Y Silvia Intxaurrondo hablando del novio de Ayuso
Hay silencios que dicen más que cualquier editorial. Y el de Silvia Intxaurrondo ante los episodios más turbios y controvertidos del sanchismo se ha convertido, para una parte creciente de la audiencia, en el ejemplo más claro de un periodismo que ha renunciado a su función esencial: vigilar al poder sin miedo y sin favores.
Resulta imposible ignorarlo. Cada vez que surge un escándalo político relevante, cada vez que la ciudadanía espera una entrevista incisiva a un ministro o un alto cargo, Intxaurrondo opta por la senda cómoda: preguntas superficiales, repreguntas inexistentes y un clima que parece pensado para no despeinar al entrevistado.
El espectador, mientras tanto, observa una escena que debería avergonzar a cualquier profesional: la sustitución del control democrático por una conversación casi cómplice.
No se trata de un error puntual, sino de un patrón. Un modo de trabajar donde la crítica se dosifica, la presión desaparece y la voluntad de esclarecer temas incómodos se evapora.
El mensaje que transmite es devastador: cuando el Gobierno habla, Intxaurrondo escucha; cuando debería repreguntar, sonríe; cuando toca incomodar, retrocede y habla del novio de Ayuso.
El periodismo de esta miserable es un escarnio para el más estricto sentido de la decencia. Mientras el país estalla ante la corrupción sistémica del sanchismo, ante la miríada de casos de acoso sexual por altos cargos socialistas, ante el latrocinio de algunos de los hombres de confianza de Sánchez, Intxaurrondo desvía la mirada y solo tiene ojos para el novio de Ayuso. Esta nauseabunda activista de las cloacas no siente la necesidad de que la mafia gubernativa rinda cuentas. Lo suyo es blanquear la corrupción del Gobierno, estafando así a los millones de contribuyentes que pagan su millonario salario en la televisión pública.
Silvia Intxaurrondo no solo ha renunciado al más mínimo decoro profesional. También ha renunciado a la dignidad y a la decencia. Su mera presencia en televisión provoca asco y arcadas.













Esta pseudo periodista, vive en aguas fecales.