El eclipse que no queremos ver
Julio Bronchal Cambra.- España estuvo semanas organizándose en torno a minuto y medio de oscuridad. Hoteles agotados en Galicia, en Zamora, en Baleares; autobuses fletados desde ciudades que están a ochocientos kilómetros de la franja de totalidad; familias que recocolocaron las vacaciones enteras en función de una efeméride astronómica; y una fiebre por las gafas homologadas que convirtió un trozo de mylar en objeto de reventa. El día 12, un país entero miró hacia arriba a la vez. Conviene preguntarse por qué.
Porque lo llamativo no es el eclipse: es el entusiasmo. Estamos ante el fenómeno más previsible del universo. Los sacerdotes egipcios ya sabían anticiparlo hace milenios y lo administraban como prueba de su poder: quien conoce el calendario de los cielos gobierna a quien solo conoce el del trigo. Nada hay de misterioso en que la Luna se interponga entre la Tierra y el Sol. Y sin embargo despierta una pasión que ya no despierta ninguna otra cosa de las que aún compartimos.
Quizá ahí esté la primera clave: en el «compartimos». Vivimos en una sociedad empeñada en fragmentarse. El discurso dominante lleva años dedicado a trocear al ciudadano en identidades cada vez más estrechas —la orientación sexual, la identidad de género autopercibida, el agravio heredado de la bisabuela—, hasta convertir lo común en sospechoso, la nación en un constructo y la palabra «nosotros» en una agresión. Se ha elevado lo accesorio a la categoría de esencia: cada español ha sido invitado a definirse por aquello que lo separa del vecino y a renunciar a todo lo que lo unía a él. El resultado es una nación de átomos, cada uno con su bandera minúscula y su ministerio correspondiente. Y de pronto aparece algo que no admite subdivisión: la sombra de la Luna no distingue colectivos ni pide credenciales identitarias, no consulta el registro de agravios ni exige lenguaje inclusivo. Bajo un eclipse no hay minorías; hay gente mirando hacia arriba.
Sospecho que buena parte del fervor no es astronómico, sino nostalgia de pertenecer a algo más grande que uno mismo, necesidad humana que ninguna ingeniería social ha conseguido derogar.
La segunda clave es de mayor calado y tiene que ver con lo religioso. Una sociedad que ha expulsado la trascendencia por la puerta la ve regresar por la ventana, y casi siempre disfrazada. El asombro ante lo cósmico, la conciencia súbita de nuestra pequeñez, el silencio que —dicen quienes lo han vivido— se hace en la totalidad: eso no es ciencia, es liturgia. Hay fecha señalada, hay peregrinación, hay vestidura ritual, hay congregación y hay recogimiento.
Neopaganismo puro: liturgia sin teología y culto sin exigencia moral, exactamente igual que el ecologismo penitencial o que tantas religiones de sustitución que toleramos precisamente porque no nos obligan a nada. Al hombre contemporáneo le han quitado la catedral y le han dejado el asombro; se arrodilla ante la Luna porque ya no se le permite arrodillarse ante nada más. No ha dejado de ser religioso: ha dejado de ser creyente, que no es lo mismo.
Y hay una tercera razón, menos comentada. En un país donde nada llega a su hora —ni las sentencias, ni las infraestructuras, ni las explicaciones—, el eclipse es la única cita que se cumplió al segundo. Está anunciado con precisión de siglos y no dependerá de una rueda de prensa, de una negociación ni de un socio parlamentario. Hay algo profundamente consolador, asistir a una promesa que se cumple.
Después de tanto desengaño, uno acude a la Luna porque la Luna, al menos, es puntual.
Todo lo cual no impide la nota cómica: media España cruzará la Península para contemplar el prodigio a través de la pantalla de un teléfono, con lo que habrá recorrido mil kilómetros para ver peor aquello que se veía mejor a simple vista. También el asombro se ha vuelto contenido.
Pero admitida la belleza del asunto, permítanme la impertinencia. Nos hemos volcado con un eclipse que dura dos minutos y no nos inquieta lo más mínimo el otro, el que lleva décadas avanzando y no figura en las efemérides. El eclipse de una civilización hispánica que ha decidido avergonzarse de sí misma; de una lengua que se pide perdón por existir; de una historia que se enseña como expediente penal; de un país que ha resuelto que su identidad es un prejuicio del que conviene curarse cuanto antes. Ese eclipse no trae gafas homologadas, entre otras cosas porque a nadie le conviene que se mire directamente.
Y mientras tanto, los bárbaros llaman a la puerta. No hace falta el eufemismo: llaman, y llaman fuerte, y no vienen a integrarse en una casa cuyos dueños les explican, nada más abrir, que la casa nunca fue gran cosa y que sus cimientos son un crimen. Ninguna civilización ha sido nunca vencida por quien llama a la puerta: la vencen los de dentro, cuando ya no encuentran razón alguna para no abrirla del todo.
Cavafis lo escribió mejor que nadie: la ciudad esperaba a los bárbaros y descubrió al final que los bárbaros ya no venían, porque la ciudad se
había rendido antes de que llegaran y ya no quedaba nada que conquistar.
Nosotros vamos camino de la variante hispánica del asunto, con la particularidad de que aquí la sombra no la proyecta ningún cuerpo celeste, sino un gobierno al que cabe llamar lunar en todos los sentidos del término: opaco, satelital, sin luz propia y aplicadísimo en interponerse entre nosotros y el sol que nos alumbró durante quince siglos.
Del eclipse del día 12 saldremos en minuto y medio. Del otro, nadie ha calculado todavía la duración de la totalidad.
*Julio Bronchal Cambra es psicólogo forense y perito judicial.











