El Padre Custodio Ballester denuncia la muerte del ayatolá Jameneí: “Cualquier ataque contra una figura religiosa debe ser condenado sin matices”
Padre Custodio Ballester.- La agresión o asesinato de cualquier líder religioso —sea cual sea su credo, su influencia o su papel político— constituye uno de los actos más abyectos que puede cometer el ser humano. Atentar contra quien encarna una referencia espiritual para millones de personas no solo es un crimen contra una vida, sino un golpe directo a la dignidad de una comunidad entera. La violencia contra la fe, venga de donde venga, siempre degrada a quien la ejerce, sea quien sea.
En los últimos tiempos, el debate sobre el respeto a lo sagrado ha vuelto a primer plano. La inauguración de los Juegos Olímpicos de París generó una profunda controversia por la utilización de imágenes y símbolos religiosos en un contexto que muchos creyentes consideraron ofensivo. En medio de la polémica, algunas voces inesperadas —como las de Recep Tayyip Erdogan o del propio ayatolá Jamenei— expresaron públicamente su rechazo a lo que percibieron como una burla hacia Jesucristo ( el mayor profeta del Islam después de Mahoma) y María Santísima, a la que los musulmanes reconocen su virginidad . Resultó llamativo que, mientras dos líderes musulmanes alzaban la voz en defensa de figuras centrales del cristianismo, buena parte de la jerarquía católica optara por el silencio o por declaraciones tibias o merengosas. Fue precisamente Jamenei el que recordó que lo sagrado merece respeto, incluso más allá de las fronteras de la propia fe.
Este contraste invita a una reflexión incómoda pero necesaria. ¿Cómo es posible que quienes no profesan la fe cristiana se muestren más firmes en la defensa de sus símbolos que aquellos que deberían ser sus guardianes naturales? ¿Qué explica esta renuncia a la valentía moral en un momento en que la fe es objeto de burla pública?
La defensa de lo sagrado no debería depender de afinidades políticas ni de conveniencias diplomáticas. Tampoco debería ser monopolio de una religión concreta. Cuando un líder religioso —sea un papa, un patriarca, un rabino o un ayatolá— denuncia una ofensa contra lo trascendente, está recordando que existen límites que una sociedad verdaderamente plural debe respetar. Y cuando se atenta contra uno de ellos, se cruza una línea que degrada a todos.
Por eso, cualquier ataque contra una figura religiosa debe ser condenado sin matices. No hay causa, ideología o resentimiento que justifique un acto tan vil. La violencia contra lo espiritual es siempre un síntoma de decadencia moral, y la indiferencia ante ella, una forma de complicidad.
La confirmación oficial de la muerte del ayatolá Alí Jameneí en los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Teherán ha sacudido al mundo. No solo por la magnitud geopolítica del hecho, sino por lo que significa moralmente: asesinar a un líder religioso es uno de los actos más canallas y abyectos que puede cometerse. No hay causa, estrategia militar ni cálculo político que pueda justificar un crimen que hiere a millones de creyentes y degrada la dignidad humana en su raíz.
La muerte violenta de Jameneí —un hombre cuya figura política podrá ser discutida, pero cuya condición de líder religioso es indiscutible— obliga a mirar de frente esta contradicción. Porque quien defiende lo sagrado ( iglesia, mezquita, sinagoga o mausoleo), aunque no sea de su propia tradición, está defendiendo algo que pertenece a todos: la dignidad de lo trascendente, el derecho de los pueblos a que su fe no sea humillada, la convicción de que hay límites que ninguna sociedad debería cruzar.
Y quien calla ante la blasfemia, pero se escandaliza solo cuando la violencia toca a los suyos, demuestra que su brújula moral no apunta al cielo, sino a la conveniencia.
Hoy, mientras millones de iraníes y de chiitas lloran a su líder espiritual y el mundo contiene la respiración ante la escalada bélica, conviene recordar una verdad sencilla: la violencia contra un líder religioso es siempre una derrota de la humanidad entera. Y el silencio ante la profanación de lo sagrado, venga de donde venga, es una forma de complicidad o, al menos, de connivencia con el mal.
Tal vez el ayatolá Jamenei se haya encontrado ya con la misericordia de su Redentor, y pueda escuchar esas divinas palabras suyas, que son Espíritu y son vida: “Aquel que dé la cara por mi ante los hombres, también yo daré la cara por él ante mi Padre celestial” (Juan 12).
Y luego el Fiscal del odio dirá que los islamófobos somos nosotros.












