalos impulsó la Fundación Fiadelso, que llegó a invertir 74 millones en Perú en un solo año. El gobierno también otorgó un millón de euros a la oenegé Ibn Battuta, acusada de lucrarse alojando a menores en pisos destrozados. Resulta delirante que nos sigamos refiriendo a estas asociaciones como ONG (Organización No Gubernamental) cuando la mayoría reciben fuertes subvenciones del gobierno y Sánchez las defiende en público de sus detractores. Es en el caso de Open Arms, del controvertido Óscar Camps, acusado de colaborar en el tráfico de personas amparado en su coartada humanitaria. Donde hay solidaridad gubernamental parece haber corrupción: ahora mismo el Tribunal de Cuentas está investigando a la Agencia de Cooperación Internacional y Desarrollo (AECID) por pagos de más de 21,7 millones sin justificar, solamente en el ejercicio de 2023.
El pasado julio, la policía detuvo a Delia García y a Enrique Quintana Ramos, directivos de la oenegé Quórum Social 77, la principal encargada de acoger inmigrantes menores en Canarias. García Ramos es un conocido militante del PSOE y miembro del ayuntamiento de Gáldar. Quórum Social 77 gestionó un presupuesto de más de 23 millones de euros en subvenciones públicas entre 2019 y 2024. El estado prefiere externalizar sus obligaciones a las oenegés porque resulta más sencillo que gestionar la invasión migratoria. En el parlamento de Bruselas, el grupo Patriots ha exigido una auditoría exhaustiva del dinero donado por la Unión Europea a oenegés afines a la ideología globalista. Según sus cálculos, la UE ha canalizado más de 17.000 millos de euros, en los últimos cinco años, a asociaciones de este tipo. El parlamentario polaco Krystian Kaminski (Konfederacja) señaló que en su país «todas las ONG financiadas por Bruselas son de izquierda, mientras que las conservadoras sobreviven gracias a donaciones», denuncia.
Otro testimonio contundente: «No hablamos de organizaciones ciudadanas reales, sino de un sistema creado por las instituciones europeas para sí mismas: la burbuja para la burbuja. Este modelo debe ser desmantelado porque va contra los intereses de nuestros ciudadanos», afirmó el eurodiputado húngaro Csaba Dömötör, de Fidesz. El partido de Viktor Orban ha sido el primero del mundo en promulgar una ley antiSoros, el millonario que usa su filantropía para reforzar el progresismo global. La derecha parece estar despertando ante el saqueo masivo de fondos que suponen las oenegés. Una de las decisiones más radicales de Donald Trump en su segundo mandato fue el desmantelamiento de Usaid: la agencia de cooperación internacional de Estados Unidos, que representaba el 43% de toda la ayuda humanitaria del planeta donada por gobiernos. Por iniciativa del magnate tecnológico Elon Musk, cuando formaba parte del gobierno, la agencia cerró el pasado julio tras más de sesenta años de actividad.
Usaid manejaba 42.000 millones de euros anuales, que hoy pueden ser administrados por la Casa Blanca de forma directa. Nayib Bukele, el controvertido presidente de El Salvador, creó hace pocos meses un impuesto especial para las oenegés, nada menos que del 30%, «para que al fin puedan ayudar al pueblo», justificó con su ironía habitual. Bukele se posiciona contra las organizaciones filantrópicas de Soros por promocionar el aborto, la ideología de género y la agenda globalista. Cuando le reprochan las duras condiciones en que mantiene a los presos del país, contesta que es verdad que los reclusos merecen un trato digno, pero también pregunta por qué esas oenegés no se preocuparon cuando eran los pandilleros de las maras los que violaban cada día los derechos humanos de las familias indefensas de El Salvador. Sufrimos una epidemia de buenismo internacional, por el que importa más parecer altruista que serlo.
Greta Thunberg denunció está semana que Donald Trump está asfixiando a Cuba, cuando ella nunca se había pronunciado sobre el hambre y la represión sufrida por el pueblo de la isla durante más de medio siglo de castrismo. Es previsible que Sánchez comparta pronto alguna declaración similar: son la cara y cruz de la misma moneda, una institucional y otra militante, aunque Greta no ha estado nunca cerca de ningún caso de corrupción. Incluso denunció el exceso de protagonismo de algunos miembros de flotilla a Gaza. Eso les distingue: ella parece más honrada y madura que nuestro presidente.
Fuente: La Razón












