La crítica social de la Iglesia y el voluntarismo: un plato tan típico como el locro y los pastelitos

Una vez más, la homilía del 25 de mayo fue una oportunidad para la Iglesia y su mensaje con la tradicional crítica social. Sin embargo, como de costumbre, el discurso estuvo plagado de voluntarismo retórico. (X)
Marcelo Duclos.- Todos los 25 de mayo tienen sus denominadores comunes que le dan el clásico color a las fiestas nacionales. El aniversario del primer gobierno patrio viene de la mano de la escarapela, el locro y los pastelitos, que tienen su propia grieta: batata versus membrillo. Pero las costumbres argentinas, como diría Andrés Calamaro, tienen otros condimentos recurrentes del feriado, como la crítica de la Iglesia católica al gobierno de turno, desde la perspectiva «social».
Cuando llega el momento del Tedeum en la Catedral porteña, el presidente se sienta entre el púlpito y el resto de los asistentes para que el religioso lo rete por varios minutos con sutilezas e indirectas. En varias oportunidades, el peronismo decidió escaparle a la situación. El primero fue el mismo Juan Domingo Perón, en 1955, en medio del enfrentamiento con la Iglesia. Néstor y Cristina Kirchner también se escaparon de Jorge Bergoglio, rompiendo la larga tradición nacional. CFK recién retornó a la Catedral cuando Francisco llegó al Vaticano, en el marco de la reescritura del pasado reciente, cuando decidieron cambiar de la noche a la mañana la vinculación con el flamante papa argentino.
La historia argentina tiene también un curioso episodio en el marco de este vínculo tirante entre Gobierno e Iglesia durante una homilía del 2 de abril (aniversario de Malvinas) de 1987. «Digamos no y vivamos este no; no al predominio de lo sectorial o al egoísta ‘no te metas’, no a la delincuencia, no a la patotería, a la coima, al negociado, a la injusticia; no a la disgregación, a la antisocial emigración, a la decadencia, a la drogadicción, a la destrucción de la identidad nacional», dijo en aquella oportunidad el obispo José Miguel Medina. Sin embargo, el religioso terminó pasando un momento incómodo. El entonces presidente Raúl Alfonsín pidió la palabra en la capilla Stella Maris y le solicitó a Medina, como al resto de los presentes, que si tenían pruebas de alguna coima o negociado lo manifestaran en voz alta, con todas las letras y sin eufemismos.
Ayer, en la Catedral porteña, Jorge García Cuerva –de simpatía histórica con ciertos elementos del kirchnerismo– no hizo ninguna acusación concreta, ni crítica directa a ninguna política pública. Se mantuvo en lo conceptual, pero llenó su homilía de lugares comunes, que no hacen otra cosa que empantanar el camino a los mismos fines nobles que el religioso pareciera pretender alcanzar.
Repasemos algunas de las ideas que tuvo que escuchar en silencio Javier Milei, que está haciendo todo lo humanamente posible para revertir el camino de la decadencia que dejaron los políticos con los que simpatiza García Cuerva:
«Nadie es descartable, nadie es desechable, todos somos importantes, comenzando por los abuelos, los niños, los enfermos, las personas con discapacidad, los adolescentes y jóvenes atravesados por la droga, los trabajadores informales y precarizados, y tantos más».
«Hoy también muchos hermanos experimentan estar paralizados en sus esperanzas, en sus oportunidades, en su dignidad. Desde hace muchos años se sienten postrados, tirados al borde del camino de la vida, y ya no tienen fuerzas para seguir, no pueden sostenerse en sus derechos tan postergados».
“El individualismo rompe los vínculos de fraternidad y descompone a la Nación”.
“Terminamos siendo solo una suma de individuos en un mismo territorio donde cada uno piensa en sí mismo y en el propio bienestar”.
«Nadie se salva solo».
En resumidas cuentas, del discurso del religioso se desprende una supuesta preocupación por el prójimo, sobre todo por los más vulnerables. Evitando cualquier mención a los caminos abordables para solucionar la problemática que menciona, García Cuerva apeló reiteradas veces al «bien común», al que contrapone por default a un individualismo, supuestamente vicioso.
Superficialmente, estas presentaciones suelen naufragar en las aguas del voluntarismo. Sin embargo, la exaltación de estas ideas no tienen un efecto neutral. Las mismas son recogidas para los que proponen la solución a los eventuales problemas del individualismo con el colectivismo, lógicamente usando al Estado como herramienta. Aunque estas homilías son discursos unilaterales, a los que no se le puede preguntar o repreguntar nada, cuando los partidarios de estas ideas son confrontados por un interlocutor, siempre se apela a lo mismo: al «rol del Estado».
El flagelo de la pobreza, que genera millones de excluidos, no puede ser abordado desde la lógica voluntarista. Hacerlo, no solamente hace caer en un saco roto los esfuerzos para revertir la situación, sino que genera una casta de privilegiados, exactamente lo que el religioso cuestionó ayer desde la Catedral.
García Cuerva debería saber que los recursos económicos son necesariamente escasos. Por lo tanto, si considera que los discapacitados que sufren necesidades y precisan asistencia deben contar con las más eficientes redes de contención social, para empezar, hay que desterrar la idea de que las gubernamentales deben o pueden ser las únicas. Las sociedades más ricas cuentan con mecanismos de asistencia privados eficientes. Claro que para eso no hay que atentar contra el individualismo, sino todo lo contrario. Sobre las herramientas redistributivas estatales también hay que tener en cuenta dos cuestiones relevantes: la primera, que la recaudación fiscal que va a permitir los planes de asistencia requiere sociedades productivas; la segunda, que los recursos vayan adonde tienen que ir. Esta es la contracara necesaria para que no vayan adonde no tienen que ir. Léase, empresas del Estado, burocracia, etc. El Ministerio de Capital Humano, en la actualidad, viene desarrollando una importante tarea con respecto a la mejora de la asignación de los recursos públicos. García Cuerva no mencionó nada al respecto.
¿Quién quiere que «los abuelos» sufran padecimientos, como los que muchos transitan desde hace décadas? Pero, ¿de qué vale rasgarse las vestiduras si no se dice nada cuando se explota el sistema, agregando irresponsablemente jubilados sin aportes? El mandamiento de «no robarás» debería aplicarse para el ladrón privado, pero también para el «público». Si la Iglesia consideraba en su momento que era necesario colaborar con la situación de muchos abuelos que no realizaron aportes (ya sea por imprudencia o por razones de fuerza mayor que les impidió hacerlo), debía proponer soluciones responsables al debate público, de la misma manera que lo hace con sus «críticas sociales». Sin embargo, miró para otro lado con lo que no fue otra cosa más que un robo institucionalizado. Algo que, si uno se pone medianamente criterioso y analítico, no puede dejar de categorizar como un robo. De guante blanco, pero robo al fin.
Siguiendo con la preocupación de los abuelos y los más necesitados, ¿qué dijeron Jorge García Cuerva y la Iglesia con el otro robo institucionalizado de la manipulación monetaria, a la que se apelaba después de los desastres del déficit fiscal permanente? Como no se dijo nada mientras se multiplicaba exponencialmente la base monetaria, tampoco se dijo cuando se solucionó el problema de raíz, terminando con el déficit fiscal y cuasi fiscal.
Velar por los excluidos requiere inclusión. No limosna redistributiva. Incluir a los que están fuera del sistema requiere flexibilizarlo lo máximo posible. No para que un empresario duplique o triplique sus ingresos (lo que no tiene nada de malo, ya que con eso pagará más impuestos y podrá colaborar también con el prójimo), sino para que el desempleado pueda ganarse la vida. El problema es que cuando se logran impulsar medidas como la de modernización laboral, la Iglesia y muchos de sus representantes guardan silencio o directamente boicotean las iniciativas.
Pocas ideas han sido tan nocivas para las sociedades y su bienestar como la demonización del individualismo, que, como dijimos, tiene en el colectivismo y el Estatismo su contracara necesaria. Individuos autónomos y realizados, que velan por su bien y el de su familia, no necesariamente se traducen en personas apáticas, incapaces de mirar al prójimo. Sin embargo, las personas que no pueden realizarse económicamente y quedan sumidas en la pobreza, no cuentan con las herramientas para poder ayudar a nadie. Desafortunadamente, existe una romantización de la pobreza que no ha hecho otra cosa que empoderar a políticos demagogos que han sumergido a las sociedades en círculos viciosos de malas políticas y desastres económicos.
Las problemáticas existen, pero requieren soluciones concretas. Alguien bien podría decir que no es el rol de la Iglesia proponer políticas públicas para revertir la situación. Sin embargo, tampoco debería ser sugerir sutilmente soluciones equivocadas, para que sean tomadas por los políticos que generan las consecuencias que después terminan indignando a los religiosos con «compromiso social».











