Aldama y Koldo dinamitan la campaña de Montero: el voto que decide en Andalucía se aleja más del PSOE
La tesis de la “inventada”, con la que Moncloa intenta borrar las acusaciones de Aldama (quien señala directamente al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez) y las declaraciones de Koldo (alimentando junto con Aldama la tesis de la financiación irregular), no cuela en el PSOE andaluz. El juicio está siendo percibido como dinamita pura para la estrategia de contención con la que intentan resistir en su suelo electoral en un contexto ya de por sí muy adverso en el que fuera su principal granero electoral. “El tufo de cutrez no hay quien lo borre en estas dos semanas decisiva”, inciden desde fuera de la burbuja de la candidata María Jesús Montero.
La coincidencia en los relatos de Víctor de Aldama y Koldo García ante el Tribunal Supremo ha reforzado una idea que empieza a calar fuera del ruido político: el entorno del sanchismo practicaba una corrupción sistémica que hunde en la putrefacción a toda la organización. “No hace falta una sentencia para que ese mensaje tenga recorrido, basta con la reiteración en el relato que está saliendo estos días del Supremo”, explica un alcalde crítico con las imposiciones de Moncloa en la campaña.
En el núcleo duro socialista, el efecto en el voto puede ser limitado. Pero en el votante intermedio, el que oscila entre PSOE y PP, o el que decide en función de contexto más que de ideología, la reacción es distinta. Al menos, los trackings que manejan a diario los partidos apuntan a ese segmento como el que está siendo más sensible a lo que está ocurriendo en el Supremo: votantes urbanos, de perfil moderado, con cierta fatiga política y que penalizan la percepción de descontrol más que la gravedad jurídica de los hechos. “No necesitan pruebas concluyentes, les basta la duda”. Y es ahí, admiten en la organización socialista, donde el caso Koldo-Aldama tiene un efecto más directo.
En Andalucía, este voto es clave. No solo por su volumen, sino porque define los equilibrios en provincias donde el PSOE necesita resistir para no quedar fuera de la pelea. Pero Moncloa se sacude la responsabilidad y se atrinchera en el escudo que consiste en distinguir entre impacto mediático e impacto electoral. Y para combatir el primero ya ha puesto en marcha su ofensiva contra los medios a los que acusa de dar credibilidad a un “mentiroso”, Aldama.
Digan lo que digan en Moncloa, dentro del PSOE crece la percepción de que el partido llega a la campaña con demasiados frentes abiertos. Las encuestas ya eran desfavorables antes de las revelaciones, y el nuevo contexto añade todavía más incertidumbre. Por cierto, este clima se está traduciendo en un refuerzo de los movimientos discretos en la sombra de los críticos, que han intensificado contactos en estos días de juicio, compartiendo diagnósticos sobre el impacto del caso y sobre la estrategia de campaña. En lo que están es en prepararse para el día después de las elecciones, en una estrategia continuada de organización que afecta a cuadros medios, alcaldes, dirigentes que antes estuvieron en el equipo de Pedro Sánchez y otros perfiles internos, que no saldrán a la luz para evitar represalias de Ferraz.
El debate interno no se centra solo en el presente, sino en el día después. Si el resultado en Andalucía confirma las previsiones negativas, las revelaciones del caso Koldo-Aldama serán parte del balance, no como causa única, pero sí como elemento que ha dificultado la campaña y que ha reforzado un relato adverso.
En ese contexto, la dirección del PSOE ha activado una respuesta clásica: reforzar la movilización y cerrar filas. La implicación de José Luis Rodríguez Zapatero volverá a ser máxima, en un intento de ayudar a la organización socialista a reactivar al electorado propio y aportar un perfil que conecte con votantes que hoy dudan. Pero el margen de maniobra de la candidatura andaluza es mínimo porque tiene que competir en un contexto nacionalizado, donde el foco está en un asunto, como el de la corrupción, que la engulle política y electoralmente.
Mientras tanto, el PP tiene en bandeja un eje claro de ataque. La idea de “corrupción sistémica” se ha incorporado a su discurso con un objetivo evidente: fijar en el votante intermedio la percepción de que el PSOE no controla su entorno. Y en esta campaña no necesita demostrarlo en términos judiciales, sino que le basta con instalar la duda, que ya se ha engordado hasta niveles máximos en el Supremo durante esta semana.












