Pedro Mélenchon Castejón
El 11 de octubre, en un mitin en Ponferrada, Pedro Sánchez pidió al Supremo que frenara el «intento de atropello de Núñez Feijóo y Abascal» por la «ley de nietos». Sin embargo, el recurso que, finalmente, ha suspendido el voto de más de 160.000 nacionalizados lo presentaron Iustitia Europa y Vox y no el PP, que no realizó ninguna iniciativa judicial, pero Sánchez lo ha situado en el centro del conflicto.
No se trata de un lapsus, es el resumen de la estrategia de campaña que ayer repitió cuando afirmó, en otro acto electoral, que «el PP es el envoltorio y Vox el regalo». Una vez que el Supremo se ha pronunciado y que la información sobre Montse Mínguez haya achicharrado a la vivienda como eje de campaña, el discurso ha virado.
El PSOE lleva años usando a Vox para movilizar a la izquierda y anudar al cuello del PP un lastre que le impide crecer en votos. En 2023 le funcionó porque, aunque el PSOE perdió las elecciones, consiguió formar gobierno y, lo que es más importante, transformó el objetivo de ganar las elecciones que tiene cualquier partido de gobierno, por el de lograr la investidura, aunque sea perdiendo en las urnas.
Sánchez no busca el centro, sino que intenta vaciarlo fundiendo al PP y a Vox en un solo producto, «Derechas o Derechos» no es un mero eslogan, es el manual electoral que sigue a pies juntillas.
La mecánica de la competición es la que Francia conoce bien, con el pulso entre Mélenchon y Le Pen, en el que los dos polos se necesitan para movilizar a los suyos mientras el centro se queda sin espacio. Abascal es el mejor jefe de campaña del PSOE y Sánchez la mejor caña de pescar votos que tiene Vox.
En 2023, Vox había sacado el 12,4%, por lo que era lo bastante grande para asustar y demasiado pequeño para decidir, el espantajo había hecho su trabajo. Pero, las condiciones de entonces no se dan en 2026. La media de encuestas de mediados de octubre sitúa a Vox cerca del 19%, unos seis puntos más que hace tres años, y a PP y Vox en torno a los 200 escaños, muy por encima de la mayoría.
Con esas cifras, polarizar deja de ser un muro de contención y pasa a ser un acelerador. Ya no impide que la derecha sume, sino que decide cuánto pesará Vox dentro de esa suma. Cada voto que Sánchez empuja hacia Abascal al presentarlo como el gran adversario.
Ya no resta escaños al bloque de la derecha, tan solo cambia el reparto interno y aumenta la capacidad de Vox para condicionar a Feijóo. La estrategia que servía para bloquear puede terminar decidiendo cómo será el próximo gobierno.
El episodio de los nietos es otro ejemplo. En tanto que reparar a los descendientes del exilio es un objetivo razonable y pocos lo discuten, el problema está en la instrucción administrativa de 2022, que dio por supuesta la condición de exiliado a cualquiera que hubiera salido de España entre 1936 y 1955, sin exigir que acreditara el motivo.
El resultado es que el censo exterior ha crecido en unos 420.000 electores desde 2023 y el Supremo vio indicios suficientes para suspender cautelarmente el voto de 163.000 personas. Mantuvo esa decisión frente al criterio del Gobierno y de la Fiscalía, y esta semana ha exigido la lista nominal de afectados en cinco días.
Un gobierno prudente habría acatado la decisión, revisado los expedientes y esperado a la sentencia de fondo. Este ha llevado el asunto a los mítines, ha elevado los afectados de 163.000 a 400.000 y lo ha planteado como un dilema emocional entre los nietos del exilio y los del franquismo.
El resultado favorece a los dos polos. Sánchez gana una causa con la que movilizar, y Vox gana protagonismo y el papel de defensor de unas elecciones «sin fraude». El PP queda en medio, sin papel en la historia.
Anthony Downs explicó en 1957 que, cuando compiten dos grandes partidos, ambos tienden a acercarse al votante mediano, porque las elecciones se ganan en el centro. Sánchez va en sentido contrario, no compite por ese votante, sino que intenta que deje de contar, empujándolo a elegir entre dos miedos.
La mayoría de los españoles no se reconoce ni en Mélenchon ni en Le Pen. Es a ellos a quienes Sánchez quiere dejar sin papeleta, porque si el 29N la pregunta es «Sánchez o Abascal», Sánchez habrá ganado aunque pierda.










