La compasión, el mal de nuestro tiempo
La compasión se ha convertido en la coartada favorita de una sociedad que ya no quiere distinguir entre el bien y el mal, entre la desgracia y la responsabilidad, entre la debilidad y la virtud.
Hemos llegado al extremo de considerar sospechoso al hombre que exige y virtuoso al que se declara incapaz. Hemos construido una moral en la que sufrir concede derechos, fracasar concede excusas y sentirse ofendido concede autoridad. El dolor ya no pide ayuda: dicta sentencia.
Ésta es la gran superstición de nuestro tiempo: creer que todo sufrimiento merece reparación, que toda herida merece reconocimiento y que toda vulnerabilidad debe ser protegida de cualquier exigencia. Hemos sustituido la vieja religión del pecado por la nueva religión del agravio. Ya no preguntamos: “¿Qué has hecho?”. Preguntamos: “¿Qué te han hecho?”
Ése es el principio del desastre porque una sociedad que convierte la compasión en su virtud suprema termina produciendo exactamente aquello que pretende combatir: seres cada vez más frágiles, más susceptibles, más dependientes y menos responsables de sí mismos.
La compasión se ha convertido en una palabra blindada. Permite cerrar discusiones sin ganarlas. Basta invocarla para que el adversario tenga que justificarse. Si cuestionas una decisión, eres insensible. Si señalas una responsabilidad, eres cruel. Si estableces un límite, eres inhumano.
La compasión funciona así como una especie de silenciador moral y toda virtud que no admite límites acaba convirtiéndose en vicio. Sentir no es pensar.
Hemos cometido un error monumental: confundir la intensidad de una emoción con la verdad de una idea. Pero que algo duela no significa que sea injusto.











