El aquelarre “progre” de Barcelona y el asco mundial al socialismo
Mario Vargas Llosa dijo una verdad irrebatible: “El socialismo ha sido el fraude intelectual más grande del siglo XX”.
Ese fraude, que es el socialismo, mensajero del pasado y del retroceso, pero que se presenta como “progresista”, está reunido en Barcelona para lamerse las heridas, disimular su espantoso declive y aparentar que es fuerte.
Dos de sus miembros acaban de ser “liquidados”: el venezolano Maduro y el ayatola iraní Jamenei.
Ese socialismo progre, en profunda crisis y casi desaparecido en Europa, está representado por Pedro Sánchez y por líderes latinoamericanos como el brasileño Lula, el colombiano Petro y la mexicana Sheinbaum.
Culpan a la ultraderecha de todos sus males, pero saben la verdad: el mundo desprecia al socialismo por sus traiciones, mentiras, corrupciones, negocios sucios, abusos, robos y fracasos.
La cumbre progresista global de Barcelona insiste una y otra vez en la misma tesis: el mundo enfrenta una “ofensiva mundial de la ultraderecha”.
Según el presidente del Gobierno español, que es uno de los líderes más rechazados por su pueblo en el mundo, una supuesta coalición coordinada de extremistas de derecha amenaza la democracia, los derechos y el progreso social. Es el relato que repite en foros internacionales, en Chile, en España y ahora en esta cumbre de abril de 2026: la ultraderecha avanza, y los progresistas deben “pasar a la ofensiva”.
Pero la realidad es exactamente la contraria. Lo que estamos presenciando no es una ofensiva de la derecha radical, sino una oleada mundial de hartazgo y de asco profundo hacia el socialismo. Un sistema que, tras más de un siglo de experimentos, ha demostrado con creces su bajeza moral, su corrupción endémica, su fracaso económico catastrófico y su devoción patológica por la mentira y el engaño.
El socialismo no cae por una conspiración derechista; cae porque la gente ha visto lo que produce: miseria, autoritarismo y cinismo.
El socialismo es un modelo que, una y otra vez, produce los mismos resultados. En Venezuela, el “socialismo del siglo XXI” de Chávez y Maduro convirtió el país con mayores reservas de petróleo del mundo en un cementerio económico y humano. En Cuba, la “revolución” de 1959 sigue generando miseria, censura, tortura y exilio sesenta y siete años después. En Nicaragua, Ortega y Murillo han convertido el sandinismo en una dinastía familiar. Y en Europa, los experimentos socialistas más “suaves” —con sus elevadísimos impuestos, burocracia asfixiante y gasto público desbocado— han dejado economías estancadas, deudas astronómicas y una clase media que ve cómo su esfuerzo se evapora en subsidios y clientelismo.
La corrupción no es un “error” del socialismo: es su esencia. Cuando el Estado controla la economía, el poder se convierte en la única vía de enriquecimiento. Los líderes socialistas nunca viven como el pueblo; viven del pueblo.
Mientras tanto, la propaganda oficial —esa maquinaria de mentiras que el socialismo perfeccionó como nadie— sigue vendiendo la ficción de que “el problema no es el socialismo, sino la extrema derecha”.
Pero, por fin, el mundo se ha cansado. Por eso Javier Milei arrasó en Argentina, Bukele gobierna El Salvador, José Antonio Kast es presidente de Chile y por eso Donald Trump regresó a la Casa Blanca, mientras en Europa crecen las fuerzas que cuestionan el modelo socialdemócrata agotado.
No es “ultraderecha” lo que avanza: es el sentido común, es la gente que ha visto con sus propios ojos que el socialismo no genera prosperidad, sino dependencia; no genera libertad, sino control; no genera verdad, sino falsedad y narrativa de laboratorio.
Pedro Sánchez, como buen socialista, prefiere invertir la ecuación. En lugar de reconocer que su modelo —con sus pactos con independentistas, su gestión económica cuestionada y su retórica de división— genera rechazo, prefiere fabricar un enemigo externo: la “internacional del odio” ultraderechista.
Es más cómodo que admitir que los ciudadanos, en España y en el mundo son embaucados por las derechas que asumir que están votando contra décadas de promesas incumplidas, de corrupción tolerada y de mentiras repetidas hasta el hastío.
La oleada que Sánchez llama “ofensiva ultraderechista” es, en realidad, la respuesta natural de sociedades que ya no se dejan engañar. Es el asco sano, democrático y legítimo ante un sistema socialista que prometió el cielo y entregó el infierno.












Con el socialismo los españoles ya no pueden tener ni casa ni coche con 35 años, claro no se pueden casar. ..tener hijos. Bueno cuanto mas miseria vamos a traer extranjeros.
Un planteamiento exacto y perfecto análisis. El mundo ya ha experimentado a los farsantes y se decanta por lo menos malo y al parecer con lo más equilibrado. En España, y después de una guerra fraticida, es ya hora de poner a cada quien en su sitio. A nuestro presidente, puente de para irse por el foro sin contemplaciones. Ya ha disfrutado suficiente. Nunca España estuvo más mejor que con Franco. A partir de su muerte, vino el caos.