El PSOE fracasa en el intento de reactivar el papel de un Vox a la baja como elemento de presión al Partido Popùlar en Andalucía
Este es el diagnóstico con el que en Moncloa arrancan la campaña andaluza: el escenario está «complicado» (para la candidata socialista, María Jesús Montero); el candidato popular, Juanma Moreno, está asentado; y Vox, «en descenso». La partida no la juegan en términos de victoria o derrota, sino en función de cuánto puede amortiguar el PSOE el golpe, y las señales que salen del Tribunal Supremo, donde se juzga el «caso mascarillas», complican aún más el marco. En plena campaña, con encuestas en contra, y con una candidata que necesita ampliar su base electoral, el PSOE sabe que el daño se puede estar multiplicando, y en lo que andan es en ver si encuentran la fórmula para movilizar el voto de la abstención.
El principal problema para Moncloa es que el presidente andaluz es una figura institucional consolidada «Su perfil moderado, su capacidad para atraer voto de centro y la ausencia de grandes conflictos han generado un clima en el que no hay margen para la alternativa», reconocen fuentes socialistas, con una mezcla de resignación y realismo.
Durante meses, la estrategia del PSOE –y del propio Gobierno– ha pasado por intentar abrir grietas en el bloque de la derecha, y uno de los movimientos más evidentes ha sido tratar de colaborar en la reactivación del papel de Vox como elemento de presión. Pero el tufillo de la corrupción que se juzga en el Supremo está sirviendo para consolidar, al menos hasta el momento actual, los datos que manejan en Moncloa y que apuntan a un Vox estancado o incluso a la baja respecto a las últimas autonómicas. Los estudios que Tezanos vende al presidente como consultor privado, pero utilizando dinero público, dejan una foto en la que Santiago Abascal, lejos de convertirse en un actor que condicione a Juanma Moreno, muestra síntomas de una debilidad que refuerza, precisamente, la posición del presidente andaluz. Que hoy sigue en condiciones de aspirar a gobernar en solitario sin necesidad de acuerdos incómodos.
Esta constatación desmonta, por cierto, uno de los pilares clásicos de la movilización de la izquierda. Sin amenaza visible, sin riesgo de dependencia de la ultraderecha, la campaña pierde tensión. Y sin tensión, la participación se resiente, segunda derivada del análisis que manejan en el cuadro de mando de Moncloa: la abstención como única variable que todavía puede influir algo en el resultado final de las elecciones.
Ahora bien, el PSOE no se enfrenta tanto al reto de activar voto propio como de evitar una movilización general que amplifique la ventaja del PP. O, dicho de otra manera, el objetivo no es dar la vuelta al marcador, sino impedir que se dispare en su contra. «Si vota mucha gente, a Moreno le va mejor», sintetizan fuentes gubernamentales.
El PSOE intenta, mientras tanto, cambiar el eje de la campaña hacia los servicios públicos, especialmente la sanidad. María Jesús Montero mantendrá ahí, durante estas dos semanas, su principal línea de ataque, buscando conectar con el malestar cotidiano de los ciudadanos. Sin embargo, en Moncloa saben que ese enfoque no será suficiente para cambiar las inercias.
Por otra parte, las revelaciones del caso Koldo y las acusaciones cruzadas con Aldama están introduciendo un ruido nada positivo para los intereses socialistas en un momento especialmente delicado. Aunque no haya consecuencias judiciales inmediatas, el impacto político es innegable en una comunidad donde el PSOE arrastra el recuerdo de los escándalos del pasado. «Cualquier sombra de duda sobre redes o intermediarios añade dificultad a la campaña, y los mensajes de Madrid no corrigen esta debilidad porque no tienen credibilidad», sentencian en Sevilla.
Moreno, por su parte, mantendrá hasta la jornada electoral su estrategia de bajo riesgo. No quiere agitar el tablero ni que nadie se lo agite, y todos los esfuerzos los dirigirá a consolidar la imagen de estabilidad, evitar errores y dejar que la campaña avance bajo la lógica de continuidad. Su mayor activo, ahora mismo, es la demanda de que Andalucía necesita seguir funcionando sin sobresaltos.
En este contexto, la implicación de figuras, como la del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, busca, precisamente, reactivar emocionalmente al electorado progresista y dar mayor peso político a la candidatura de Montero. Pero también refleja una realidad incómoda, y que es un clamor dentro del PSOE andaluz: la necesidad de apoyos externos por parte de su candidata para compensar una profunda debilidad estructural.
En todo caso, la campaña ha empezado con un horizonte claro, no ya según la propaganda popular, sino de acuerdo con el diagnóstico interno que manejan los socialistas, aunque luego lo cubran con los clásicos mantras electorales de partido para poner sordina a la crisis: Moreno está muy consolidado, Vox no actúa como factor de incertidumbre y el PSOE carece de una palanca para revertir la situación.
Los socialistas están movilizando todos sus recursos para resistir porque saben que una victoria amplia de Moreno reforzará el relato de un cambio de ciclo político y aumentará la presión sobre el Gobierno.












