María Jesús Montero pide ahora el voto a los andaluces tras anteponer los intereses marroquíes a los del campo español
José Carlos Ávila.- O se está con tu tierra o se está contra ella. Y en el caso de María Jesús Montero, cada vez más agricultores andaluces tienen claro en qué lado la sitúan.
Mientras el campo andaluz se asfixia entre costes disparados, sequía y una burocracia europea asfixiante, desde el Gobierno del que Montero fue pieza clave se toman decisiones que, lejos de aliviar la situación, parecen empujar aún más al sector hacia el abismo. Y lo más indignante: mientras tanto, se facilita la competencia de países como Marruecos.
Competir con una mano atada
El agricultor andaluz juega en desigualdad. Aquí se exigen estándares medioambientales, laborales y sanitarios cada vez más estrictos —y caros—. Pero en el mercado compite con productos importados que no cumplen esas mismas reglas.
¿La respuesta del Gobierno del que formó parte Montero como su número dos? Silencio, excusas… o directamente decisiones que refuerzan esa competencia. Porque cuando se financian o impulsan infraestructuras que mejoran la capacidad productiva de Marruecos, lo que se está haciendo, en la práctica, es ponerle una alfombra roja al competidor directo de Almería, Granada o Huelva.
Hay una desconexión evidente entre el Gobierno sanchista y la realidad del campo andaluz.
Mientras los agricultores protestan en la calle, reclaman precios justos y denuncian importaciones desleales, desde el Ejecutivo de Sánchez se responde con anuncios vacíos, reuniones estériles y promesas que rara vez se traducen en medidas eficaces.
Peor aún: cuando representantes del sector optan por no acudir a encuentros institucionales, no es casualidad. Es un síntoma claro de desconfianza. El campo andaluz no se siente escuchado. Y con razón.
Andalucía no puede ser moneda de cambio
El trasfondo es incómodo, pero evidente: Andalucía vuelve a ser tratada como una pieza secundaria en el tablero político. Se toman decisiones en clave geopolítica o diplomática sin medir —o sin querer medir— su impacto directo sobre miles de familias que viven de la agricultura.
Cada concesión comercial sin reciprocidad, cada euro invertido fuera mientras aquí falta agua o apoyo, tiene consecuencias muy concretas: explotaciones que cierran, jóvenes que abandonan el campo y pueblos que se vacían.
Montero insiste en vender una narrativa de crecimiento y progreso. Pero en el campo andaluz esa historia no se la cree nadie. Allí lo que se vive son costes imposibles, precios injustos y resistencia frente a decisiones políticas que parecen ignorar —cuando no perjudicar directamente— a quienes sostienen uno de los pilares económicos de Andalucía.
María Jesús Montero ha traicionado al campo andaluz, abandonándolo a su suerte mientras presume de gestión desde los despachos, completamente desconectada de la realidad de quienes sostienen la tierra con su trabajo.











