¿La dana y los incendios no pero el barco del virus sí?
Antonio Naranjo.- El mismo Pedro Sánchez que ha considerado imprescindible intervenir en las Islas Canarias, obligándoles a recibir a un barco de origen argentino y bandera holandesa cargado de virus, miró para otro lado con la dana en Valencia o los incendios en Castilla y León.
Y hubiera ido aún más lejos si la catástrofe, de cualquier tipo, hubiera tenido lugar en la Comunidad de Madrid: si allí algún día hay una invasión marciana, él se pondría del lado de los marcianos. Todo mejor que aguantar a la facha de Ayuso, la muy Hernán Cortés.
El caso es que el Pequeño Calígula ha rebuscado en la legislación para encontrar algún tipo de reglamento de la marina mercante del que tirar para anular la decisión de la Autoridad Portuaria de Tenerife, cogido por los pelos, como todo en su caso. Pero suficiente para arramblar con todo y decir que, por sus gónadas, el crucero atracaba allí y, si hacía falta, lo limpiaba a lengüetazos Clavijo, que para eso es otro facha o, como poco, un amigo de los fachas, salvo que le apoye a él en su investidura: en ese caso, partidos xenófobos y de extrema derecha como el de Puigdemont se convierten en «mayoría de progreso».
Lo sorprendente es que hay una ley mucho más clara para atender riesgos mucho más evidentes, como los que costaron vidas en Valencia o arrasaron media Castilla: la de Seguridad Nacional le faculta y le obliga a la vez a intervenir, ante la evidencia de que una amenaza mayor no puede ser gestionada por la administración menor. La lógica ya impone ese razonamiento, pero por si acaso el propio Sánchez lo puso negro sobre blanco en un decreto firmado por él mismo: las grandes inundaciones y los grandes incendios son una amenaza nacional y exigen, en consecuencia, una respuesta del Gobierno, tras el cual deben ponerse, a sus órdenes, el resto de autoridades al efecto de coordinar una respuesta eficaz.
Pues no, con Sánchez los muertos y las tragedias son una oportunidad más para hacer cálculos políticos y solo actúa o mira para otro lado si hacer cualquiera de las dos cosas le beneficia un poco o le perjudica al rival: el riesgo de epidemia naval le permite desviar la atención del Tribunal Supremo, como en su día el volcán de La Palma, y por eso no va a dejar de hacerse cargo, al menos si el problema no se les va de las manos y se disparan los contagios, en cuyo caso volverá a ser un asunto regional.
En Valencia y Castilla y León, en cambio, hacerse el loco situaba todas las culpas en Mazón y Mañueco, aunque fuera a costa de dejar tiradas a las víctimas, como más tarde en Adamuz, donde se ensayó una tercera variante: primero se aplaudió al andaluz Moreno Bonilla para que nadie se fijara en el máximo culpable, que era él, y después se movilizó a Óscar Puente para sacar el ventilador de la mierda y que pareciera que, al menos, todos eran igual de inútiles que él.
La manera inhumana de gestionar cada situación en la que una buena persona reacciona de manera espontánea viendo cómo ayudar y una mala lo hace como Sánchez, tiene más episodios: hemos visto a media docena larga de ministros acudiendo a la fiesta de aniversario del programa de Wyoming o la entrega de los Premios Goya, pero ninguno tuvo tiempo de acudir al funeral de otros dos guardias civiles muertos en acto de servicio, mientras luchaban con pistolas de agua contra las poderosas mafias del narcotráfico.
Sánchez, en fin, es el tipo capaz de meter en España un cargamento de virus si le salen las cuentas y de dejar tirada a la viuda de un guardia civil o la madre de un auxiliar del AVE, para ver si con los primeros nos olvidamos del espectáculo de Ábalos, de Begoña o de Cerdán y con lo segundo no le tienen que enviar a un otorrino de urgencias, con los tímpanos destrozados por los pitidos.
El 23 de mayo hay convocada una manifestación en Madrid, entre la plaza de Colón y el arco de La Moncloa. La previsión del tiempo es buena, pero aunque caigan chuzos de punta, hay pocas razones para faltar. A un chulo no le echan ni las urnas ya, pero ninguno aguanta una buena revolución de los claveles.











