Golfines, folguines y gallines. El misterio de las estrofas 374, 393 y 1051 del Libro de buen amor
Por Alberto González Fernández de Valderrama.- Dedicaremos el presente trabajo al estudio de tres enigmáticas palabras que aparecen en la obra del Arcipreste de Hita en otras tantas estrofas y con diversas variantes gráficas; palabras que durante mucho tiempo fueron objeto de exégesis por la comunidad filológica con resultados que no nos parecen satisfactorios. Los copistas que reprodujeron el texto autógrafo del poeta y los que trabajaron posteriormente sobre los ejemplares defectuosos de aquellos, en una época en la que faltaban más de cien años para el invento y la difusión de la imprenta, han sido responsables de innumerables quebraderos de cabeza que han afectado a lo largo de la historia a cuantos eruditos se enfrentaron a la labor titánica de desentrañar el significado de muchos de sus versos. En los casos que vamos a analizar hay un consenso en la comunidad filológica acerca de que las palabras “golfines”, “folguines” y “gallines” que aparecen en tres versos de la obra del poeta significan prácticamente lo mismo, sea cual sea la ortografía elegida por el amanuense de turno y ya se trate alguno de esos vocablos de una variante usual en la época o de una errata de copista. Nosotros seguiremos otro camino más audaz, conduciendo nuestra investigación por nuevos recovecos que quizás sorprendan a más de un lector.
La primera mención de uno de estos términos la encontramos en la estrofa 374. Su complejidad es tal que su análisis merecería un artículo independiente; pero nos basta en este momento con resumir su temática y analizar el primero de sus versos. La estrofa pertenece a un episodio que la crítica moderna ha bautizado con el título “la parodia de las horas canónicas”, con una gran carga peyorativa para el poeta -al que se acusa de irreverente, si no blasfemo-, y que nosotros preferimos sustituir por «la parodia de la liturgia amorosa de un dios pagano», como ya expresamos en un trabajo anterior. El Arcipreste -o su personaje-, dialogando imaginariamente con Don Amor, le reprocha su influencia perniciosa sobre aquellos a los que toma por víctimas, y para ello describe su jornada de trabajo a la manera de las «horas canónicas» en las que la Iglesia dividía el oficio divino: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. Reseñamos el primer verso en sus tres versiones, ya que nos ha llegado en los mss. G, S y T, obviando algunas abreviaturas:
Ms. G: «Rezas muy bien las oras con garçones golhynes»
Ms. T: «Rezas muy bien las oras con garçones golfines»
Ms. S: «Rezas muy byen las oras con garçones folguynes»
Comenzaremos con el estudio de la palabra “golfines”, que admitimos como original del poeta, escrita en dos variantes gráficas que también aceptamos como correctas para la época, ya que en el s. XIV no existía una norma ortográfica consolidada como la que comenzará a perfilarse tras la labor de Nebrija con su Gramática de la lengua castellana de 1492.
Todos los editores y críticos que se ocuparon en glosar o analizar este verso entendieron que “garzones golfines” eran, al menos en este contexto, el equivalente a lo que hoy podemos considerar como “jóvenes golfos” en un sentido muy amplio. Para Cejador (1913), que hace equivalentes a “golfines” y “folguines”, son ‘juerguistas’ «que todo lo echan a chacota y chocarrean de lo más sagrado». Redundando en la idea, añade, en uno de sus extensísimos e hilarantes comentarios: «el Arcipreste pretende presentarnos garzones ociosos y chocarreros, que ayudan al Amor en su rezo, como si fuera un verdadero clérigo, haciendo chocarrerías amorosas con las frases de la Escritura». Corominas (1967) , que parte del significado que las crónicas y la legislación de la época daban a los golfines como salteadores de caminos, los define para este verso como ‘maleantes, malhechores’. También con un sentido peyorativo emplea la palabra Don Juan Manuel en El conde Lucanor (1335), Exemplo XX, cuando relata la historia de un “golfín” que estafa a un codicioso rey haciéndole creer que puede fabricar oro con sus conocimientos alquímicos, a base de una sustancia misteriosa llamada “tabardíe”, para abastecerse de la cual asegura que debe marchar a un lugar muy lejano, necesitando para ello una importante financiación. El ingenuo rey se la proporciona y el timador desaparece con su fortuna dejándolo burlado. Pero si en este relato“golfín” significaba ‘pícaro, estafador’ o designaba a un antiguo salteador de caminos que quería adaptarse a una vida más cómoda y menos peligrosa, es una cuestión que no queda clara.
Respecto de la versión “folguines” del ms. S, aceptada por Joset, Blecua y Gybbon-Monnypeny entre otros editores, ya Menéndez Pidal (“Etimologías españolas”, Romania, 29, 1900) había considerado que “folguín” era un postverbal de “folgar” que a su vez derivaba del latín “follis” «lo mismo que follón, follín y folgón». Pero si bien “follón” y “folgón” derivan indirectamente de la palabra latina “follis” (‘objeto hinchable como saco o bolsa’) no podemos decir lo mismo de “follín” que deriva de “fuligo” (hollín, suciedad de humo). En definitiva, pensaba que “folguín” era la forma usada por el Arcipreste y que de ella había evolucionado, por metátesis, la voz “golfín” con su sentido despectivo: «Los golfines eran gente de mal vivir que, formando bandas de salteadores, infestaban las jaras y los montes de Castilla en los comienzos del siglo XIV, y se aplicó también el mismo nombre al bribón o truhán en general». Corominas (DCEC, 1954) rechaza su tesis por tres motivos: un salteador no es precisamente un holgazán, la forma ‘folguín’ solo aparece en el tardío ms. S de Juan Ruiz, y, además, « el sufijo –in no forma derivados postverbales (como los forma -ón): no existen palabras como *saltín, *corrín, *juguín ». No obstante, Corominas entiende que “folguín” es alteración de “golfín” por etimología popular. De esta confusión participa Blecua, para el cual los “folguines” serían «’pícaros, malhechores’» según su edición de 1983 y «‘holgazanes [alegres]’» en la de 1998. Joset (1974) y Gibbon-Monnypeny (1988), entre otros, se habían sumado ya a esta última lectura menos peyorativa del ms. S.
Aunque no podemos descartar categóricamente ese significado de “golfines” en el verso que comentamos, nos vamos a inclinar por otro de naturaleza totalmente contraria. Y es que en los siguientes de la estrofa se mencionan tres instrumentos musicales: salterio, sonajas y bocines (no “bacines”, como se lee literalmente en los manuscritos), intercalados de un modo ciertamente críptico con fragmentos de versículos de tres Salmos (119, 132 y 133 de la Vulgata). Y es que en el medievo era muy habitual que las horas canónicas se celebraran con canto coral, y en muchas catedrales, monasterios y colegiatas participaban jóvenes cantores. Por ello, nos atrevemos a sugerir que ese significado ofensivo que le han querido dar los críticos y editores al adjetivo “golfín” o “folguín” aplicado a esos “çarçones” no es el más adecuado de entre todos los posibles: el Arcipreste podía estar hablando en sentido figurado. Veamos lo que nos dice el Vocabulario español-latino de Nebrija (h. 1494): «Golfín. Lo mesmo es que delfín».
Pero, ¿tiene algún sentido que el Arcipreste pudiera llamar “delfines” a unos jóvenes miembros de un coro?… Quizás sí, debido a la fama que estos cetáceos tenían desde la antigüedad griega y latina. La fuente más antigua que relaciona a los delfines con la música se encuentra en el mito de Arión de Metimna que narra el historiador griego Heródoto (Historia, Libro I). Y aunque el relato de este escritor no fue conocido directamente en la Europa medieval occidental debido al idioma en que estaba escrito, sí lo fue a través de autores latinos como Ovidio (Fastos, II), Higinio (Fábulas, 194) y Aulio Gelio (Noches Áticas, XVI, 19), entre otros. El mito cuenta la historia de Arión, un afamado cantante y tañedor de cítara (o lira, en las versines latinas), que habiendo amasado una inmensa fortuna en Italia y Sicilia con su virtuosismo quiso regresar a su Grecia natal con sus tesoros fletando un barco gobernado por corintios en los que ingenuamente confiaba. Pero éstos, queriendo arrebatarle sus riquezas, planearon asesinarlo. Al verse perdido, Arión les suplicó que antes de arrojarse por la borda voluntariamente le dejaran deleitarlos con su música y su canto. Ellos lo aceptaron gustosos y al terminar su recital, vestido con sus mejores galas, se arrojó al mar; pero un delfín que los seguía, atraido por su dulce canto, lo salvó llevándolo a puerto sobre su lomo, donde Arión, presentándose ante el rey Periandro de Corinto, consiguió que se hiciese justicia contra sus malhechores. Aparte de este testimonio, hubo muchos otros que mencionaban esa especial afición de los delfines por la música, de los cuales reseñamos y traducimos del latín dos de los más significativos. Plinio el Viejo (siglo I) escribe «El delfín no solo es amigo del hombre sino también de la música. Se deleita mucho con la consonancia del canto y principalmente con el sonido de los órganos» (Historia Natural, libro IX, cap. 8). Por su parte, San Isidoro (ss. VI-VII) aporta un matiz que parece comparar a los delfines con los miembros de un coro: «Los delfines tienen un nombre bien definido, ya sea porque siguen las voces de los hombres, o porque acuden en grupo como si respondieran a una armonía» (Etimologías, libro XII). Por último mencionaremos a Bartholomeus Anglicus, cuya obra De Proprietatibus rerum (ca. 1240), que se convirtió en una enciclopedia latina medieval, divulgó y desarrolló muchos de los conocimientos y creencias de los dos autores anteriores. La edición de Tolosa en castellano (1494) comenta de los delfines: «[San Isidoro] afirma que siguen la voz de la gente e se ayuntan e corren al sueno de los estrumentos e se deleytan mucho con oyr cantar e son los más ligeros peces del mar».
En resumen, y puesto que los fragmentos latinos de los Salmos que se entremezclan en la estrofa se limitan a aportar mensajes laudatorios de la paz, la fraternidad y el culto divino, no encontramos suficiente fundamento para considerar que esos “garçones” a los que se refiere el Arcipreste y sobre los que Don Amor ejerce su influencia, sean alguna clase de truhanes, pícaros o personas de vida disoluta: se trataría, simplemente, de los muchachos aficionados al canto que formaban parte del coro encargado de entonar esos Salmos durante las celebraciones litúrgicas: jóvenes “delfines”, en definitiva. Por otra parte, no compartimos el criterio de Chiarini (1964), en el sentido de que “garçón” tiene aquí un sentido despectivo como el “garson” provenzal, opinión que refuerza Corominas (1967), que indica el significado de “garçones”, al menos en este verso, como ‘mozos de mala vida’. Pero lo cierto es que el Arcipreste ya ha utilizado esta palabra en el sentido de ‘joven casadero’ en el precedente verso 189a, en coincidencia con el significado que a esta palabra le dará más tarde Nebrija en su Vocabulario español- latino (h.1494), quien no reserva una entrada aislada para «çarçón» sino para el sintagma «çarçón que se quiere casar» que traduce al latín como “procus” (‘pretendiente’). Por su parte, Covarrubias, en su Tesoro (1611) explica: «GARÇÓN, vale tanto como mancebo».
Reproducimos la imagen de este primer verso en cada manuscrito:
La segunda mención de uno de estos vocablos se encuentra en la enigmática estrofa 393, que nos ha llegado únicamente en los mss. G y S en dos versiones diferentes que debemos comparar, obviando sus abreviaturas y añadiendo algunos signos ortográficos:
Ms. G:
«Fazes como golhyn en tu falsa manera:
ataleas de lueñe, tú tomas la primera;
a la que matar quieres sacas la de carrera;
de lugar encobierto sacas çelada afuera»
Ms. S:
«Fazes como folguým en tu mesma manera:
atalayas de lexos e caças la primera;
al que quieres matar ssacas los de carrera;
de logar encobyerto sacas çelada fiera»
La estrofa pertenece a un capítulo que comenzaría al final de la citada parodia litúrgica. Pero ya tratamos de demostrar en un trabajo anterior que la estrofa 388 que abre esta nueva serie no trata de la “acydia” (pereza espiritual) como se lee en el ms. S sino de la “viçiedat” (crianza con lujos y caprichos), como debería leerse correctamente la confusa grafía del ms G, mucho más fidedigno que el anterior. En cualquier caso, el Arcipreste comienza otra retahila de reproches contra Don Amor. En la estrofa que ahora estudiamos, difícil de entender por haber sido gravemente corrompida por los copistas, vemos una comparación de Don Amor con uno de estos “golfines” o “folguines”, palabra que vuelve a ser objeto de discrepancia en cuanto a la variante que usara el poeta pero no en cuanto a su significado, pues la acción violenta que describe como propia de ese sujeto no parece dejar a dudas de que se refiere al concepto de “salteador de caminos” que antes hemos indicado: un bandido que desde lejos divisa a su posible víctima y la tiendde una emboscada. Esta es la idea básica que se desprende sin mucho esfuerzo de la lectura de la estrofa, sea cual sea la versión que escojamos. De los editores consultados, la mayor parte de ellos escogen la forma “folguín”, como T. Sánchez, Joset, Blecua y Gibbon-Monnypeny. Por el contrario, Cejador, Chiarini y Corominas transcriben “golhín”, Pero es éste último quien en su diccionario etimológico (DCEC) aporta más información acerca del origen y significado del vocablo en esta acepción originaria. Según él la primera vez que se documenta es en la Crónica catalana de Bernat Desclot (h. 1290), que los define con precisión. Traducimos un extracto de esta obra al castellano actual:
«Esas otras gentes a las que llaman ‘golfines’ son castellanos y gallegos y gentes de la España profunda, y en su mayor parte son de linaje noble; y como no tienen rentas de las que vivir, o porque han malgastado o jugado cuanto tenían, o por alguna mala acción, tienen que huir de su tierra y, con sus armas, como hombres que no pueden ni saben hacer otra cosa, se van a la frontera […]. Y así esas gentes roban y saquean tanto a cristianos como a sarracenos, y permanecen en aquellos bosques y allí viven; y son gente muy fuerte y buenos hombres de armas, de modo que el rey de Castilla no puede acabar con ellos”.
Sin embargo, aceptar que la palabra que escribió el poeta en este verso sea “golfín” plantea serios problemas. Si bien es cierto que la comparación de Don Amor con un salteador de caminos que sorprende a sus víctimas cuando menos se lo esperan está dotada de plena lógica cuando se piensa en la imagen de la pasión amorosa surgida de súbito (el “flechazo”), lo que parece expresarse en el verso segundo no tiene su cabal correspondencia en el símil mencionado. Fijémonos en las distintas lecturas de este verso en ambos manuscritos, que reproducimos obviando sus abreviaturas:
Ms G: « ataleas de lueñe, tú tomas la primera »
Ms. S: « atalayas de lexos e caças la primera »
El primer hemistiquio, sea cual sea la lectura correcta que prefiramos, no plantea problemas de interpretación: el sujeto, fijo desde un lugar oculto, dirige su vista hacia lo lejos tratando de distinguir a sus posibles víctimas. El Diccionario de Autoridades (1726) define atalear/atalayar como «Registrar el campo o el mar desde una atalaya o altura, para dar aviso de lo que se descubre». Por su parte “lueñe” es un adverbio bien documentado en la época equivalente a “lexos” (lejos), que Nebrija recoge en su forma plural “lueñes”. Pero el segundo hemistiquio se resiste a dejarse descifrar, ya que se encuentra redactado con dos verbos que aun siendo distintos son sinónimos de ‘coger, atrapar’, y confunden al lector al reclamar un complemento directo que parece aludir a la primera víctima que el agresor vislumbra de entre otras muchas posibles, como si Don Amor o el salteador de caminos no tuvieran interés en seleccionar a una víctima más valiosa que otras. De ello podemos deducir que ambos verbos son corrupciones del original y que debemos sustituirlos por otro, partiendo de la idea básica que se desprende de su sintagma “la primera”. Al comentar esta expresión, Blecua muestra su desconcierto: «Desconozco con exactitud qué quiere decir la primera. Podría entenderse como una frase adverbial, ‘a la primera’, o bien que caza ‘la pieza que dirige el grupo para que éste se disperse y conseguir fácilmente la mejor pieza’; o finalmente, ‘la mejor pieza’». Nosotros creemos que, efectivamente, se trata de la locución adverbial “a la primera”, pero con un sentido muy específico, denotando una especial aptitud para identificar y seleccionar a una víctima de entre otras muchas a una gran distancia. Y esto no se podría predicar de unos bandoleros en una época en la que no existían catalejos. ¿Está realmente el Arcipreste comparando a Don Amor con un salteador de caminos?..
Creemos que no; que lo está comparando con un depredador al que la sabiduría popular ha atribuido desde tiempo inmemorial una excepcional agudeza visual: el lince. Éste sí podría, oculto tras la maleza -con una actitud que podríamos llamar “falsa” por actuar a escondidas y no de frente- divisar desde muy lejos a una pieza y seleccionarla como víctima. Si estamos en lo cierto, el verbo que precedía al citado sintagma no era “tomar” ni “cazar” sino uno muy parecido gráficamente a este último, “catar”, usado habitualmente en la literatura cinegética medieval con el sentido de ‘observar o inspeccionar con detenimiento un determinado lugar para identificar a las piezas concretas a las que se quiere cazar’. “Catar a la primera” con su poderosa visión sería la facultad propia del lince, ya que en la literatura medieval incluso se decía de él que podía atravesar las paredes con su mirada. Entonces, ¿de dónde viene la palabra “folguín”?…
Responder a esa pregunta requiere previamente analizar el segundo hemistiquio de las dos versiones del primer verso: En el ms. G leemos: «Fazes como golhyn en tu falsa manera»; en el ms. S: «Fazes como folguým en tu mesma manera». Y esto plantea una nueva pregunta: ¿por qué un copista confundiría un adjetivo tan común como cualquiera de los que dos que determina al sustantivo “manera”? Si consideramos que el lince era el animal al que se refería el Arcipreste, y que tenia razones para calificarlo de “falso” por actuar desde lo oculto como Don Amor, bien podía haber escrito como objeto de comparación “falso lynçe” o incluso “falso linx” empleando su nombre latino en una época en la que gran parte de los escritores cultos seguían escribiendo en esta lengua o utilizaban abundantes latinismos al escribir en una lengua romance. Sería muy facil que un copista no entendiera esas dos palabras, a poco que estuvieran muy próximas, teniendo en cuenta que al lince se le conocía normalmente como “lobo cerval”. El proceso de deturpación de su texto podría ser el siguiente para el ms. S: «falso linçe/linx > folguin». Por su parte, el copista del ms. G, leería la palabra “falso” pero no entendería la siguiente palabra (linx/lynx/linçe), y directamente sustituyó el vocablo que designaba al objeto de comparación por el término “golhýn” (golfín) que había leído unos pocos versos más atrás. Y como había entendido perfectamente la palabra “falso”, la aprovechó para aclarar el significado del verso, sustituyendo “mesma” por “falsa”. Pero dado que esta tesis puede parecer a algún lector excesivamente rebuscada o inverosímil, la vamos a tratar de reforzar.
Vamos a mostrar un fotomontaje a base de fragmentos de palabras extraídas del ms. S. En la línea superior y en la composición de la izquierda presentamos un vocablo ficticio formado por tres fragmentos de palabras que hemos obtenido de tres versos de dicho manuscrito. A su derecha lo comparamos con la palabra “folguým” del verso que comentamos, y en la línea inferior con la palabra “folguynes” del verso en el que calificaba a los “garçones”. Juzgue el lector por sí mismo el gran parecido gráfico que existe entre el término artificialmente creado y los otros dos.
En conclusión, la palabra “folguín”, se escriba como se escriba, no existía. Por eso solo aparece en este manuscrito.
No obstante, aún nos quedan por comentar los versos tercero y cuarto, que también ofrecen alguna duda interpretativa. Veamos ahora la distinta lectura que nos ofrece el tercero en cada manuscrito, prescindiendo igualmente de sus abreviaturas:
Ms. G: « a la que matar quieres sacas la de carrera »
Ms. S: « al que quieres matar ssacas los de carrera »
Si consideramos que el verso del ms. S contiene una discordancia de número entre el pronombre clítico acusativo y su referente nos centraremos en el análisis de la versión del ms. G, formulada en femenino, que parece dar pie a las siguientes estrofas referidas exclusivamente a la mujer. Reconstruiremos el verso corrigiendo su enclisis disjunta (“sacas la”) y su falta de acentuación. Pero antes es necesario realizar otro ajuste. El Arcipreste no tenía motivo estético alguno para reiterar el verbo “sacar” en el siguiente verso: su repetición innecesaria crea un efecto cacofónico que no podemos imputarle a él sino a sus copistas, por lo que, entendiendo más propio el uso de este verbo en el último verso, que habla de “sacar” una celada de un lugar oculto, estamos seguros de que el copista de turno confundió este verbo con “caçar” (‘cazar’), que es el más adecuado para dotar al tercer verso de pleno sentido, una vez que expliquemos el sintagma “de carrera” que lo complementa. Blecua, siguiendo la inicial interpretación de Cejador, supone que “carrera” es un sustantivo autónomo referido a una carretera o lugar de tránsito cuando anota: «… “del camino”, esto es, ‘la descarrías’». Sin embargo, pensamos que “de carrera” no es un complemento preposicional de valor locativo dependiente del verbo “sacar”, que acabamos de eliminar, sino una locución adverbial de modo, una expresión lexicalizada con el sentido de “a la carrera, a gran velocidad”, es decir, lo propio de un depredador como el lince, que al divisar a una pieza se lanza hacia ella en una breve pero fulminante carrera de caza. El verso, por lo tanto, quedaría:
«a la que matar quieres cáçasla de carrera».
Por último, el cuarto verso de la estrofa solo ofrece una lectura sustancialmente distinta en los manuscritos en cuanto a su palabra final:
Ms. G: «de lugar encobierto sacas çelada afuera»
Ms. S: «de logar encubyerto sacas çelada fiera»
A pesar de que las lecturas del ms. G son en general preferibles a la del ms. S, como en muchas ocasiones hemos tenido ocasión de demostrar, en este caso parece que la lectura del primero de ellos contiene una obviedad que nada añade al mensaje de la estrofa, mientras que la segunda versión recalca no solo la alevosía del agresor (“de lugar encubierto”) sino su ferocidad (“çelada fiera”) por lo que optamos por esta última como autógrafa del poeta.
En consecuencia, si optamos por la forma originaria “linx”, que facilitaría la confusión cometida por los copistas, y prefiriendo en caso de duda la lectura del más fidedigno ms. G, la estrofa quedaría sí reconstruída:
«Fazes como falso linx en su mesma manera: (393)
ataleas de lueñe e catas a la primera;
a la que matar quieres cáçasla de carrera;
de lugar encubierto sacas çelada fiera»
Reproducimos la imagen de la estrofa en ambos manuscritos:

Y nos queda una tercera mención: la que aparece en la estrofa 1.051.
Se trata de un poema devocional que rompe abruptamente tanto con la forma estrófica del resto de la obra, compuesta en cuaderna vía, como con el espíritu mundano y pecaminoso que la impregna, salvo en contadas ocasiones. Concretamente, es una de las dos “Pasiones” o poemas líricos dedicados a la pasión y muerte de Jesucristo que incluye, y se compone de una serie de octavas de arte menor con rima consonante alterna en los seis primeros versos y concatenación estrófica mediante el último verso. La que presentamos se refiere al momento en que Jesucristo es traicionado por Judas:
[H]ora de maytines,
dándole Judas paz,
los judíos golhines (ms. G) / los traydores gallynes (ms. S),
como si fuese rapaz,
aquestos mastines,
así ante su faz,
travaron d’él luego,
todos enderredor.
La edición de T. Sánchez (1790) transcribía en este tercer verso “traydores gollines” y definía en su glosario final esta última palabra como equivalente a las formas anteriormente estudiadas en el sentido más amplio posible: «Gollín. Lo mismo que folguín, folhín, por pícaro, traidor, ladrón, salteador». A partir de él, todos los demás editores y críticos consultados eligieron la lectura “judíos golhines”, al no encontrar sentido alguno a la variante del ms. S. Pero el enigma permanecía porque sigue sin entenderse el verso. Para tratar de descifrarlo es necesario aceptar de antemano que su lectura actual, sea cual sea la versión que elijamos, contiene una anomalía semántica que priva de plena coherencia sintáctica a la oración a la que pertenece. Y es que el término que debería acompañar a “judíos” o “traidores” no debería ser un adjetivo calificativo de éstos sino un sustantivo con la misma función de complemento directo del verbo “dar” que el sustantivo “paz” del verso anterior. Es decir: la oración, para estar perfectamente construida, debería seguir esta estructura: «A hora de maitines -dándole Judas paz y [dándole] los judíos/traidores [alguna otra cosa]-… aquestos mastines trabaron de él…». Así que tenemos que encontrar un sustantivo en plural que cumpla estas cuatro condiciones: que encaje a la perfección en el contexto, que termine en “-ines” para no defraudar la rima consonante exigida, que tenga una grafía medieval lo suficientemente parecida a la de “golhines” o “gallynes” como para comprender la confusión del copista, y que fuera tan extraña en su época que no figure en ninguno de los diccionarios medievales al uso que los filólogos pueden consultar, habida cuenta de que ninguno de ellos ha advertido esta anomalía ni descubierto su misterio hasta el momento. Para levantar ese velo que lo cubre es necesario recurrir al pasaje evangélico de referencia y compararlo con lo que dice la estrofa. Así se relata la entrega de Jesucristo por Judas en Mateo 26: 47-50 (versión RV, 1909):
«Y hablando aún él, he aquí Judas, uno de los doce, vino, y con él mucha gente con espadas y con palos, de parte de los príncipes de los sacerdotes y de los ancianos del pueblo. Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, aquél es: prendedle. Y luego que llegó á Jesús, dijo: Salve, Maestro. Y le besó. Y Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué vienes? Entonces llegaron, y echaron mano a Jesús, y le prendieron».
Como vemos, Judas le da “la paz” a Jesucristo mediante un beso; pero los judíos que escoltan al traidor vienen acompañados de espadas y palos, es decir, de armas. Así que el paralelismo en la construcción de esos versos implica que los judíos le “dieron” (le ofrecieron amenazantes) los palos y espadas que traían para prenderlo, “como si fuese rapaz” (es decir, alguien “inclinado o dado al robo, hurto o rapiña” según la definición de la RAE), en clara alusión al v. 55, cuando Jesucristo exclama: «¿Como a ladrón habéis salido con espadas y con palos a prenderme?»
Y aquí tenemos la solución de este enigma, pues “armas” en hebreo bíblico, (זין), se pronuncia “zayin”, una palabra que el erudito Arcipreste conocía pero no sus copistas, quienes leerían esa palabra romanceada y en plural, escrita quizás con una “c” cedillada, una “ll” y una “y” en función vocálica, es decir: “çallynes”. Confundir el signo diacrítico de la “ç” con el ojal de una “g”, sería muy fácil para quien no entendiera esa palabra. El lector interesado puede encontrarla, por ejemplo, en el Talmud de Babilonia (Shabat 63a), muy estudiado en las aljamas judías medievales europeas. Ahí se puede leer, transliterando la lengua hebrea: “Ein yotzin bikhlé zayin be-shabbat” que significa: “No se debe salir con armas en sábado.”
Por tanto ya podemos reconstruir esos versos eliminando la palabra “golfines” de su lugar. Pero aprovecharemos para desterrar también la palabra “traydores”, que desencaja del contexto puesto que, fuera de Judas, no se considera a esa muchedumbre en los Evangelios como traidores sino como judíos en general:
«[H]ora de maytines, (1051)
dándole Judas paz,
los judíos zayines
como si fuese rapaz,
aquestos mastines,
así ante su faz,
travaron d’él luego,
todos enderredor».
Con la reproducción del verso en ambos manuscritos damos por terminado este trabajo y por finalizado el largo y cansado viaje que hemos hecho emprender al lector paciente:











