Cuando los terroristas de Hamas y del régimen de Irán felicitan a Pedro Sánchez (Video comentario de Joaquín Abad)
La organización terrorista Hamás ha emitido un comunicado aplaudiendo la decisión del Gobierno de Pedro Sánchez de cesar oficialmente a la embajadora española en Israel, Ana María Sálomon Pérez. Esta medida, reduce la representación diplomática de España en Tel Aviv al nivel de encargado de negocios, cronificando una crisis que se arrastra desde hace meses.
En política exterior existe una regla no escrita pero muy reveladora: a veces es más importante quién te aplaude que lo que tú dices. Y en los últimos días, el Gobierno de Pedro Sánchez se ha encontrado con un tipo de felicitación que debería provocar, como mínimo, una profunda reflexión.
Diversos mensajes y reacciones procedentes del entorno de Hamas y de representantes del régimen de Irán han celebrado públicamente posiciones políticas impulsadas por el Ejecutivo español en relación con el conflicto de Oriente Medio. Que dos actores internacionales conocidos por su enfrentamiento con Occidente y por su historial de confrontación con Israel encuentren motivos para felicitar a un gobierno europeo debería encender todas las alarmas diplomáticas.
No se trata de cuestionar el derecho de España a tener una política exterior propia ni de negar la complejidad del conflicto en la región. La crítica surge por algo mucho más básico: la señal política que se envía al mundo cuando los elogios llegan precisamente de quienes encarnan agendas radicales y profundamente controvertidas en el escenario internacional.
El Gobierno ha defendido sus decisiones como un ejercicio de coherencia con el derecho internacional y la defensa de los derechos humanos. Pero la política exterior no vive solo de intenciones declaradas; también se construye sobre percepciones, alianzas y símbolos. Y cuando quienes celebran tus movimientos son organizaciones armadas o regímenes teocráticos, el problema deja de ser semántico y pasa a ser estratégico.
España ha mantenido durante décadas una posición relativamente equilibrada en Oriente Medio, intentando actuar como interlocutor fiable para distintos actores. Ese papel exige prudencia, precisión diplomática y una conciencia clara de las consecuencias de cada gesto político. Porque en esa región del mundo, cada palabra pesa.
Lo preocupante no es que un gobierno tome posiciones; eso es inevitable. Lo preocupante es que esas posiciones generen entusiasmo precisamente en actores cuya visión del orden internacional choca frontalmente con los principios democráticos europeos.
La política exterior de un país no debería medirse por los aplausos que recibe. Pero cuando esos aplausos proceden de lugares tan problemáticos, ignorarlos o minimizarlos puede ser un error grave.
A veces la pregunta más incómoda es también la más necesaria: si determinados actores celebran tus decisiones, ¿es porque has logrado influir positivamente… o porque consideran que tus pasos les benefician?











