Entrevista a Noelia Colmenarejo, escritora y oficial de la Policía Municipal de Madrid: “Una autoridad bien entendida necesita humanidad”
AR.- La vocación de servicio rara vez se explica en los partes oficiales, en los uniformes o en las estadísticas. A menudo se descubre en los silencios, en las noches largas y en las historias que acompañan a quienes dedican su vida a proteger a los demás. En “La policía que bailaba bajo la lluvia”, la oficial de la Policía Municipal de Madrid Noelia Colmenarejo abre precisamente esa puerta: la de la experiencia humana que existe detrás de la placa.
Su obra recorre episodios marcados por la dureza del trabajo policial, pero también por la empatía, la cercanía y la capacidad de encontrar humanidad incluso en los momentos más complejos. Lejos de una visión fría o estereotipada, el libro revela cómo cada intervención, cada calle y cada rostro han ido construyendo una manera de entender la profesión como un auténtico compromiso con la sociedad.
Hoy conversamos con su autora para conocer no solo el origen de esta obra, sino también las vivencias personales que la inspiraron, el papel de las emociones dentro del ejercicio policial y esa mirada profundamente humana que da sentido a su vocación de servicio.
– ¿En qué momento sentiste que necesitabas escribir La Policía que bailaba bajo la lluvia?
Sentí desde hacía tiempo que necesitaba contar lo que me estaba pasando, no solo como policía, sino como persona. Mi forma de vivir algunas experiencias, de mirarlas y de aprender de ellas, podía servir también a otras personas. Empecé a escribirlo hace unos dos años, en un momento vital complejo, y escribir me ayudó a encontrar respuestas, aprendizaje y salida. Primero fue un proceso hacia dentro; después entendí que podía acompañar también a otros.
– El título es muy evocador. ¿Qué simboliza “bailar bajo la lluvia” dentro del contexto policial?
Para mí simboliza aprender a moverse dentro de la tormenta. La policía muchas veces llega cuando algo se ha roto: hay dolor, miedo, conflicto, rabia o incertidumbre. No siempre podemos resolver las cosas como querríamos, pero tenemos que estar, sostener, actuar y mantener la calma. Bailar bajo la lluvia es no esperar a que pase la tormenta para ayudar; es aprender a estar presente dentro de ella sin perder la humanidad.
– ¿Hubo alguna experiencia concreta en la calle que marcara el inicio de este libro?
En este libro no hubo una única intervención que lo iniciara, sino la profesión entera. Ser policía municipal me ha ayudado a encontrar mi vocación, mi centro y mi camino de vida. Sí hubo antes una experiencia muy importante que me llevó a escribir: un caso real de violencia de género en el que mis compañeros y yo ayudamos a salvar la vida de una mujer. Aquello me hizo entender que escribir también podía ser una forma de dar voz a lo que pasa y a lo que sentimos.
– ¿Qué querías desmontar o cuestionar sobre la imagen tradicional de la policía?
Quería desmontar esa imagen rígida, fría o únicamente autoritaria de la policía. La policía también escucha, acompaña, media, contiene y cuida. Evidentemente tenemos una función de autoridad y de cumplimiento de normas, pero eso no está reñido con la empatía. Al contrario: creo que una autoridad bien entendida necesita humanidad.
– En el libro hablas de una policía más consciente y humana. ¿Crees que el sistema deja espacio para esa sensibilidad?
Creo que cada vez deja más espacio. Llevo dieciocho años en el cuerpo y las cosas han cambiado mucho desde que empecé. Hay más conciencia sobre el trato humano, la salud emocional y la cercanía con la ciudadanía. Falta mucho por mejorar, claro, pero sí siento que estamos avanzando hacia una policía más consciente, más formada emocionalmente y más capaz de mirar a las personas detrás de cada intervención.
– ¿Cómo se puede proteger sin perder la empatía?
No volviéndose insensible. A veces parece que los policías tenemos que ser Superman, como si nada nos afectara, pero somos personas. En una intervención tenemos que mantener la calma, porque para eso estamos preparados, pero después también tenemos que permitirnos sentir, hablar, soltar y entender lo vivido. Proteger no es solo actuar; muchas veces también es escuchar, orientar y tratar con dignidad a alguien que está sufriendo.
– ¿Qué aprende una policía municipal sobre el dolor humano que difícilmente se ve desde fuera?
Aprendemos que el dolor está mucho más presente de lo que parece. Normalmente llegamos cuando algo no va bien: una crisis, una pérdida, una pelea, un accidente, una situación de miedo o desesperación. Vemos a las personas muchas veces en su peor momento, y eso enseña mucho sobre la fragilidad humana. Pero también vemos la luz: una ayuda que llega a tiempo, una persona que agradece ser escuchada, un niño que sonríe en una charla. La profesión muestra lo oscuro, pero también lo profundamente humano.
– ¿Cuál ha sido el momento más humano que has vivido en servicio?
Es difícil elegir uno, porque hay muchos tipos de humanidad. Recuerdo una intervención en la que una persona falleció en la vía pública, con su familia allí, bajo la lluvia y con mucha gente alrededor. Nuestro trabajo, cuando ya no se podía hacer más, fue proteger su dignidad y la intimidad de su familia. También he vivido momentos muy humanos dentro del propio cuerpo, como cuando fui madre en pandemia y mis compañeros vinieron al hospital a traerme flores, guardando la distancia. La humanidad aparece en el dolor, pero también en esos gestos de equipo que no se olvidan.
– ¿Y el que más te hizo replantearte tu manera de ejercer la profesión?
Más que un momento concreto, ha sido una pregunta que me acompaña: ¿cómo me gustaría que trataran a mi madre o a mi hija si fueran ellas quienes necesitaran ayuda? Eso cambia la forma de intervenir. A veces no podemos resolverlo todo, pero sí podemos decidir cómo miramos, cómo hablamos, cómo escuchamos y cómo acompañamos. Para mí, la empatía, la mediación y la gestión emocional son parte esencial de ejercer bien esta profesión.
– Muchas veces se habla poco de la salud mental en los cuerpos policiales. ¿Por qué sigue siendo un tema tan silenciado?
Porque durante mucho tiempo se ha asociado pedir ayuda con debilidad. En la cultura policial ha pesado mucho la idea de que tenemos que poder con todo, y eso hace daño. Hay ansiedad, estrés, desgaste emocional e incluso situaciones muy graves. Ahora hay más formación, más cursos y más conciencia, pero todavía estamos empezando. Hay que normalizar que ir al psicólogo no significa estar roto; significa cuidarse.
– ¿Qué coste emocional tiene llevar uniforme cada día?
Llevar uniforme tiene un coste emocional alto porque atraviesas todas las emociones del arcoíris: alegría, satisfacción, motivación, amor por lo que haces, pero también tristeza, rabia, frustración o impotencia. Es una profesión muy intensa, con una parte dura y otra profundamente gratificante. Cada día puedes ayudar a alguien, y eso da mucho sentido, pero también necesitas aprender a gestionar lo que pesa.
– ¿Cómo afecta convivir constantemente con conflictos, accidentes o incluso con violencia?
Afecta, aunque a veces intentemos convencernos de que no. Todo eso va llenando una mochila emocional. En el momento de la intervención no puedes responder desde tu enfado, tu miedo o tu tristeza; tienes que actuar con calma. Pero después hay que soltar: hablarlo, escribir, ir a terapia si hace falta, compartirlo con compañeros. Si no lo haces, lo vivido se queda dentro.
– ¿Qué herramientas personales te han ayudado a no endurecerte?
La empatía, sobre todo. También formarme mucho en psicología, mediación y gestión emocional. Entender cómo se sienten las personas y cómo me afecta a mí lo que vivo me ayuda a intervenir mejor. Para no endurecerme necesito escucharme, saber qué siento y darme permiso para cuidarme. No endurecerse no significa romperse; significa seguir siendo sensible sin dejar de ser fuerte.
– ¿Crees que cuidar a quienes cuidan debería ser una prioridad institucional?
Sí, pero también debería ser una prioridad personal. Como digo en el libro, para cuidar a los demás primero tenemos que aprender a cuidarnos a nosotros mismos. Institucionalmente hacen falta más recursos, apoyo psicológico, formación y normalización. Pero cada policía también debe cuidar su mente igual que cuida su cuerpo. Ir al psicólogo debería verse como algo natural, preventivo y sano, no como algo reservado solo para cuando ya no puedes más.
– ¿Qué crees que espera realmente la ciudadanía de la policía hoy?
Creo que espera comprensión, ayuda y soluciones. A veces somos el primer recurso al que acuden, pero no siempre la solución definitiva depende de nosotros. Podemos orientar, explicar, mediar, indicar dónde denunciar o cómo iniciar un procedimiento. Muchas veces la ciudadanía necesita que alguien la escuche y la ayude a ordenar lo que está pasando, incluso cuando no podemos resolverlo todo en ese momento.
– ¿Se puede generar confianza desde la cercanía y no desde la autoridad?
Sí, totalmente. La autoridad es necesaria, pero la confianza no nace solo de imponer; nace también de cómo te acercas, cómo hablas y cómo escuchas. Cuando una persona percibe cercanía, es más fácil que se abra, que cuente información importante y que acepte ayuda. La cercanía no resta autoridad: puede hacerla más humana y más efectiva.
– ¿Qué pequeños gestos pueden cambiar completamente una intervención policial?
Escuchar, dar los buenos días, pedir las cosas por favor, decir gracias, explicar con calma o mirar a la persona como alguien que merece dignidad. Parecen gestos pequeños, pero pueden cambiar por completo una intervención. Muchas veces trabajamos desde la mediación, y para mediar necesitamos que la persona confíe. Un buen tono puede abrir una puerta; uno malo puede cerrarla.
– ¿Qué prejuicios existen mutuamente entre policía y ciudadanía?
Hay ciudadanos que todavía ven a la policía como alguien que viene a molestar o sancionar, y también puede haber policías que, por cansancio o experiencias acumuladas, miren a la ciudadanía desde la desconfianza. Por eso es importante romper prejuicios por ambas partes. Detrás del uniforme hay una persona, y detrás de muchas reacciones ciudadanas también hay miedo, frustración o desconocimiento.
– ¿Qué te gustaría que la gente entendiera sobre quienes trabajan en la Policía Municipal de una de las principales urbes mundiales?
Me gustaría que entendieran que somos personas. Sentimos, nos emocionamos, nos equivocamos y muchas veces hacemos todo lo posible aunque el resultado no dependa solo de nosotros. También me gustaría que la ciudadanía entendiera que la seguridad se construye en equipo: policía, vecinos, testigos, jueces, médicos, bomberos, servicios sociales. Si nadie colabora, denuncia o cuenta lo que ha visto, muchas intervenciones se quedan sin recorrido.
– Como mujer policía, ¿qué retos específicos has encontrado dentro del cuerpo?
La visión de la mujer policía ha cambiado mucho. Cuando entré, todavía había compañeros que no querían ir con una mujer. Uno de los retos ha sido encajar en un mundo tradicionalmente masculino y sentir que eres suficiente. Muchas mujeres hemos vivido una autoexigencia enorme por demostrar que valemos, que podemos con todo y que no necesitamos que nos protejan. Con el tiempo aprendes que no tienes que ser perfecta: tienes que aportar desde quien eres.
– ¿Ha cambiado algo en la forma de entender el liderazgo policial femenino?
Sí. Cada vez se entiende más que liderar no es solo mandar o imponerse, sino también escuchar, coordinar, cuidar al equipo y sacar lo mejor de cada persona. El liderazgo femenino puede aportar una mirada más empática y cuidadora, aunque no sea algo exclusivo de las mujeres. Para mí, el buen liderazgo policial no debería ser masculino o femenino, sino humano.
– ¿Qué aportan las miradas femeninas o más cuidadoras a los modelos tradicionales de seguridad?
Aportan una mirada complementaria. La seguridad no es solo fuerza, control o autoridad; también es escucha, mediación, intuición, calma y cuidado. Las mujeres, por educación y experiencia, muchas veces hemos desarrollado más esa parte cuidadora, aunque también hay hombres muy empáticos y mujeres que no lo son tanto. Lo importante es trabajar en equipo y sumar virtudes distintas.
-¿Qué significa para ti proteger?
Para mí, proteger significa cuidar. Y cuidar no siempre es algo físico; muchas veces es emocional. Proteger puede ser actuar con firmeza, pero también escuchar, orientar, mediar, tranquilizar o evitar que una situación vaya a más. Cada intervención necesita habilidades diferentes, y cada policía protege desde su formación, su experiencia y su mejor versión.
¿Crees que estamos redefiniendo el concepto de seguridad en nuestra sociedad?
Sí. Durante mucho tiempo se entendió la seguridad casi solo como control o respuesta ante el delito. Hoy sabemos que también tiene que ver con prevención, confianza, convivencia, salud mental, protección de personas vulnerables y mediación. La ciudadanía no solo necesita una policía que llegue cuando algo ha pasado, sino una policía cercana que ayude a evitar que todo se rompa.
– ¿Qué lugar deberían ocupar la escucha y la mediación dentro del trabajo policial?
Un lugar central. Muchas intervenciones no se resuelven únicamente aplicando una norma, sino entendiendo qué está pasando realmente. Para eso hay que escuchar, ordenar emociones, detectar necesidades y buscar una salida posible. Escuchar no es perder autoridad; escuchar bien también es proteger.
– ¿Cuáles serían los cambios concretos que te gustaría ver en la formación de futuros agentes?
Me gustaría que se trabajara mucho más la gestión emocional. La formación técnica, física y jurídica es fundamental, pero también necesitamos agentes que sepan gestionar el estrés, el miedo, la frustración, la rabia o la impotencia. Hay que formar policías que se conozcan mejor a sí mismos, porque cuanto mejor gestionas lo que pasa dentro de ti, mejor puedes intervenir con los demás.
– ¿La vulnerabilidad puede ser compatible con la autoridad?
Sí. La vulnerabilidad no es debilidad; es conciencia. Los policías no somos máquinas ni superhéroes, somos seres humanos. Hay momentos en los que toca ejercer autoridad, tomar decisiones y marcar límites, pero eso no significa que no podamos reconocer que algo nos afecta o que necesitamos ayuda. Una autoridad humana puede ser mucho más justa.
– ¿Qué parte de ti descubriste escribiendo este libro?
Descubrí todos los colores de mi propio arcoíris. Al escribir miré mis grises más oscuros, mis heridas, mis miedos y también mis amarillos más luminosos. Descubrí lo que todavía tengo que mejorar y también todo lo que he sido capaz de transformar. Me di más valor, porque entendí que mi camino lo he hecho bailando bajo la lluvia.
– ¿Hubo momentos en los que escribir también fue una forma de sanar?
Sí, totalmente. Yo siempre he escrito: poesía, relatos, diarios, pensamientos. Escribir ayuda a sanar porque convierte lo que duele en algo visible. Mientras lo evitamos, parece que no existe, pero sigue haciendo daño. Cuando lo escribes, le pones nombre, palabras y sentido. No borra lo vivido, pero ayuda a ordenarlo por dentro.
– ¿Qué reacción de lectores o lectoras te ha emocionado especialmente?
El libro acaba de salir, pero las primeras personas que lo han leído me han transmitido cosas muy bonitas. Me han dicho que se han emocionado, que han llorado, que han reído y que se han sentido identificadas. Lo que más me llega es que algunas personas me dicen que les ha dado ganas de recuperar el control de su vida y afrontar circunstancias que querían mejorar. Que algo que a mí me ayudó pueda servir también a otros me parece precioso.
– ¿Qué le dirías hoy a la Noelia que empezó en la policía?
Le diría: estoy orgullosa de quién eres, pero más aún de lo que puedes llegar a ser. Confío en ti, te quiero y te abrazo entera, con tus grises más oscuros y con tus amarillos más fosforitos. Todo ha valido la pena. Sigue bailando bajo la lluvia, sigue viviendo y sigue ejerciendo con pasión, porque vas bien.
– ¿Qué esperas que sienta alguien al cerrar el libro?
Espero que sienta inspiración y ganas de tomar las riendas de su vida. Me gustaría que quien lo lea se sienta comprendido, acompañado y menos solo. A veces leer algo que expresa justo lo que tú estás sintiendo es muy reconfortante. Ojalá el libro deje esa sensación: aunque esté lloviendo, todavía puedes aprender a bailar.
– Si pudieras resumir en una frase la policía que sueñas, ¿cuál sería?
La policía que sueño es la que sabe proteger sin dejar de sentir y bailar bajo la lluvia sin soltar la mano de quien necesita ayuda.
¿Qué significa cuidar en tiempos donde parece que todos vamos tan deprisa?
Cuidar significa parar. Mirar. Escuchar. Estar. Vivimos queriendo llegar a todo y, en esa prisa, muchas veces nos perdemos los detalles. Y los detalles son la vida. Cuidar es dar valor a lo pequeño: una escucha, una mirada, una palabra, un gesto. Es hacer que el mundo no gire tan rápido como para olvidarnos de vivir.
– ¿Todavía bailas bajo la lluvia?
Sí. Siempre. Cada día y cada segundo. Para mí bailar bajo la lluvia no es mojarse un poco, sino mojarse entera. Cuando te mojas solo un poco, incomoda; cuando te mojas del todo, aprendes a acomodarte, a aceptar la lluvia y hasta a disfrutarla. He venido a vivirlo todo, a aprender, a sentir y a sacar mi mejor versión. Y mi profesión me lo recuerda cada día.











