El Supremo y los chulos venidos a menos
Estaremos de acuerdo en que no es en absoluto normal lo que estamos viviendo quienes seguimos, siquiera parcialmente, el juicio que ante el Tribunal Superior de Justicia se está desarrollando, con tres elementos destacados: Ábalos, en adelante el jefe «putero», Koldo, en adelante el lacayo «conseguidor» y Aldama, en adelante el chivato, orgulloso.
No es frecuente que un proceso judicial de alta relevancia deje una impresión tan nítida desde el plano gestual como la que están proyectando estos tres individuos. No se trata únicamente de una cuestión estética; se trata de que sus gestos reflejan displicencia, ligereza en la importancia de lo que está en juego y un evidente ninguneo hacia todo lo que supone estar sentado en ese banquillo. Incluso se permiten sonrisas de un descaro llamativo ante toda la sala. Hasta la fecha, el episodio más grotesco en lo gestual ha tenido como protagonista de honor al «lacayo conseguidor», al entretenerse en sacarse un moco enorme de forma ostensible y además disfrutarlo.
Estos tres, desde circunstancias procesales muy diferentes, se muestran igualmente torpes. Incluso el listillo del «chivato orgulloso» parece no tener nada claro cuál será su destino en la sentencia. Esa actitud tan extraña responde, sin duda, al resultado de años en los que personas no especialmente brillantes — no olvidemos que Ábalos procede de la corte de mamanabos de Sánchez y que Koldo viene de la portería de un puticlub — han vivido por encima de lo divino y lo humano. Han ejercido un poder desmedido sobre todo lo que se movía, alcanzando cotas difícilmente imaginables.
Han manejado adjudicaciones de obra pública a su antojo, otorgándolas a sociedades elegidas discrecionalmente, siempre que pasaran por taquilla. Han “colocado” en empresas públicas a señoritas de compañía que cobraban por “acompañar”, han decidido quién asciende y quién cae dentro del partido; y todo ello — y mucho más — desde una posición conocida y tolerada por el conjunto del Gobierno y por una izquierda más radical.
Cabe preguntarse cómo se alcanza ese punto. La respuesta parece evidente: la prolongada posesión del poder tiende a erosionar la percepción de los límites.
Quien opera durante años en posiciones de influencia, tomando decisiones con escaso o nulo contrapeso efectivo, puede acabar desarrollando una percepción distorsionada de la jerarquía. Lo excepcional se vuelve cotidiano; lo que debería imponer respeto deja de hacerlo. Así es como terminan convirtiéndose en estos «bichos sociales» desprovistos de sentido de la realidad.
No es, seguramente, una hipótesis novedosa, pero sí resulta poco habitual vivirla de una forma tan explícita.
Ni siquiera parece afectarles la presencia de los magistrados del Supremo. Para estos individuos, hace apenas unos meses, no eran más que “mindunguis con toga” a los que ellos mismos contribuían a nombrar. Y esa percepción explica la actitud: la risa en sus caras, la desfachatez, incluso gestos tan burdos en plena sala, como si nada.











