Antonio José Galán, desde el tendido del cielo
VR.- Dicen que los muertos no se van del todo, que permanecen escondidos tanto en las cosas que amaron como en las palabras que nos enseñaron y en los gestos que heredamos de ellos sin darnos cuenta. Dicen que los muertos siguen viviendo en una manera de mirar, en una costumbre, en una frase que repetimos, en una fotografía que de pronto vuelve a doler. Y quizá también permanezcan en los ruedos.
Hay genios que perviven, hombres que mueren, pero cuya sombra sigue caminando por la arena.
Aquella tarde en Tarifa, cuando David Galán se abrió de capote, cuando el toro rompió el silencio del ruedo y la tarde comenzó a llenarse de ese misterio que solamente entiende quien ha sentido alguna vez la emoción de una plaza, quizá alguien, desde muy arriba, se asomó.
Sí, Antonio José Galán estaba allí. No estaba en una barrera ni en un callejón ni detrás de una puerta de cuadrillas. Antonio José estaba en el tendido más alto de todos: en el tendido del cielo… Y desde allí miraba orgulloso a aquel hijo al que un día sostuvo entre sus brazos y al que la vida le arrebató la posibilidad de acompañar durante tantos momentos que un padre habría querido vivir.
Lo miraba ahora vestido de luces y seguramente, por un instante, el tiempo dejó de existir, porque para un padre no hay distancia capaz de borrar la imagen de un hijo. Ni siquiera la muerte.
Por encima de ser un buen torero, la gloria consiste en ser digno de haber sido hijo. Y David lo es. De uno de los más grandes.
Más aún: ha conseguido que su padre pueda sentirse orgulloso no solamente del hijo que soñaba con ser hombre para hacerse torero, sino del hombre que hoy es capaz de recuperar al niño feliz que sigue llevando dentro.
Ésa y no otra es la verdadera gloria de Antonio José Galán, no que su apellido siga sonando en los carteles ni que su hijo haya recogido el testigo, sino que aquel hombre al que un día dio la vida y que haya sabido hacer con ella algo hermoso.
Fue entonces, cuando la última luz de la tarde se perdió sobre Tarifa y el ruedo quedó vacío, cuando quizá Antonio José se levantó lentamente de su tendido y acaso mirara una última vez hacia abajo, hacia su hijo.
Antes de regresar a ese lugar que es como un océano celeste sin orillas, le lanzó, como se lanzan flores a los toreros durante sus tardes de triunfo, unas últimas palabras.
No fueron muchas, ya que los grandes sentimientos nunca necesitan demasiadas. “David, yo te di la vida, pero tú me has dado una razón para seguir viviendo en ella. Mientras tú sigas toreando, mientras sigas siendo el hombre que eres… yo no habré muerto del todo. Y ahora sí, hijo, puedo irme tranquilo porque mi mejor faena no la hice yo. La hiciste tú”.
Y quizá entonces, por un instante, el cielo entero se quedó en silencio, como una plaza cuando el torero, después de la última muleta, se queda solo frente al toro. Solo. Muy solo, pero nunca tanto como parece, porque en algún lugar invisible de aquella tarde de Tarifa, un padre contemplaba a su hijo. Y así, mientras David toreaba abajo, Antonio José Galán, desde el tendido del cielo, lloraba arriba, pero no de tristeza; lloraba de orgullo, el orgullo de que David haya conseguido convertir su vida en una obra propia, en un permanente magisterio moral en su papel de hijo, de padre, de esposo, de amigo de sus amigos… De torero.
Se puede ser un buen médico, un buen periodista, un buen artista, pero todo ello carecería plenamente de valor si al mismo tiempo no se honra la condición humana ni el compromiso ético con las cosas que son importantes. David honra ambas cosas.
Por eso no me es difícil imaginar a Antonio José hablando desde el cielo, sin solemnidad, sin grandes discursos, como hablan los padres cuando se les rompe la voz de orgullo: “Hijo, yo sabía que ibas a llegar lejos, pero no sabía que llegarías tan alto”.
Y quizá David, sin saber por qué, sintió un escalofrío: hay emociones que no necesitan explicación y presencias que no necesitan cuerpo, así como hay abrazos que llegan desde lugares donde ya no existen los brazos.
Y así, mientras la tarde de Tarifa iba cayendo lentamente sobre la plaza, quizá Antonio José volvió a mirar a su hijo y descubrió que el tiempo le había regalado una última alegría. Verlo allí, de luces, con su carisma a raudales, sublime frente al toro “Triunfador”, con la responsabilidad de un apellido a la espalda y la libertad de un hombre bueno por bandera.
Seguramente pensó que todo había merecido la pena: los años, los sacrificios, los sueños. Pero sobre todo, la satisfacción del triunfo de un padre cuando percibe en su hijo la preciosa razón de que él haya existido.












