Las contradiccciones de lujo de este progre millonario: reduce la situación de Ceuta a un simple problema de «incomodidad» para los ceutíes (Canal de Youtube de Armando Robles)
Qué fácil es hablar de la situación de Ceuta como un simple problema de «incomodidad» cuando uno observa la realidad desde la comodidad de una vida blindada de los problemas que padecen otros.
Quizá para este caradura progresista, que vive como un millonario, en un chalé y con una seguridad para millonarios, lo que ocurre en Ceuta pueda describirse con una palabra tan aséptica como «incomodidad». Para muchos ceutíes, sin embargo, estamos hablando de miedo, agresiones, amenazas, incertidumbre, presión sobre una ciudad extraordinariamente vulnerable y la sensación de que, una vez más, son ellos quienes tienen que soportar las consecuencias de problemas que otros analizan desde un plató de televisión.
Hay algo especialmente difícil de aceptar cuando quienes sermonean sobre solidaridad y compasión viven completamente alejados de las condiciones que exigen a los demás aceptar.
Usted puede defender las posiciones que quiera. Puede hablar de solidaridad, de acogida y de humanidad. Es legítimo. Pero resulta mucho más sencillo hacerlo cuando se vive detrás de una puerta segura, en un chalé peotegido y con recursos suficientes para garantizar que cualquier problema de seguridad no llegue realmente a convertirse en un problema personal.
Le pediríamos a este caradura un ejercicio de honestidad: ¿aceptaría Garzón con la misma tranquilidad que miles de personas desconocidas se concentraran alrededor de su casa? ¿Aceptaría que su familia tuviera que convivir con una situación que percibiera como insegura? ¿Renunciaría a llamar inmediatamente a sus servicios de seguridad si detectara personas merodeando en las inmediaciones de su domicilio?
Probablemente no. porque la seguridad deja de ser una abstracción cuando afecta a la puerta de tu propia casa.
Ese es precisamente el problema de determinados discursos pronunciados desde posiciones progresistas: convertir en principios universales aquello que jamás aceptaríamos experimentar personalmente en las mismas condiciones.
Los ceutíes no necesitan que desde Madrid, desde un plató o desde una mansión se les explique que lo que viven es simplemente una «incomodidad». Necesitan que se tome en serio su seguridad, su convivencia y la enorme presión que soporta una ciudad con unas características excepcionales.
Y también necesitan algo tan elemental como que quienes hablan de ellos tengan la decencia de ponerse, aunque sea por un momento, en su lugar.
La solidaridad no puede consistir en exigir sacrificios siempre a los mismos. La compasión no puede convertirse en una obligación para quien vive en la primera línea mientras quienes la predican permanecen protegidos de sus consecuencias.
Y si de verdad cree que esas condiciones son aceptables, hay una forma muy sencilla de demostrar que sus convicciones no dependen de su nivel de renta: vivir bajo las mismas condiciones que está defendiendo para los demás.
Estamos ya muy hartos de estos progres millonarios, protegidos por el estado, que relativizan de forma infame las tragedias ajenas por las que ellos nos estarían dispuestos a pasar ni un solo minuto. Porque hablar de solidaridad desde la distancia es muy fácil. Vivir sus consecuencias es otra cosa.











