Sánchez no tiene piedad ni con sus lacayos
Antonio Naranjo.- La dimisión del delegado del gobierno en Madrid comenzó en El País, lo que ya indica las intenciones: se ha querido vender que renuncia por no ir en las listas del PSOE tras haberse pronunciado tímidamente en favor de una candidata díscola a la alcaldía de Madrid, alternativa a la pobre Reyes Maroto, la que le iba pidiendo ayuda a Aldama para que su partido le hiciera caso y la metiera en alguna candidatura; que la política es dura, pero peor es trabajar.
La manera de contar el adiós del olvidable Francisco Martín ya delata la verdadera razón de su estampida: como decir la verdad sería muy duro, vamos a inventarnos una trola verosímil en un periódico amigo, a ver si cuela.
Pero no cuela. Martín ha sido uno de los más contumaces monaguillos de Sánchez, un contumaz fontanero del líder de la secta que ahora ve cómo todos sus pecados están en el juzgado y con pinta de acabar muy mal para los afectados.
Él fue uno de los gestores del «Bancal de rosas», el nombre cursi que le pusieron al presunto chanchullo para lograr dinero de dudosa procedencia, nunca justificada, y pagarle las primarias al patrón. Aquello lo presentaron como un espontáneo movimiento ciudadano de generosos donantes a Sánchez, pero todo indica que en realidad fue la estratagema para camuflar el pastizal puesto sobre la mesa por el suegro proxeneta o el padre de Calviño, entre otros financiadores desconocidos que la Audiencia Nacional quiere ahora conocer tras casi una década de oscurantismo en el PSOE.
Y él es, también, el ejecutor de la vergonzosa decisión de la Moncloa de permitir la invasión de la Puerta del Sol, el acoso a la sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid y la violencia que en ese entorno se ha ido generando día a día, con la complicidad por acción u omisión de quien, a sabiendas de que podía incurrir en un delito, anteponía el estricto cumplimiento de las órdenes mafiosas recibidas a la aplicación innegociable de la ley.
Martín, que también fue secretario general de la Moncloa, se va por miedo a las consecuencias de su dejación de funciones dolosa o le echa Sánchez para que él solito se coma el castigo derivado de ese proceder, en un caso muy similar al del delegado del Gobierno en Ceuta: tras prestarse a presentar la invasión como una crisis humanitaria y a tapar las evidencias documentales de que desoyeron los avisos previos, le dejaron caer cuando ya era imposible sostener las mentiras.
Martín ha sido un títere de Sánchez y como tal termina, sea por miedo a una condena o por miedo de sus superiores a que el castigo vaya más allá de él. En los dos casos, la moraleja es la misma: Sánchez utiliza primero y abandona después incluso a quienes más lejos han llegado en su fe ovina, su obediencia ciega y su prevaricación moral, institucional y ya veremos si penal por ayudar al señorito. Que tomen nota el resto de apóstoles del catecismo sanchista: Roma no pagaba traidores, pero Moncloa no protege a lacayos.











