Todo lo que las «frutinovelas» de las «frutas infieles» dicen del público actual
Marcelo Duclos.- Hace un par de décadas, el público, mayormente femenino, se congregaba en frente del televisor para ver las novelas argentinas (podían ser mexicanas o venezolanas), que contaban con grandes presupuestos de los canales. Sobre todo, gastados en los astronómicos cachets de los galanes de moda o las estrellas del momento.
El formato, de aproximadamente 45 minutos (a los que se le sumaban los 15 de publicidad para completar la hora) sobrevivió a la TV. También llegó a los streams y amplió su público a diversas edades y ambos géneros. Aunque el mercado se achicó, las que supieron dar en la tecla tuvieron mucho éxito. Por estos días, el público espera ansioso el lanzamiento de las nuevas temporadas de series de lo más diversas como Fauda o El encargado.
Pero el mundo actual, que prioriza lo inmediato y que se nutre del feedback instantáneo de las redes sociales, demanda otras clases de «entretenimiento». Cosas breves, rápidas, de consumo descartable y que puedan ser reducidas a un minuto. Con principio, desarrollo y fin, aunque algunas historias demanden «secuelas». Así surgieron las «frutinovelas» de las «frutas infieles». Delirantes cortos realizados con inteligencia artificial que viralizan y envician como una droga de mala calidad.
En las redes sociales, la gente manifiesta una indignación extraña, que viene de la mano del consumo desenfrenados. Aparecen, se miran, pero se comparten y el algoritmo hace su magia para que lo que más aparezca en los teléfonos celulares sean las bizarras frutinovelas de las frutas infieles. La analogía con la droga es seria. No hay que empezar, porque después no se puede salir. Ni del vicio ni de la tentación del bombardeo permanente de las frutillas, las uvas y las «limonas». Además, sucumben ante amantes viriles de representación fálica, con los que engañan a maridos enamorados y trabajadores que salen con el corazón roto.
A diferencia de las viejas telenovelas con seres humanos como protagonistas y prestigiosos guionistas, el mercado decide la orientación de las producciones en tiempo real. Antes, había que esperar planillas de raitings para ver si había que «meter mano» en las historias. Así, algunas novelas terminaban antes de tiempo, otras tenían varias temporadas y hasta algunos personajes retornaban de la muerte con historias tan inverosímiles como la comprensión de la pasión del público. Ahora, todo es vertiginoso y sucede en tiempo real.
Así, en pocos días, las historias tradicionales de infidelidades y desengaños pasaron a tener contenidos más intensos, turbios y oscuros: hijos abandonados, embarazos no deseados, homosexualidad culposa, conflictos familiares y trágicas muertes de los personajes inocentes, que habían creado un vínculo con el espectador en los primeros veinte segundos del corto. Evidentemente, el preciado click y el tiempo en pantalla evitando el scrolleo demanda intensidad. Así, con estas historias de bajo presupuesto, muchos jóvenes deben estar ganando fortunas. Esto ocurre en un mundo que tiene modificaciones vertiginosas que el marxismo clásico no podría entender ni justificar. La teoría de la plusvalía parece más muerta que carrera de libretista de novelas de amor tradicionales.
Eso sí, aunque se trata de otro mundo, evidentemente el espectador mantiene un denominador común con el público de otro tiempo y otros formatos: el deseo de un final, que, si no puede ser feliz, muestre a los malos sufriendo por sus malas acciones.
Frutas y verduras
Más allá de la calidad, que no busca ni quiere ser perfecta, es imposible no evitar alguna reflexión sobre la influencia de todo esto, que no es más que una manifestación del momento. Un libro, una película con un buen guion o una historia con desarrollo y trama, ofrece mucho más que un entretenimiento efímero. Abre panoramas, interpretaciones y lecturas. Si el público decide volcarse masivamente a estas cuestiones, pero también abandonando otros viejos formatos, como puede ser una novela interesante, sin dudas que el panorama es más que sombrío. A pesar de la tecnología y la comodidad de los tiempos modernos, la capacidad intelectual de las personas padecería un retroceso que nos llevaría incluso más atrás de los filósofos griegos que pensaban mientras miraban al cielo. ¿Vamos hacia un mundo con tecnología soñada y posibilidades impensadas? Quizá, para convertirnos intelectualmente en hombres de neandertal. Esperemos que no.












