¿De qué presumen estos ‘hambrientinos’?
La mayoría de países europeos construyen su autoestima sobre sus logros. Hay otros sin embargo que la construyen sobre una realidad virtual. Argentina pertenece, desde hace demasiado tiempo, a la segunda categoría.
Pocos lugares del mundo han recibido tantos regalos de la geografía. Tierras fértiles, agua en abundancia, enormes reservas energéticas, minerales estratégicos y un potencial agrícola capaz de alimentar a cientos de millones de personas. Europa daría cualquier cosa por disponer de una fracción de esos recursos.
Y, sin embargo, la realidad es demoledora. Décadas de inflación crónica, episodios de hiperinflación, devaluaciones interminables, pobreza creciente, corrupción estructural y una sucesión de gobiernos incapaces de convertir semejante riqueza en prosperidad para sus ciudadanos. Un país que lo tenía casi todo y que, generación tras generación, ha ido desperdiciando sus oportunidades.
Argentina ha convertido el fútbol en anestesia nacional. Hay países que construyen universidades. Otros levantan industrias. Algunos invierten en ciencia, tecnología o instituciones sólidas. Y luego están aquellos cuyos gobernantes, desde la época del dictador Videla y el Mundial fraudulento del 78, han descubierto un recurso mucho más barato: el fútbol.
Cuando falta el pan, se exhibe un gol; cuando la inflación devora salarios, se organizan caravanas; cuando los hospitales se caen a pedazos, los estadios brillan como catedrales modernas. La victoria deportiva se convierte en la única política pública capaz de producir sonrisas.
No es casualidad. El fútbol no crea pobreza, pero sí puede servir para ocultarla. En Argentina es el sedante perfecto. Durante noventa minutos desaparecen el desempleo, la corrupción, la inseguridad y las promesas incumplidas. La camiseta nacional tapa las grietas de un Estado incapaz de ofrecer prosperidad.
Las élites lo saben. Mientras millones discuten alineaciones, nadie pregunta por los presupuestos; mientras se celebra un campeonato, las reformas impopulares pasan casi inadvertidas. La pasión por el fútbol termina funcionando como una gigantesca cortina de humo.
El problema no es el fútbol, sino convertirlo en sustituto de un proyecto de país. Un título no alimenta a un niño, un gol no reduce la pobreza, un campeonato no construye carreteras, escuelas ni hospitales. La euforia dura unos días; las carencias permanecen durante décadas.
Los pueblos merecen mucho más que una selección competitiva. Merecen gobiernos competentes y oportunidades reales, no emociones prestadas cada cuatro años.
Da igual lo que se escriba. Los argentinos no van a cambiar nunca. Durante años idolatraron a un cocainómano satánico al que elevaron a literalmente a los altares. A los argentinos les da igual que cuando el silbato final suena y las cámaras se apagan, la realidad vuelve con toda su crudeza. Los argentinos prefieren un título de fútbol que llenar una nevera vacía o recuperar la dignidad que una mala gestión ha arrebatado.
El verdadero triunfo de una nación nunca debería medirse por las estrellas bordadas en una camiseta, sino por la calidad de vida de quienes la visten cada día.
Lo más sorprendente no es el fracaso económico, sino que ese fracaso convive con un discurso permanente de excepcionalidad. Como si el prestigio internacional pudiera sostenerse únicamente con una ridícula autoestima. Como si el pasado bastara para ocultar el presente.
En ese contexto, el problema aparece cuando el fútbol deja de ser un motivo legítimo de orgullo para convertirse en el principal refugio de una identidad nacional que ya encuentra pocas razones de satisfacción en otros ámbitos.
Si cualquier país europeo dispusiera de los recursos naturales que tiene Argentina, se convertiría en una de las principales naciones del siglo XXI. El problema es que los argentinos son incorregibles y mientras continúen refugiándose en mitos de grandeza y amparándose en el fútbol para evitar enfrentarse al presente, seguirá viviendo una paradoja: un gigante por recursos y un país que aún no ha conseguido traducir ese potencial en bienestar para la mayoría de su población.
El orgullo es una virtud cuando nace de los hechos. Cuando sobrevive únicamente gracias a los éxitos deportivos, corre el riesgo de convertirse en un ridículo espejismo.











