¿Euroasiático?
Putin, y muchos más, definen a Rusia como una entidad euroasiática. Esto no tiene pies ni cabeza. Decir europeo es decir algo, a pesar de la gran diversidad de naciones implicada, pues existen rasgos culturales de fondo comunes. Se puede hablar así de una civilización europea. Pero en Asia no existen tales rasgos entre China, India, Irán y la parte islámica en general, por no hablar de otras civilizaciones menores. Rusia no es tampoco “eurochina” ni “eurotártara”, aunque los mongoles hayan influido algo en ella; pero los mongoles no representaban “lo asiático”. La base de la cultura rusa es cristiana, como en el resto de Europa, y aunque ha seguido una historia particular y en gran parte separada, en el siglo XIX se incorporó a la corriente principal, ideológica, y creó una cultura original, pero evidentemente europea.
En el término “euroasiático”, la parte “asiática” reviste un contenido esencialmente negativo, denigratorio. Rusia tendría algo de “europea”, un término eminentemente positivo (aunque muy corroído desde la SGM, casi como sinónimo de decadencia); pero asiático sería simplemente sinónimo de despótico y brutal. Zelenski basa toda su demagogia en ese aserto: los ucranianos son europeos, y los rusos apenas lo son, por lo que su misión consiste en extirpar de Ucrania lo propiamente ruso, incluida su gran literatura.
La OTAN, es decir, su cúpula angla, ha cultivado desde el principio la idea de una Rusia no europea, por lo tanto una amenaza, de la que habría que defenderse agresivamente aunque las principales guerras del siglo XIX y XX fueran grandes invasiones de la parte occidental sobre Rusia, cosa que ha creado en ella la obsesión inversa, de la amenaza occidental.
Existe una semejanza menor, pero no desdeñable con respecto a España, considerada a menudo al norte de los Pirineos como solo a medias europea, medio africana o cosa por el estilo (lo de “africana” en el mismo sentido denigratorio y absurdo que “asiática”). Un intencionado absurdo muy cultivado por los separatismos y por el europeísmo cañí, a los que debemos en el siglo XX la amenaza de disgregación, de sovietización, y una efectiva guerra civil.











