Los argentinos no pueden dar lecciones sobre las Malvinas: respaldaron a un dictador alcohólico que llevó al país a una guerra absurda

El dictador alcohólico Galtieri recibiendo el apoyo de una multitud de argentinos tras invadir las Malvinas.
A7.- Hay países que aprenden de su historia y hay otros que la manipulan. Cada vez que desde determinados sectores argentinos se vuelve a agitar la guerra de las Malvinas como si hubiera sido una gesta heroica, conviene recordar una verdad incómoda: han convertido en una ofensa a todo un país cualquier referencia a la guerra que perdieron en las Malvinas, cuando fueron ellos los que se echaron en brazos de un dictador alcohólico apoyando una ofensiva militar que no tenían posibilidad alguna de ganar.
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En abril de 1982, Argentina no era una democracia. Se trataba de una dictadura militar responsable de gravísimas violaciones de los derechos humanos, con una economía hundida, una inflación descontrolada y un creciente rechazo social. Ante un país al borde del colapso, el general Leopoldo Fortunato Galtieri recurrió al recurso más viejo del populismo autoritario: fabricar un enemigo exterior para intentar salvar un régimen que se desmoronaba.
La derrota argentinas en las Malvinas no fue fruto de una injusticia histórica aislada, sino de una decisión temeraria de un régimen infame que utilizó el nacionalismo para aferrarse al poder. Recordar ese fracaso es reconocer las consecuencias de haber apoyado una guerra que nunca debió librarse, no una falta de respeto. En ese sentido, la responsabilidad de la humillante derrota a manos de unos de los ejércitos más cualificados del mundo fue de los propios argentinos, no de los ingleses
La invasión de las Malvinas no fue un gesto romántico ni una epopeya nacional. Fue una torpe y patética operación militar para ocupar por la fuerza un territorio administrado por el Reino Unido, cuya soberanía estaba y sigue estando en disputa. En lugar de defender la reivindicación por vías diplomáticas, la junta militar argentina decidió cambiar las negociaciones por los fusiles.
¿De verdad alguien creyó que aquella aventura podía terminar bien? ¿Pensaban seriamente que una junta militar arruinada podía derrotar a una de las mayores potencias militares y navales del planeta? Era una ilusión irresponsable desde el primer día.
Los verdaderos responsables de la tragedia no fueron aquellos jóvenes conscriptos enviados al frente, muchos de ellos con una preparación insuficiente y en condiciones muy duras. Los responsables fueron quienes los utilizaron como carne de cañón para intentar prolongar unos meses más la agonía de un régimen dictatorial.
Cada soldado argentino muerto en las islas es, antes que nada, víctima de la irresponsabilidad criminal de la junta militar. Fueron Galtieri y sus generales quienes los empujaron a una guerra que jamás estuvieron en condiciones de ganar. Ningún discurso patriótico puede borrar esa realidad.
Resulta llamativo que algunos sigan presentando a Galtieri como un símbolo nacional cuando la historia demuestra exactamente lo contrario. Su legado no fue la recuperación de unas islas. Fue una derrota militar, centenares de muertos, miles de heridos y el derrumbe definitivo de una dictadura que ya estaba moral y políticamente quebrada.
Quienes hoy convierten aquella invasión en motivo de orgullo deberían preguntarse cómo reaccionaría su propio país si otro Estado desembarcara tropas en un territorio bajo su administración. La respuesta la conoce perfectamente España.
En 2002, soldados marroquíes ocuparon el islote de Perejil. El Gobierno español respondió con una operación militar limitada y proporcionada para restablecer la situación anterior. Nadie calificó esa respuesta de imperialismo. Se trató de recuperar el control efectivo de un territorio cuya ocupación había alterado el statu quo. Cualquier Estado con capacidad para hacerlo habría actuado de forma similar.
Eso es precisamente lo que hizo el Reino Unido en 1982. Ante una invasión militar de un territorio que administraba, respondió con sus Fuerzas Armadas para recuperarlo. Se podrá debatir durante décadas sobre la soberanía última de las Malvinas, pero resulta mucho más difícil discutir un hecho elemental: quien introdujo la guerra fue quien decidió iniciar una invasión.
Las reivindicaciones territoriales se defienden con diplomacia, negociación y derecho internacional; si se sustituyen esos instrumentos por una operación militar, las consecuencias dejan de ser una sorpresa para convertirse en una responsabilidad.
La memoria de los caídos merece respeto, precisamente porque fueron enviados a combatir por dirigentes que utilizaron el patriotismo como herramienta de supervivencia política. Honrar a aquellos jóvenes exige decir la verdad, no repetir consignas.
Las Malvinas seguirán siendo objeto de un desacuerdo internacional. Lo que no debería seguir siendo objeto de discusión es quién provocó aquella guerra. No fue un accidente histórico, ni tampoco una reacción inevitable. Fue la decisión consciente de una dictadura que, incapaz de gobernar un país en ruinas, apostó por una aventura militar para ocultar su propio fracaso.
La conversión de esa decisión en una hazaña nacional no engrandece la historia de Argentina. La distorsiona. Así que cuando un país prefiere el mito a los hechos, corre el riesgo de repetir los mismos errores que tanto costaron en vidas humanas.











