Ha ocurrido algo muy importante en La Maestranza y nos lo cuenta Manuel Recio Abad
Manuel Recio Abad.– Hay tardes en las que el toro pone los cimientos y el torero levanta la catedral, y esta tarde en Sevilla ocurrió exactamente eso. Borja Domecq trajo a la Maestranza una corrida de Jandilla a la altura de lo que se esperaba de ella, bien presentada, variada de capas, armoniosa de hechuras, enrazada, noble y con clase, una corrida de toros de verdad, con movilidad, transmisión y matices, en la que hubo ejemplares distintos pero un denominador común: la posibilidad de hacer el toreo. Y eso merece decirse antes que ninguna otra cosa. Hubo toros, toros que humillaron, que repitieron, que tuvieron fijeza y recorrido, que exigieron saber estar delante de ellos y que permitieron que una terna de máxima categoría ofreciera una gran tarde. Borja Domecq puede marcharse satisfecho de Sevilla porque los Jandillas estuvieron a la altura de su nombre y de la plaza.
La Maestranza había colgado el «No hay billetes» y Emilio de Justo, Roca Rey y Pablo Aguado componían un cartel de enorme interés. Emilio salió dispuesto a no dejarse ganar la pelea por nadie y lo demostró desde el recibo a Zaiteku, número 87, primero de la tarde, donde sufrió una fea voltereta al intentar lancearlo con una mano, se levantó y continuó como si aquello no hubiera ocurrido. Con la izquierda encontró momentos importantes, asentado y firme, y cuando pasó a la derecha encontró mayor codicia en el toro. Emilio estuvo siempre dispuesto, sin volver la cara, apostando, y cortó una oreja. Con Zurrador, número 36, cuarto de la tarde, volvió a dar el máximo, supo darle tiempo, medir las distancias y recoger mejor las embestidas cuando comprendió lo que el toro necesitaba, dejando tandas importantes con la derecha antes de que el animal buscara tablas y la faena perdiera posibilidades. Quedó, en cualquier caso, la sensación de un torero comprometido que había venido a Sevilla a competir de verdad.
Roca Rey se encontró en segundo lugar con Birlador, número 109, un toro que tuvo fijeza, humillación y repetición. Hubo momentos buenos con la derecha, mano baja y muletazos largos, aunque el animal fue perdiendo fuerza y la faena no terminó de alcanzar la temperatura que buscaba el peruano. Todo cambiaría con Campechano, número 91, quinto de la tarde, un toro de categoría. Roca se fue a los medios, se puso de rodillas y comenzó con cambiados por la espalda, convirtiendo desde ese instante la faena en una declaración de intenciones. El Jandilla permitió torear primero con largura para llevarlo después al terreno en el que Roca Rey se ha convertido en un especialista absoluto. En su segundo subió otro peldaño en el toreo de lo imposible, ese lugar donde las distancias desaparecen, donde parece físicamente imposible que quepan juntos toro y torero y donde él permanece. Se podrá discutir su concepto, como se ha discutido siempre el de cualquier figura con personalidad, pero resulta difícil negar su extraordinaria capacidad para dominar las cercanías, mandar y conseguir que la emoción crezca cuando aparentemente ya no queda espacio para nada. Poder, valor y una seguridad asombrosa entre los pitones. Cortó una oreja y Campechano fue ovacionado en el arrastre.
Pero entonces estaba Pablo Aguado, o quizá habría que decir que estaba Sevilla, porque lo ocurrido con Iniciado, número 37, tercero de la tarde, fue algo más que una faena triunfal, fue el reencuentro de la Maestranza con una manera de entender el toreo que forma parte de su propia memoria. Aguado pertenece a esa estirpe artística de Manolo González, Pepín Martín Vázquez, Pepe Luis Vázquez y Manolo Vázquez, toreros absolutamente distintos que hablaron un mismo idioma, el de la naturalidad, el compás, la gracia sin afectación y esa dificilísima capacidad de hacer sencillo lo extraordinario. Esa es la eterna escuela sevillana y Pablo Aguado habló esa lengua ante Iniciado. El toro fue pronto, tuvo movilidad y Aguado comprendió inmediatamente sus distancias y su velocidad, y empezó a ocurrir el toreo, sin violencia, sin tirones, sin convertir cada muletazo en una demostración atlética. La figura desmayada, la muñeca gobernando, el toro persiguiendo los vuelos y una naturalidad que sólo es posible cuando detrás existe una técnica extraordinaria. Aguado fue reduciendo la embestida hasta hacerla suya y hubo series con la derecha en las que la Maestranza entró en ese silencio tan suyo, ese silencio que vale más que muchos gritos porque significa que Sevilla está viendo algo que reconoce. Después llegaron los remates, el gusto, la torería y una gran estocada. Dos orejas. Pero los trofeos explican el resultado, no explican el toreo; para explicar el toreo hay que haber estado allí.
Y todavía quedaba Peleador, número 66, sexto de la tarde, un toro de recorrido más corto pero con categoría en sus primeras embestidas, y Aguado volvió a entenderlo. No quiso hacerle lo que el toro no podía hacer, porque esa es también una de las grandes virtudes del buen torero: descubrir exactamente cuánto toreo cabe dentro de cada animal. Hubo suavidad, temple y naturalidad, especialmente dos series al natural que volvieron a detener el tiempo: la mano izquierda, el cite, el embroque y después esa forma de llevar la embestida sin que aparentemente ocurra nada mientras está ocurriendo todo. Eso es Sevilla. El final por abajo tuvo categoría de torero grande y, pese a los apuros posteriores con el descabello, la petición fue mayoritaria. Una oreja, la tercera de la tarde, y la Puerta del Príncipe.
Por segunda vez en su carrera, Pablo Aguado salió de la Maestranza por esa puerta que no conduce simplemente al Paseo de Colón, sino directamente a la historia íntima del toreo sevillano, y esta vez había razones profundas para abrirla, porque Aguado no triunfó solamente cortando tres orejas: triunfó siendo él mismo, que es bastante más difícil. En una época en la que el toreo corre el peligro de uniformarse, de repetir faenas, terrenos, recursos y finales, Aguado reivindicó la personalidad, toreó como siente, sin imitar a nadie y recordándonos, paradójicamente, a muchos. Por eso aparecieron en nuestra memoria Manolo González, Pepín Martín Vázquez, Pepe Luis y Manolo Vázquez, no porque Aguado sea ninguno de ellos, precisamente porque no lo es. La escuela sevillana nunca consistió en copiar, sino en interpretar el toreo desde una sensibilidad determinada, cada uno con su personalidad, cada uno con su misterio, y Pablo Aguado está escribiendo ya su propio capítulo.
La tarde tuvo la firmeza y entrega de Emilio de Justo, que dio el máximo y dejó grandes momentos en sus dos faenas; tuvo a un Roca Rey capaz de volver a llevar el toreo hasta esos terrenos imposibles que sólo él parece dispuesto a explorar y tuvo, sobre todo, una gran corrida de Jandilla, sin la cual nada de aquello habría sido posible. Conviene repetirlo: Borja Domecq trajo a Sevilla una corrida bien presentada, armoniosa, variada de capas, enrazada, noble y con clase, una corrida que embistió y permitió torear, una corrida digna de la Maestranza. Y cuando coinciden el toro y el torero, cuando la raza encuentra el temple, cuando desaparece el esfuerzo y queda solamente la belleza, ocurre algo que no cabe completamente en una estadística de orejas: ocurre el toreo. Esta tarde ocurrió, y Sevilla volvió a reconocerse en Pablo Aguado, porque las escuelas verdaderas no se fundan ni se clausuran, se heredan.
Resumen de la corrida:
Plaza de toros de La Real Maestranza de Caballería, Sevilla. Corrida de toros. Tercer festejo de la Feria de San Miguel 2026. Lleno de «No hay billetes». Toros de Jandilla.
* EMILIO DE JUSTO, oreja y ovación.
* ROCA REY, silencio y oreja.
* PABLO AGUADO, dos orejas y oreja.
Incidencias: Los banderilleros Agustín de Espartinas y Fernando Sánchez se desmonteraron al banderillear al quinto de la tarde, e Iván García, al sexto.











