Vox exige una moción de censura al PP mientras bloquea un gobierno alternativo a Sánchez en Andalucía
Ignacio Andrade.- La política española vive instalada desde hace años en una contradicción permanente, pero pocas resultan tan escandalosas como la que protagoniza Vox con respecto al Partido Popular. Santiago Abascal exige a Alberto Núñez Feijóo una moción de censura permanente contra Pedro Sánchez, apelando a la “responsabilidad histórica”, al “deber patriótico” y a la “urgencia nacional”, al mismo tiempo que su partido practica exactamente lo contrario allí donde el PP necesita estabilidad para gobernar. Andalucía se ha convertido en el ejemplo más evidente de esa incoherencia.
Resulta difícil tomarse en serio las lecciones de firmeza institucional de un partido que reclama al PP “dar la batalla” en Madrid mientras utiliza su fuerza parlamentaria para erosionar gobiernos autonómicos del propio PP. Vox parece haber asumido que su estrategia pasa por tensar la cuerda hasta el límite, aunque eso implique debilitar a quienes, en teoría, forman parte del mismo espacio político.
Conviene recordar algo elemental: una moción de censura no es un tuit, ni una consigna, ni un eslogan para agitar a las bases. Se trata de una herramienta constitucional seria que exige coherencia política, capacidad de acuerdo y sentido de Estado. Y precisamente de eso carece quien exige unidad en el Congreso mientras bloquea presupuestos, amenaza pactos y convierte cada negociación autonómica en una subasta pública.
En Andalucía, Juanma Moreno ha construido durante años una imagen de moderación, estabilidad y gestión eficaz que incluso muchos adversarios políticos reconocen. Su liderazgo ha permitido al PP consolidar una mayoría social inédita en una comunidad históricamente dominada por el PSOE. Y, sin embargo, Vox ha optado por dinamitar puentes, elevar el tono y actuar como si su principal enemigo no fuese la izquierda, sino el propio Partido Popular.
La pregunta es inevitable: ¿qué credibilidad tiene Vox cuando exige al PP valentía frente a Sánchez mientras castiga a un gobierno autonómico del PP por no plegarse a cada exigencia ideológica? ¿Con qué autoridad moral se reclama una gran alianza nacional contra el sanchismo mientras se practica una oposición destructiva en los territorios donde la derecha sí puede gobernar?
La respuesta parece evidente. Vox no busca únicamente influir; busca someter. Su estrategia consiste en convertir cualquier apoyo parlamentario en un mecanismo de presión constante, obligando al PP a elegir entre la cesión permanente o el conflicto continuo. La cuestión de fondo es que gobernar no es aceptar chantajes semanales ni vivir pendiente del último órdago político.
Por eso Juanma Moreno haría bien en mantener el pulso. Ceder ante esta dinámica sólo consolidaría la idea de que Vox puede imponer condiciones máximas sin asumir ningún coste político. Y eso terminaría perjudicando no sólo al PP andaluz, sino a cualquier posibilidad futura de construir mayorías estables en España.
Si el bloqueo persiste, incluso repetir elecciones no debería verse como un fracaso, sino como una decisión legítima para devolver la palabra a los ciudadanos. A veces, la estabilidad democrática exige claridad política. . En ese sentido, si un socio parlamentario convierte cada acuerdo en una batalla táctica destinada a desgastar al gobierno más que a fortalecerlo, quizá sea preferible que los andaluces decidan nuevamente qué modelo quieren para su comunidad.
Además, Vox debería reflexionar sobre un riesgo evidente: cuanto más extrema y agresiva sea su estrategia contra gobiernos del PP, más difícil resultará convencer a los votantes moderados de que una alternativa nacional conjunta es viable. No se puede reclamar unidad desde Madrid mientras se practica la demolición desde Sevilla.
La política útil exige coherencia. Si Vox cree realmente que España vive una situación excepcional que obliga a todas las fuerzas del centroderecha a colaborar para desalojar a Pedro Sánchez del poder, entonces debería empezar aplicando ese principio allí donde depende de ellos garantizar gobernabilidad. Lo contrario es oportunismo.
Al final, de tanto tensar la cuerda, Vox se arriesga a que el electorado empiece a distinguir perfectamente entre quien quiere gobernar y quien simplemente necesita el conflicto permanente para sobrevivir políticamente.











