La “fascinación” de Pedro Sánchez por Marruecos se remonta a su infancia, en que soñaba con la vuelta del Islam a la península
Karim Serraj.- De niño, Pedro Sánchez soñaba con Marruecos y miraba hacia el sur: hacia el estrecho que separa y une a la vez, hacia esa memoria española escrita también en árabe, en exilios y retornos. De adulto, abrazaría el “regeneracionismo”, un movimiento intelectual clandestino que abogaba por el retorno del islam, interrumpido en 1492 por la Reconquista. Detrás de los gestos diplomáticos del presidente del Gobierno, Marruecos no es solo una cuestión de política, sino una clave para comprender la historia, la identidad y una experiencia profundamente personal. Retrato de un “moro·, afirma un artículo publicado por el influyente digitsal msrroquí Le360, firmado por Karim Serraj.
Pedro Sánchez nació en 1972 en Madrid, en el barrio obrero de Tetuán , cuyo nombre, para el niño, ya le ofrecía un atisbo de un mundo más allá. Los edificios se apiñaban como hombros contra el viento seco de la meseta. En las calles, la historia de las tropas españolas que regresaban de Marruecos a finales del siglo XIX, de las familias que se instalaron en la capital con maletas cargadas de fotografías, telas y perfumes, aún se contaba a retazos . En la imaginación del joven Pedro, Madrid terminaba de repente al borde de un dique seco, y más allá comenzaba una tierra de luz, hecha de murallas y siluetas. Incluso antes de aprender historia, residía en su memoria.
De adolescente, a veces bromeaba diciendo que era “moro”, como si inventara una ascendencia ficticia para combatir el aburrimiento de la realidad; nunca quedó del todo claro si estaba reciclando la ironía del barrio o si ya intuía, en el mero acto de hablar, el poder de los símbolos. Tenía la intuición de que las identidades nunca son puras, que las genealogías oficiales son algo engañosas y que los pueblos, como los individuos, llevan signos que no siempre saben interpretar. En definitiva, era una forma de admitir que una conexión antigua, oscura, subterránea, casi física con ese mundo morisco, que en España nunca es realmente cosa del pasado, seguía resonando en su interior.
Esta sensibilidad explica el tono particular de su trayectoria vital. Más tarde, siendo estudiante, se unió a un movimiento intelectual clandestino surgido a principios del siglo XX : el “regeneracionismo”, una doctrina que se extendió por España y Portugal como una semilla llevada por el viento, y de la que aún sobrevive una especie de escuela, aunque discretamente. Lejos de ser una camarilla bulliciosa, era más bien una sociedad de ideas que practicaba una forma de aprendizaje, donde una manera de comprender el país se transmitía de generación en generación, subraya.
A la sombra de los partidos políticos, esta hermandad independiente reunió a intelectuales, altos funcionarios y estadistas. Entre ellos se encontraban Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, quienes en su momento fueron llamados a liderar España y que, dentro del PSOE, fueron mentores y patrocinadores de Pedro Sánchez.
En el centro de esta corriente subyace una idea clara, casi sacrílega, que resquebraja la narrativa nacional: la Reconquista —esa larga reconquista culminada en 1492— no cerró un paréntesis de influencia extranjera, sino que truncó el verdadero impulso de España. Una trayectoria que se originó en el Marruecos medieval, una cultura de saber y fusión cultural, donde las religiones convivían como lenguas en la misma calle, y que de repente quedó aislada.
En esta interpretación, el período musulmán no es un retorno accidental de Oriente a Europa, sino una edad de oro interrumpida. El conocimiento circula, las creencias se entrelazan, los alfabetos dialogan y se inventa una cultura urbana extraordinariamente fértil. Al-Ándalus se convierte entonces en un paraíso perdido y una herida que se resiste a cicatrizar. Lo que España supuestamente expulsó al expulsar a los musulmanes no fue meramente poder; fue una parte de sí misma, arrancada como una página de un libro, dejando la herida como prueba, aagrega.
La península ibérica se ha sumido en el retraso , como una lenta niebla que se cierne sobre sus hijos. Andalucía, en particular, se presenta como una tierra cuyo impulso se ha desvanecido: despoblada de sus moros, privada de artesanos, agrónomos y eruditos, ha visto quebrado el ímpetu que, durante un tiempo, la elevó por encima de las regiones del norte de España e incluso de la propia Europa. Para Pedro Sánchez y los regeneracionistas, la Reconquista y su fervor bélico no solo reconquistaron ciudades: paralizaron la entrada de España en la modernidad y destrozaron, como una cuerda de arco tensada, su curva demográfica natural.
Pedro Sánchez llevó esta visión del pasado al corazón del poder. Desde La Moncloa, residencia y centro neurálgico del gobierno, le dio forma, casi como si fuera un decorado escénico. Bajo su liderazgo, la sede oficial se convirtió en algo más que un puesto de mando: un teatro donde se ponía a prueba una determinada idea de España. Una España que, más que nunca, regularizaba y acogía la inmigración marroquí; una España que avanzaba hacia un futuro pluralista, liberándose del yugo de los reflejos católicos que durante mucho tiempo le habían servido de brújula y espejo.
Según las declaraciones recogidas por la prensa, el objetivo es reparar simbólicamente las “rupturas” de la historia mediante gestos de integración de los musulmanes largamente excluidos, regenerar España devolviéndola al camino de su antiguo destino: dejar que el mestizaje vuelva a hacer su trabajo, devolver a las religiones su circulación interrumpida, rehabilitar la parte morisca de la que el país fue amputado.
Insiste en que la nación debe recordar: no en el sentido de conmemorar, sino en el de redescubrir. De ahí sus numerosos gestos hacia la comunidad musulmana; y Madrid, transformada en un foro de diálogo con el islam español, mediante visitas y acuerdos con países musulmanes, a diferencia de cualquier presidente anterior. Lo repite obstinadamente, como una frase mágica: “España debe recordar su pasado musulmán” .
Quizás el gesto más impactante fue su investidura: el primer jefe de gobierno español en jurar el cargo sin Biblia ni crucifijo. El momento fue significativo porque no fue una provocación, sino un acto fundacional, casi silencioso, como el de colocar una piedra angular. Sánchez ya plasmaba en él lo que intentaría: que el Estado no se basara en una sola fe, sino que abriera un espacio donde todas las creencias pudieran convivir. De ahí su deseo de eliminar la religión católica de las escuelas públicas. Al despojarse del pasado, esbozó todo un programa. Una España completamente laica, sí; pero un laicismo que no fuera un páramo. Un laicismo de hospitalidad. Un laicismo de convivencia, no de aniquilación.
Antes de Pedro Sánchez, estuvo José Luis Rodríguez Zapatero (2004-2011), el artífice de la “Alianza de Civilizaciones”, convencido de que un puente es más firme que un muro, incluso en medio de la furia. En 2005, intentó una hazaña singular: unirse a la Liga Árabe y pronunciar un apasionado discurso sobre la herencia morisca que yace latente en cada español. En Madrid, fue aplaudido y ridiculizado a partes iguales. Para algunos, le dio al país una voz más auténtica; para otros, confundió la diplomacia con la ilusión. Los regeneracionistas, por su parte, vieron en ello una verdad evidente: el Sur no es un vecino, es un espejo.
Felipe González, por su parte, poseía el romanticismo de los grandes realistas: un toque de misterio en su enfoque y una manera de guardar silencio para dejar que el mar hablara. De origen andaluz, amaba Tánger en su vida privada, sus cafés con su calculada lentitud, sus hoteles frente al Atlántico, en particular el Mirage, cerca de las Cuevas de Hércules. Allí podía pasar horas, con un libro de historia en la mano, contemplando el estrecho como quien reflexiona sobre una frase aún sin comprender. A sus seres queridos, a veces susurraba: “Me siento marroquí”. Bajo su gobierno (1982-1996), España finalmente se abrió a su minoría musulmana; en 1992, en Granada, los acuerdos estatales reconocieron la organización del culto islámico, un gesto tanto político como de memoria, justo en el momento en que se conmemoraban los quinientos años de la Reconquista y cuando la herida de 1492 se reabrió inevitablemente. González fue también un pionero en el establecimiento de una inmigración marroquí que, desde entonces, no ha dejado de tejer sus vínculos con las ciudades españolas, puntada a puntada, como un hilo que vuelve a su trama.
Para comprender a Pedro Sánchez, sin duda hay que volver a ese punto fijo que lo cambió todo: Marruecos. No Marruecos como cuestión diplomática, vecino exigente, socio, fuente de equilibrio e intereses mutuos. Sino Marruecos como presencia interior, hilo conductor íntimo, horizonte de significado. Este país ocupa un lugar singular, casi iniciático, en su imaginación. Le ofrece una interpretación distinta de España, una profundidad como una cámara secreta, un origen digresivo. En Tánger, en Marrakech, a menudo con su familia, regresaba como quien regresa a un manantial, siguiendo las huellas de al-Ándalus, no en busca de ruinas, sino de continuidad: prueba de que la historia nunca es lineal, y que entre dos orillas, a veces, un recuerdo basta para construir un puente.
Por eso, esta fascinación ilumina toda la trayectoria. El barrio de Tetuán, los mapas de la infancia, la filiación regeneradora, la reinterpretación de la Reconquista, la nostalgia por al-Ándalus, los gestos seculares de la Moncloa, la atención al diálogo con el islam español: todo converge, todo insiste, como una misma frase repetida hasta volverse evidente.
En esta visión, España no se concibe a sí misma ni en oposición a Marruecos ni aislada de él. Se comprende también a través de Marruecos, como quien lee, al otro lado del río, el reflejo de su propia historia. Marruecos no es tanto un lugar lejano como un reflejo donde España vislumbra lo que ha perdido, lo que teme, pero también lo que podría volver a ser: un país con un futuro más seguro por estar menos aferrado a un único origen. Marruecos permite una relectura de la historia española como una narrativa inconclusa, el reposicionamiento de sus héroes, la reapertura de sus puertas cerradas. En última instancia, lo que este hombre persigue, más allá de las concesiones del poder y los cálculos políticos, es una reconciliación entre España y su pasado. Y el Reino de Marruecos es la pieza que falta, concluye.
Artículo publicado en La Razón












