O se impone la excelencia o la masa acabará con la Fiesta Nacional: Las Ventas ya no premia el toreo, premia la histeria colectiva
Diego Fuentes.- Lo más preocupante que está ocurriendo en Las Ventas no es la falta de toros bravos ni la escasez de figuras capaces de jugarse el prestigio. Lo verdaderamente alarmante es otra cosa: la demolición progresiva del criterio. La sustitución de la exigencia por el entusiasmo automático. La conversión del público en una masa emocional incapaz de distinguir una faena grande de una faena simplemente aparente.
Hoy se piden orejas por series despegadas, por circulares sin mando, por faenas largas y vulgares rematadas con una estocada eficaz. Da igual la profundidad, la colocación, el sometimiento o la verdad. Basta con el ruido. Basta con que alguien agite un pañuelo para que media plaza se entregue al delirio de premiar cualquier cosa.
Y ahí está el gran drama: cuando el premio pierde valor, también lo pierde la propia Fiesta.
Las Ventas fue durante décadas la última frontera del rigor. La plaza donde el torero sabía que no bastaba con pegar pases. Había que torear. Había que poderle al toro. Había que emocionar desde la verdad y no desde la propaganda emocional que hoy domina tantos tendidos.
Pero ahora la presión popular parece haber sustituido al juicio crítico. El público ya no analiza: reacciona. Y una plaza gobernada por impulsos deja de ser una plaza de aficionados para convertirse en un estadio de consumo emocional.
Por eso el tendido 7 tiene hoy una responsabilidad histórica. No basta con protestar al palco de vez en cuando ni con lanzar algún “¡fuera!” aislado. Debe plantar cara a esta deriva antes de que sea irreversible. Debe imponer otra vez la cultura de la exigencia frente a la dictadura de la complacencia.
Porque sí: la mayoría muchas veces se equivoca. En los toros y en casi todo. La verdad del toreo nunca fue democrática. Jamás dependió del número de pañuelos, sino de la autenticidad de lo que ocurría en el ruedo. Las grandes faenas de la historia no necesitaron campañas colectivas de entusiasmo: se impusieron por su profundidad, por su pureza y por su capacidad de permanecer en la memoria.
Cuando una plaza pide trofeos con esta facilidad obscena, no está defendiendo la Fiesta: la está vaciando de contenido. Está rebajando el significado del triunfo hasta convertirlo en una costumbre vulgar.
Y una Fiesta sin jerarquías, sin rigor y sin verdad acaba convertida en caricatura.
O vuelve la excelencia, o la masa terminará devorando aquello que cree amar.











