El camelo de Bardem con la selección
Mayte Alcaraz.- Debe ser que este verano achicharrante me ha derretido alguna neurona; el caso es que viendo las imágenes del partido de cuartos en Los Ángeles en el que España derrotó a Bélgica me dio un brinco el corazón: en una de las fotos tomadas en la grada del SoFi Stadium estaba él, el talentoso Javier Bardem, acompañado de Penélope Cruz, y departiendo con Brad Pitt sobre los pormenores de la eliminatoria. Vestido con la camiseta del conjunto español que horas antes le había regalado nuestro delantero, Borja Iglesias, un rendido admirador del actor y de sus causas como la del colectivo LGTBI, Javier festejaba como un niño los goles del combinado de De la Fuente. Por un momento soñé que nuestro más internacional intérprete, cuya talla es indiscutible, no era el campanudo activista de causas perdidas; fantaseé con que, como Jean Valjean en Los Miserables de Víctor Hugo, había «entreabierto la puerta del bien», había dejado de tomar el pelo al respetable defendiendo valores que él está lejos de cultivar en su vida privada y, sobre todo, imaginé que no usaba los altavoces que su fama le brinda para insultar a media España, donde tenía admiradores a los que ha ido echando de su lado a base de llamarlos «fascistas», aquellos a los que ha enviado, con la punta de su pie oscarizado, al otro lado del muro que construyó Pedro Sánchez.
Es verdad que el 2 de julio había acudido al partido contra Austria sin la camiseta roja ni ningún símbolo de apoyo al equipo nacional, cuando días antes se había dejado ver con la equipación del París Saint-Germain en un partido de la liga francesa. Bueno, justo es rectificar. Pero la alegría dura poco en la casa del pobre que se cree al Bardem respetuoso con los que no piensan como él. No ha tardado en explicar por qué se ha adornado con los símbolos de España. Y, de nuevo, no ha defraudado a los que le tenemos en el podio del sectarismo. En sus redes sociales ha vuelto a colocar el mitin de siempre. Asustado, seguramente, de que le confundieran con alguien que ama su bandera sin aplicarle brochazos de demagogia, ha tenido la burra que volver al trigo. Ha explicado que se puso la camiseta de la selección porque «son los colores de la España plural y progresista que no teme a su propia diversidad».
La turra de siempre a favor de la diversidad cultural, lingüística y territorial. Es que no le ha faltado ni uno de sus habituales aditamentos para hacerse perdonar que es español. Y nos ha recordado que quien no defienda esa España que él quiere imponer no es merecedor de su consideración. Hasta se permite darnos lecciones de patriotismo –dice que no consiste en imponer una única forma de entender la nación– el mismo que arrastra a su país por el lodo en cuantas entrevistas le hacen en la prensa extranjera, con la consiguiente repercusión a escala internacional. Lo último que esputó sobre esa España que dice enarbolar fue en Cannes, donde afirmó que «vengo de un país muy machista llamado España».
Lo cierto es que no le merecemos. Él, que levita en aviones privados como quintaesencia del ecologismo posmoderno, que se moja el meyba en las mansiones más elitistas de Los Ángeles, que viste trajes de Armani que tejen trabajadores que, con toda seguridad, disfrutan de derechos sociales y vacaciones pagadas, se le queda pequeña la tierra que le vio nacer. Que es, siguiendo su sagrado magisterio forjado en universidades que nunca pisó y en libros que jamás leyó, una vieja tierra habitada por un hatajo de fachas cavernícolas que tienen a la mujer atada al fregadero y a los homosexuales colgados de las grúas, cosa que no pasa en los territorios donde manda Hamás, ese grupo que tanto respeta integrado por benefactores muchachos que solo miran por el bien de Palestina y luchan, con tirachinas de algodón de azúcar, contra el satán de Netanyahu.
Es que a Javier le indigna, y no lo puede ocultar, que los españoles no votemos en masa a la izquierda, esa patria de los desheredados a la que él sirve desde dachas en Malibú y del brazo de su mujer, Penélope, a la sazón imagen de Chanel, una ONG que –como todo el mundo sabe– dedica sus ingentes plusvalías a dar de comer en los comedores sociales de Vallecas. Nunca he entendido qué mecanismo mental les impele a ciertos personajes del espectáculo a creer que a los demás nos interesa lo que piensen o lo que puede verter su bilis sobre sus potenciales clientes en la sala de cine o en el patio de butacas del teatro. Ser un actor soberbio como es Bardem, reconocido en Hollywood, esa meca del proletariado que le forra el riñón, no le da derecho a sentar cátedra con media docena de clichés comunistas que mamó en casa y, menos que nada, a insultar a media España que ha archidemostrado en las elecciones que no traga el hipócrita discurso pijoprogresista de su izquierda.
Su historial de imposturas es ya tan inabarcable como sus laureles interpretativos o su amnesia sobre el rechazo a la guerra –la de Ucrania, ya si eso, en otro momento–, que solo le arrebata cuando gobierna Aznar, Bush o Trump. La próxima vez, y si nos va a soltar las mismas monsergas manipuladoras de siempre, mejor que se calce la camiseta de Uzbekistán.











