Rajoy, el delito de decir lo que muchos piensan
AR.- No deja de resultar llamativo que, en una democracia que presume de pluralismo, haya cuestiones que no puedan siquiera formularse sin que se active el mecanismo del escándalo. Mariano Rajoy ha vuelto a comprobarlo. Bastó una reflexión sobre la presencia en la selección francesa de fútbol de una mayoría de jugadores de origen extraeuropeo para que una parte de la clase política y mediática se lanzara a un nuevo ejercicio de condena preventiva, sustituyendo el debate por el anatema.
La polémica nace de una cuestión que, en realidad, es mucho más profunda que el fútbol. ¿Qué es una nación? ¿Es únicamente una estructura jurídica sustentada por un pasaporte y una Constitución? ¿O existe también una dimensión histórica, cultural e incluso genealógica que explica la continuidad de un pueblo a lo largo de los siglos?
Para el pensamiento dominante, la respuesta parece sencilla. Una nación sería únicamente una comunidad política definida por un Estado y una ciudadanía. Quien posee la nacionalidad francesa es francés; quien posee la española es español. Punto final.
Sin embargo, esa no ha sido la única manera de entender la nación a lo largo de la historia europea. Desde Herder hasta Renan, pasando por multitud de pensadores de muy distinta orientación, la nación ha sido concebida como una realidad histórica, fruto de una continuidad generacional, de una lengua, unas costumbres, una memoria compartida y una herencia cultural y biológica transmitida durante siglos.
Esa concepción no convierte la ciudadanía en irrelevante, pero sostiene que una nación no nace de un decreto administrativo. Los Estados pueden crear documentos; los pueblos tardan siglos en formarse.
Desde esa perspectiva, cuando algunos observan que buena parte de la selección francesa está integrada por jugadores cuyas familias proceden recientemente de otros continentes, no están negando su condición legal de franceses. Lo que plantean es otra cuestión: si la identidad nacional puede reducirse por completo a la ciudadanía o si existe también una dimensión histórica, cultural y familiar que merece ser tenida en cuenta.
Puede compartirse o rechazarse esa visión, pero lo que resulta intelectualmente pobre es declarar ilegítima la pregunta.
Lamentablemente, el verdadero problema de nuestro tiempo no es la discrepancia, sino la censura social. Hay opiniones que pueden expresarse sin coste alguno y otras que, aun formando parte de una tradición política e intelectual perfectamente reconocible, son inmediatamente etiquetadas como intolerables.
Ese clima empobrece la libertad intelectual. Así, si solo puede defenderse una determinada idea de nación, entonces ya no estamos ante un debate, sino ante un dogma.
Europa atraviesa una transformación demográfica de enorme magnitud. Negar que ese fenómeno plantea interrogantes sobre la identidad colectiva no hará desaparecer esos interrogantes. Al contrario: solo conseguirá que el debate se traslade a espacios donde la moderación y los matices brillan por su ausencia.
Quizá el error de Feijóo no haya sido abrir una discusión inconveniente, sino hacerlo en un momento en el que determinadas élites consideran que algunos conceptos —patria, nación, raíces, continuidad histórica— deben permanecer fuera del debate público.
Pero las naciones no dejan de existir porque se prohíba hablar de ellas, ni la libertad de una sociedad se mide por la facilidad con la que se aplauden las opiniones mayoritarias, sino por la posibilidad de defender, sin miedo al linchamiento, ideas que discrepan del consenso dominante.
Discutir qué constituye una nación no es un acto de intolerancia. Es una de las cuestiones políticas más antiguas de Occidente. Lo preocupante sería que dejara de poder discutirse. Desde esa perspectiva, cualquier ciudadano tiene todo el derecho a sostener que la identidad nacional no se reduce exclusivamente a un documento administrativo, sino que es el resultado de una continuidad histórica que trasciende a cada individuo.
Por otro lado, la hipocresía en torno a esta polémica es aún mayor si imaginamos qué diferente habría sido la actitud de los detentadores del pensamiento único si algún dirigente progresista hubiese afirmado que la selección española juega sin apenas españoles dada la presencia mayoritaria de futbolistas vascos y catalanes. Probablemente los mismos inquisidores de Rajoy apelarían entonces a la libertad expresiva y los aplausos se escucharían hasta en Francia.











