EL emérito supo nadar y guardar la ropa
Aún estamos queriendo entender lo que estuvo claro y sigue estándolo. Ríos de tinta han corrido y seguirán corriendo sobre este golpe de Estado que se realizó cogido con pinzas y con una carga de soberbia desmedida de algún que otro protagonista.
Soplaban vientos revueltos. El ambiente se mascaba agrio en cada gesto de los protagonistas de la actualidad político-social del momento; por un lado, la repulsa generalizada de la derecha más fiel al régimen ante la legalización de un Partido Comunista liderado por Santiago Carrillo, que, con una peluca y fumando como un carretero, había entrado de forma ilegal por la frontera de La Junquera, revolucionándolo todo; por otro, la obligatoriedad histórica que soportaban sobre sus hombros un falangista de papeles, como era Adolfo Suárez, y un abnegado general y vicepresidente de aquel gobierno semidemocrático, Manuel Gutiérrez Mellado, que se comprometieron a conducir este país «en paz» hacia la democracia, con los españolitos de a pie ávidos de libertades.
Yo era uno de esos jóvenes españolitos. Entraba con un magnífico Ford Fiesta a Madrid, a la altura de Pinto, cuando por la radio oí esos tiros que acababan de pegar los guardias civiles que acompañaban al alhaurino teniente coronel Antonio Tejero. Para no alargarme en esta histórica coincidencia en mi vida, os lo resumo: ese día iba a pegarme la fiesta con los compañeros del Grupo Regional de Sanidad Militar nº 1, que nos licenciábamos al día siguiente, y terminé conduciendo una ambulancia Citroën GS en todo el “follón”. Tengo una imagen muy clara de cómo me temblaba el pie del embrague.
Con esto no os quiero transmitir que estuviese más informado que vosotros, que estabais en casa, ya que hasta el jefe de día le pedía a mi capitán que yo escuchase la radio para enterarnos de algo. Nadie sabía quiénes eran los buenos y los malos.
Mi rotunda valentía me decía al oído que, si allí sonaba un tiro más, yo me iba con la magnífica ambulancia a mi casa de Huelin. ¿Quién me iba a parar con la sirena puesta? Total, que al final me tocó chuparme toda esa locura. No ya en barrera, sino en el callejón.
Para el tendido, y sobre todo — para los jóvenes que se atrevan a leer a este carrozón — os contaré lo que allí pasó de forma esquemática, para no aburriros.
Hubo un listo, un protagonista inteligente por encima de los demás, que fue nuestro actual Emérito, el entonces Rey Juan Carlos I. Este despabilado de toda la vida — como después nos ha demostrado — supo nadar y guardar la ropa de forma magistral. Por un lado, tenía en su mano al presidente Suárez, al vice Gutiérrez Mellado y al entonces jefe del Estado Mayor del Ejército, José Gabeiras, a los que colocó en el lado liberal de la tragicomedia, con quienes tuvo contacto continuado durante todo ese período convulso de la Transición; y, por el otro, a los perdedores a posteriori.
Esos perdedores no actuaban con nuestro magnífico emérito más distantes que los “buenos”, sino con la misma cercanía. A ellos los situó en el otro lado, en ese sitio que deberían ocupar en caso de que el golpe triunfase. Esos, que al final resultaron los pardillos, fueron el malagueño Antonio Tejero, teniente coronel de la Guardia Civil (30 años) —para quien no era su primera conspiración, pues ya había participado en la fallida Operación Galaxia en 1978—; el capitán general Jaime Milans del Bosch, que decretó el estado de guerra, sacó los tanques a la calle y ocupó puntos estratégicos de la ciudad esperando que otras regiones hicieran lo mismo; y el coronel José Luis Cortina, que terminó siendo absuelto por sus actuaciones.
También en el bando de los damnificados, nuestro emérito tuvo un comodín útil: el general Alfonso Armada, situado en ese terreno complicado que los estrategas llaman “arenas movedizas”, que tuvo que verse animando a Milans para actuar y, al rato, intentando convencer a Tejero de que cesase su actuación en el Congreso. Eso sí, una vez se había enterado de que los demás capitanes generales habían dejado a Milans del Bosch más tirado que Adán el Día de la Madre.
Pues ese es mi resumen.
Nuestro emérito lo bordó. Nadó y guardó la ropa sin que le salpicase ni una gota. Un crack.
Estoy completamente convencido de que, si hubiese ganado el golpe, Armada habría sido —como pretendía— el presidente de un gobierno “de concentración” que integrara a civiles y militares, y nuestro Juan Carlos, a la postre, nos hubiese llevado igualmente a la democracia. Tuvo tiempo de planearlo todo durante años, peloteando al bajito de los “huevos como melones”.
Por esto que os voy a contar, seguro que mi hija Carmen diría que soy un pesado repetitivo. Ojalá me lea.
Bien, esta es solo la versión de un españolito de a pie que vivió circunstancialmente esta tragicomedia desde el callejón y que os pide que no sentenciéis a ningún actor sin tener en cuenta lo que nos decía José Ortega y Gasset en Meditaciones del Quijote:
«Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».
De forma muy breve, la idea significa que la identidad personal no puede separarse del contexto histórico, social y vital en el que uno vive: el individuo y su entorno forman una unidad inseparable.
¿Qué hubieses hecho tú en la circunstancia de cualquier actor?
«Elige uno».











